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The Arts Collection

Akademia Cartonera: Un ABC de las editoriales cartoneras en América Latina (2009)

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Y hay mucho más...

Eloísa Cartonera nace en conversaciones entre el escritor Washington Cucurto y yo en enero de 2003 en el camino de vuelta de Santiago de Chile a Buenos Aires–viaje interminable que duró el doble de lo previsto por desperfectos técnicos–, a donde habíamos ido a vender libros de poesía de la precursora de Eloísa, Ediciones Eloísa.

Pero antes de eso habíamos hecho un proyecto llamado Arte de tapa. Una noche Cucurto me llamó a mi casa, se presentó y me pidió que lo ayudara a diseñar unos cinco libritos de poesía. Cuando fui al día siguiente, ya eran diez. Llegaron a ser unos treinta, pero quedaron diecisiete. Consistió en imprimir libros de poesía, plaquetas, a la manera de los proto-libros de las ediciones de Belleza y felicidad, doblando en cuatro una hoja tamaño legal, con un broche en el medio. A las tapas en blanco, sólo les pusimos título y autor y las repartimos entre artistas, amigos y conocidos que quisieran ilustrarlas. Los imprimiríamos con la impresora de la Biblioteca Evaristo Carriego, donde él trabajaba. Como cada vez más personas querían participar, escritores e ilustradores, los jefes de Cucurto le presentaron el proyecto a la Dirección del Libro, y ante la posibilidad de capitalizarlo políticamente, el gobierno pagó una impresión offset de antemano. Quedaron cinco mil cuatrocientos originales, diecisiete títulos por trescientos ejemplares cada uno, con muestra-presentación en el museo MALBA incluída.

Haciendo ese proyecto nos dimos cuenta que podíamos trabajar juntos y que queríamos editar, pero no quedarnos en eso, sino que pasara algo más... Enseguida que se terminó, arrancamos con Ediciones Eloísa. Imprimiendo en la biblioteca, haciendo libritos de poesía de escritores de Latinoamérica, que él conocía o con los que contactaba por correo electrónico. Libros muy lindos, colorinches, en los que empecé a utilizar la estética de la cumbia, con tapas donde nos poníamos a presentar como estrellas a los autores. ¡Cómo nos reímos con el Cucu haciendo esas tapas! Pero no dejaba de ser una editorial más, y la poesía, lamentablemente, sólo le interesa a los poetas...

Teníamos que encontrar alguna manera artística de que con libros y literatura, que era lo nuestro, pasara algo más. ¿Qué era ese algo más? Lo iré definiendo en el texto, pero siempre la palabra popular estuvo en las interminables conversaciones de después del trabajo. Había que hacer algo que tuviera energía, que explotara por el lado del arte y la novedad, simple pero con muchas aristas. Las fuentes para conseguir financiamiento nos parecían bastante aburridas, la academia no era nuestra socia natural: ninguno de los dos éramos universitarios. Para poder editar sin capital a invertir, no nos quedaba otra que imprimir y vender-vender-vender, y que la impresión fuera muy barata, y que los libros se vendieran rápido. Había que tener una montaña de libros a la sombra: de lo menos artístico, de lo más aburrido.

Hasta que Cucurto encuentra la revelación en un libro de poesía de Juan Gelman. No por leerlo, no es su poeta preferido, sino por algo tan superficial como la tapa: de cartón corrugado. Y ahí se le ocurre que podíamos hacer libros con tapa de cartón, comprarle el cartón a cartoneros, hacerlos artesanalmente con ellos, hacer miles hasta que sean millones, muy baratos. Mientras me contaba todo esto en ese viaje a Santiago, yo iba haciendo números y viendo posibilidades técnicas, abaratando y tratando que Cucurto no me arruinara todo con su insistencia en la baratura.

Así es que en marzo de 2003 salen los primeros “libros cartoneros”: hojas A4 dobladas al medio, abrochadas entre sí con dos ganchos y pegadas a la tapa con cola, tapa pintada con pincel a través de una plantilla, hecha en cartón que le compramos a un cartonero que nos cruzamos por la calle, con unos pesos que nos dio el poeta mexicano Hernán Bravo, que justo estaba con nosotros... Probamos con pintura de aerosol, pero perdía mucha gracia; en cambio a pincel podíamos ser más arbitrarios con los colores, y gastar menos con una mayor personalidad. Y la plantilla me servía para controlar un poco el diseño de las tapas... hacia el paulatino no-control y consiguiente pérdida del ego, que iba a ser el principal aprendizaje espiritual que me iba a dejar Eloísa.

Los primeros libros los pintamos nosotros dos. Diseñé la tapa con la “compu”, ya desde el principio con letras grandes, llenadoras, y las copié a un cartón que luego devino plantilla. Cuando tuvimos unos diez libros hechos, fuimos a la casa de Martín Gambarotta a una reunión de amigos poetas, y los vendimos. A todos les gustó la idea, iba a andar, iba a andar.

La invitamos a Fernanda Laguna a que se uniera a la naciente editorial. Ella hacía las ediciones de la galería de arte Belleza y felicidad, que yo por esa época ayudaba a diseñar. Pero estaba muy ocupada con sus cosas, así que seguimos haciendo nosotros solos la movida... Cada vez que había un evento de literatura o muestra de arte o feria o lo que fuera, pintábamos unas tapas y fotocopiábamos unos interiores, cargábamos el bolsito y a vender.

El gran envión para el proