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The Arts Collection

Akademia Cartonera: Un ABC de las editoriales cartoneras en América Latina (2009)

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Yerba Mala Cartonera (Bolivia)

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Si de cartones hablamos, no se trata de mencionar posturas acartonadas, ni mucho menos títulos académicos. Hablamos de un material vivo y natural, convertido hacia fines industriales: recipiente de objetos, nunca contenido. Caja/cartón y no producto. La envoltura que el cartón supone posee un corto tiempo de vida, luego el envase es desechado. El efímero recipiente se convierte en basura; como valor agregado, el cartón cuesta lo que un papel de regalo: una adición adherida al objeto principal (juguete en navidad, horno microondas o vajilla de porcelana). El cartón envuelve un objeto, digamos, central, al mismo tiempo que lo cobija, convirtiéndose en agente periférico, aunque necesario. Su rol no se relaciona únicamente al acto mercantil, aunque sí participa en el proceso de compra y venta. Es un objeto de civilización: antes papel, hoy la marca urbana de consumo y desperdicio innecesario (veamos los mares de cartón en las playas basurales de las grandes ciudades). Su origen no es tan complejo (chips y fibras ópticas requieren un mayor manipuleo químico). Sale de los residuos madereros hacia fábricas de papel: hablamos de un tipo de papel. Luego, mediante una estudiada alquimia y agua en diferentes estados, el cartón es prensado. Proviene de los árboles, y quizá debido a esto y a una textura tan variable como la piel humana, es que irradia ese calor tan ausente en la mayoría de los objetos en siglo xxi.

Una estética cartonera tendría que estar ligada a la inevitable relación: envase/contenido. Cartones y papeles han sido creados como espacios abiertos: materiales que no ostentan identidad ni sentidos. Por su parte, sí los plasman y les brindan forma, asumiéndose como lugares que ofrecen vida y envuelven cosas, a veces inasibles (palabras) o táctiles en extremo (electrodomésticos). Un papel sirve, por ejemplo, para que una constitución estatal deje de ser abstracción, así como para comunicar sentimientos, difundir información o plantear estatutos. Papeles y cartones se reconocen inacabados, siempre inconclusos mientras no cumplan su función, e incluso entonces. Un libro fabricado de cartón supone no sólo una actitud de conciencia ambiental (reciclaje de material desechado), sino y en la misma medida, una apertura real hacia diversas voces, tintas y productos; siendo un objeto no/total sino pensado como soporte de palabras, envoltorio de objetos y materia de cartas. El cartón o papel requiere y reclama aquel otro que lo complemente, efímero, pues su naturaleza cíclica lo obliga al constante cambio.

Tal como sería absurdo imaginar un objeto encajonado por siempre, así también lo es una letra leída de la misma manera cien veces; del mismo modo, una postura totalitaria o dogmática (que no reciba ni reconozca la valía de aquel otro complementario), resultaría impensable. La estética cartonera se acerca más a lo inacabado que a lo certero, más al instante que a lo eterno, a la apertura más que a la edición/lujo/final/tapa/dura. La edición cartonera no ostenta bordes dorados ni letras en alto relieve; de ninguna manera deja a un lado el gusto estético, aunque sí considera superfluos algunos elementos que bien podrían transmutarse en creaciones distintas; digamos que prescinde de una retórica innecesaria en tiempos de minimalismo material y artístico. Un libro cartonero deja de lado estas figuras excesivas para concentrarse en lo primordial, el papel del que está hecho, punto o –para dejar abierto el debate– digamos: dos puntos.

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Nuestro hábitat urbano/natural nos ha brindado, con sabiduría y severidad, una ética obligada hacia el uso de los recursos disponibles; y esto en ningún momento como desventaja; al contrario, como efectivo ejercicio de creatividad, inventiva y apreciación. Desde un inicio, el libro de cartón es un simple gesto que hunde en la conciencia humana una interrogante (No la respuesta. Ni siquiera un atisbo de verdad). ¿Es necesario el derroche, sea cual sea?, ¿no resulta igual de dañino el exceso que la falta?, ¿es un instrumento irreemplazable para la existencia del ser humano la ostentación de materias/materiales siempre nuevos, convertidos mediante procesos químicos o genéticos para que luzcan impecables?, ¿vale eso el aire negro, la densidad del lago o las deformaciones mentales/genéticas?

Hablamos de naturaleza humana al fin y en partida: Prometeo, Eustaquio, Ícaro o su equivalente mítico en cualquier cultura, y no así de juicios de valor ni cargas morales. Nada más alejado de eso. Hablamos de un gesto que, tras sí, lleva el intento por alcanzar el equilibrio en un camino de autodestrucción premeditado. Un gesto que, además de poner el dedo en la llaga de ozono y en la escasa naturaleza, lanza la reflexión del reciclaje humano.

Sectores que –ni más ni menos importantes que otros– cumplen su función en la colectividad de manera invisible, son, debemos admitirlo, los preferidos de nuestra estética alternativa, muchas veces marginal e irreverente. Sin embargo, como arte literario privado de preferencias, son las palabras quienes obran autónomas, en profunda complicidad con un par de ojos atentos. Ellas no necesitan explicación ni mucho menos marco atmosférico.

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La realidad opera en una dimensión tan desconocida para la ficción, que una se aleja de la otra en la misma relación que Tierra y Sol en un eclipse. Sus caminos se repelen y seducen, en un desvanecimiento de límites que alimentan el deseo de nombrar a la una dentro de la otra. Asimismo, y en directa relación con estos espacios ilimitados, los opuestos binarios o dialécticos, se nos hacen tan incomprensibles como una regla de tres coja. Operamos en el intersticio ignorado, allí donde se han inventado muros y sólo hay espacios abiertos. Asumimos la otredad entera como nuestro ombligo mismo y debemos reconocer que la risa nos invade, en acto sincero e ingenuo, cuando se insinúa siquiera una separación tajante entre luz y oscuridad, mujer y hombre o vida y muerte.

Dentro de la editorial Yerba Mala Cartonera hemos lidiado con noticias de falsos límites o extrañas desapariciones, disfrazadas como muerte de amigos y compañeros.[1] Toda supuesta muerte la entendemos como el proceso que atraviesa el cartón antes de convertirse en árbol nuevamente y, algo sanos de esquizofrenias y líneas imaginarias, hemos difuminado las barreras que antaño hacían creer el mal cuento de géneros, clases o guetos. No creemos en cielo e infierno uno alejado del otro. No creemos en el fin de la existencia en el simbólico Q.D.D.G. (pura ficción y lápida irrisoria). Tampoco buscamos una respuesta (sólo) racional a esta unificación macro y global que planteamos; la salubridad de nuestro caminar se fundamenta más en un antiguo instinto que en las conclusiones parciales que la ciencia a diario ofrece. Esta visión nos hace rozar los bordes (inexistentes) y desplazarnos sin demasiado lío entre márgenes, centro, periferias y alguna otra dimensión más allá de lo clasificable.

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El reciclaje físico de materias primas o productos acabados no puede desligarse de un reciclaje conciencial, de un reciclaje que intervenga en los pensamientos mismos de cada lector. No existe diferencia entre la materia y lo impalpable. Aire y tierra son necesarios y ambos se retroalimentan. Tampoco es posible separar al objeto de su contenido. De esta manera, todo libro cartonero posee una misma forma hecha de papel, aunque ninguno sea igual a otro, ni en apariencia, ni en contenido. Tal sucede con las personas, árboles, postes de luz, ciudades o con cualquier molde que intente imponerse sobre una individualidad. Sea un objeto de arte hecho con basura o un pensamiento lúcido sacado de la inmundicia, el reciclaje intenta transformar el desecho humano en vida, mediante un lógico movimiento de armonía: hay más desperdicio que alimentos, más humo que aire y más chatarra que herramientas. El ciclo básico y natural de los seres ha sido olvidado en pos de una premisa falsa, aquella que intenta posicionar al ser humano lejos de su entorno natural, como máquina depredadora y como centro del universo.

Aquel cogito ergo sum que antaño sirvió como el abrupto paso entre tinieblas y otra era de supuestas luces, hoy es menos que inservible; se lo desecha para que, en su lugar, se entienda la existencia como un uso desmedido de instintos, pulsos, sensaciones, pensamientos (también) y todo lo que nos lleve al ciclo natural nuevamente. En este escenario, las polarizaciones son innecesarias, así como los muros divisores, para participar en un ciclo –cósmico si se quiere–, lógico y con su obvia porción azarosa. No hay mayor diferencia entre el acá y el allá, así como el arriba puede convertirse fácilmente en abajo. No interviene demasiado la fórmula algebraica en un contacto sensitivo con el universo, esa es sólo una forma de alcanzarlo. El rumbo del instinto resulta en atajo para quienes todavía van por la vía congestionada, llena de flechas, órdenes, jerarquías y filas interminables. Tampoco existe obligación de creer un discurso impuesto sólo porque es repetido en aulas, capillas y jardines.

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El deseo de echar por tierra el gesto ceremonioso del libro como objeto de saber (conocimiento/literal/letrado) nace del contacto directo con la experiencia, con los hechos simples y alejados del pesado protocolo del libro tapa/dura: a nadie se le prohibe  escribir y nadie intenta descubrir un camino único. La simpleza de un libro hecho de cartón posibilita la variedad de voces, todas igual de valederas por su originalidad y remarcando el valor de la diferencia, aquel intersticio olvidado desde donde hablamos.

Lanzamos algunas directrices –una selección azarosa– que no significa rumbo establecido ni sabido consejo (en la calles rezan: nadie experimenta en cabeza ajena), sino que intentan convertirse en los caminos momentáneos que iremos recorriendo durante este delirio. No se trata siquiera de esbozar verdades, insinuar legados u otra cosa parecida. Son datos que la sabiduría de la comunidad ha ido dejando en nuestras mentes. Sin más motivo que cierto placer ético y estético (cuya relación es tan compleja como la de soles y agujeros negros) lanzamos, como se lanzan frutas al público en una entrada folclórica, algunos puntos que consideramos importantes para el seguimiento de nuestras motivaciones:

Inciso veinticinco: Consideramos el libro un objeto valioso al que todos deberían acceder, poseer y producir con la mayor facilidad y sin el menor aspaviento posible. Brindamos una fórmula sencilla y sin demasiadas complicaciones (véase nuestro manual: Cómo fabricar un libro en tres pasos) a todo aquél que tenga algo que decir, narrar o compartir, para que lo exprese sin necesidad de públicos sofisticados ni anfitriones de lujo.

Mandato primigenio: Un libro cartonero advierte y denuncia la total voluptuosidad del libro. El cartón deviene de la naturaleza más potente: es el músculo del árbol. No se trata de un acto inocente. El cartón se convierte (en reacción al enfriamiento humano/global) en un trozo de brasa lleno de vitalidad, poseedor de temperatura variable y carácter orgánico: parecido al ser humano.

Artículo penúltimo: Un libro hecho de cartón es algo que se repite, una materia que regresa y una cosa que se transforma, tal cual sucede con las escamas caídas de la piel, las semillas que se desprenden de los árboles o las mentes que no se mueren para transmutarse en nuevos seres. La reutilización de materiales proviene de tradiciones cíclicas anteriores a la escritura como hoy la conocemos, y que han atisbado el otro lado de las cosas, vale decir: han atisbado una realidad paralela en la que lo desechado convive con lo nuevo, o en palabras arcanas: lo muerto convive con lo vivo –en tensa armonía. Nos iluminamos al asegurar que esta creencia brinda a lo muerto capacidad de operación en lo vivo.

Cláusula comercial: No intentamos una producción industrial de elementos repetidos con exactitud. Hemos visto personas concentradas escogiendo qué diseño de tapa le agrada más. Se trata de la diferencia que hay entre lector y lector, entre escritor y escritor, en suma, entre persona y persona. La diferencia otorga unicidad y originalidad a cada ejemplar; cada uno es único e irrepetible, tal cual quien lo lee, quien lo escribe, quien lo observa o quien lo fabrica. Aunque el contenido sea –a grandes rasgos y según la lectura– el mismo, el encuentro con un libro cartonero supone compartir algo que es único, conocer algo irrepetible y repetido al mismo tiempo, otorgando un equilibrio entre lo individual y lo colectivo, asistir a la otredad entera sin dejar de ser uno mismo. Digamos –retrucando la antigua cuestión– que se trata de:
Ser sin dejar de ser.
O parafraseando al ófrico Jaime Sáenz, diríamos que cada lector (cada escritor, cada persona) es un mundo, y que existen varios mundos viviendo en un mismo mundo.

Asterisco agregado: Sin entender del todo la diferencia entre sueño y vigilia o entre ficción y realidad, no compartimos posturas que tomen la escritura como un mundo independiente y aislado de lo real. Nos alimentamos de ambas dimensiones para crear, reinventar e intercomunicar espacios. En un ambiente camaleónico, nos queda la práctica del reflejo, siendo lo otrosin dejar lo uno. De este modo, se plasma un festejo del cambio, el réquiem a lo estático y la exaltación de una continua fluidez, dentro del ciclo universal. La fiesta perpetua que sucede cada vez que la semilla germina o cuando la mujer está encinta. Hablamos de la capacidad humana del baile, del descubrimiento del fuego y del derretimiento de pesados glaciales de incomprensión e inhumanidad.

Dato aparte: Sería difícil separarnos de nuestro entorno comunal en el que conviven una mezcla de posiciones y argumentos. Dentro de lo que nos atañe, todo el mareval de diferencias se ha plasmado en voces sempiternas, gritos descuidados y, en suma, lenguajes locos y –les aseguramos–, cada uno tan propio como un garbanzo. De esta manera, encasillarnos en cualquier ismo literario o político significaría ignorar a otra parte que también integramos y, a la vez, nos conforma. La editorial Yerba Mala Cartonera, sin pretender un poder jerárquico, funge como un espacio de representación literaria/estética de todo aquello que va emergiendo en nuestro país y –mediante el apoyo de la red que conformamos – también de aquello que se produce en Latinoamérica; y, contrario a lo que conclusiones fáciles podrían esperar, el resultado se aleja de un caos formal para acercarse a una complementariedad de visiones y estéticas.

Sin recordar las vanguardias que alcanzaron una cúspide en el Finnegan's Wake, estos lenguajes nacen espontáneos y a montones en cada calle o mercado, en cada esquina, dentro de agrupaciones tribales por todo el continente. Nacen bajo el código del margen –mayoritarios–, instintivos y alejados de academias reales. Hoy son el abono y afrodisíaco de nuestra lengua. Nadie me juna, voy oteando bollos por no morguear. Si un tira me chapa yo me barajo, me le hago el plato, no me deschapo. Me hago el de abril, sé que abollaré, sé que abollaré, mucho más mi vida, mucho más te juro, sé que abollaré mi amor. Tal como esta parodia de la canción “Sé que te amaré” de Leo Dan en la obra de Víctor Hugo Viscarra, en la que se deja de lado el amor para hablar de robos, policías y mañas. Códigos personales que se transmiten con guiño incluido (la coba paceña es un misil de ironía y humor negro); lenguajes polisémicos, por supuesto, aunque más divertidos que académicos.
Hablamos de lenguajes propios, cazados de la maleza urbana y sus excentricidades. Debido a esto y a nuestra misión asumida, planteamos que hasta nuevo aviso:
Existen tantos lenguajes y estéticas como seres hay en el mundo, nuestro imposible trabajo consiste en crearle un espacio al coro, armar la tarima para que las voces suenen, sin metro ni batuta.

Yapa: Tal cual sucedió con innumerables emprendimientos artísticos, la editorial Yerba Mala Cartonera lleva tal nombre como bien podría ser Ferroviaria Artesanal Impúdica, Bar/pensión La Comuna o Maestranza y Colchonería Esperanza. Nuestra actividad no se limita a la estricta-editorial, sino que incluye un proceso menos delimitable. La editorial Yerba Mala Cartonera, desde su creación, ha sido un espacio de encuentro entre personas que, con la única brújula de amigos y caminantes, ha ido creciendo junto al apoyo desinteresado de artistas, pensadores, escritores, dibujantes, dinamiteros, mercaderes, artesanos, académicos (y no tanto), pajpakos (o merolicos), leedores, mirones, transcriptores y un extenso etcétera. De ese modo, sus atribuciones se han ido expandiendo a la realización de talleres de escritura creativa, veladas poéticas en sectores semiurbanos, talleres artesanales, venta de libros en mercados callejeros, presentación de encuentros internacionales, proyección de documentales, instalaciones, homenajes, conversas, discusiones y toda actividad en la que jerga y lucha libre se den cita. Yerba Mala Cartonera se reconoce como un colectivo literario.

Lanzadas estas señales, nos queda apuntar que nuestro trabajo no es nada novedoso y menos  original. Es tan antiguo como las leyendas o el papiro, aunque hasta la invención del cuché haya habido desvíos –desvaríos– de sofisticado marketing monetario. En nuestro contexto inmediato poseemos el referente y guía del Grupo Orkopata, quienes a inicios del siglo pasado, –en frontal acto vanguardista– previeron la capacidad de comunicación entre distintas nacionalidades y visiones de existencia mediante el arte y la literatura, logrando lazos entre toda la región y el resto de los continentes.

Hoy –ya lidiando con telecomunicaciones irrefrenables–, se hace más sencillo organizar un canal difusivo de arte y reflexión. No sentimos ninguna desventaja en este territorio colmado de recursos; muy lejano a eso, consideramos que existe algo que todavía subyace –en pleno proceso y acto continuo de emerger– cargado de fuerza y luminosidad, y que puede expandirse a espacios que hayan perdido esa fuerza subterránea. Hay en este espacio un derroche de vibración magnética, una vida que surge sin pedir permiso, una ola energética que ondea invisible, y que, a través de estas buenas ondas, muestra una alegría rebelde, alejada del solemne canto al birrete.

Nos queda mostrar la existencia y el acto creador como un eterno festejo, como un acto de crecimiento y evolución segundo a segundo, sin negar de ninguna manera el otro lado de las cosas; aceptando un otro espacio que nos alimenta y convive en cada acción nuestra: la noche seduciendo al día o lo intraterreno incendiando lo aéreo; negando al mismo tiempo toda separación facilista entre categorías tan complejas como bien y mal, o masculino y femenino. (La yerba mala crece en rincones de capillas). Por este mismo motivo y reutilizando la piedra angular esculpida por Gamaliel Churata –ese faro que hoy resucita–, debemos lanzar la premisa: Anticipamos el amanecer a lo oscuro (con plena conciencia de que uno es imposible sin el otro) y, centralmente, parados sobre la propia experiencia, confiamos nuestra íntima fuerza interior que predica: en Yerba Mala nadie cree en la muerte.

Bolivia, verano de dos mil nueve.
Yerba Mala Cartonera somos: Aldo Medinaceli, Beto Cáceres,
Claudia Michel, Darío Luna, Gabriel Llanos.
Integrante vitalicio: Crispín “el Torcido” Portugal.

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Notes

[1] El suicidio de Crispín Portugal, integrante fundador de Yerba Mala y autor de Almha la vengadora, ocurrió en el año 2007 y fue motivo de Cago pues!, publicación póstuma que recoge textos inéditos, crónicas y testimonios de amigos de Crispín “el Torcido” Portugal, además de una corta autobiografía del escritor alteño.

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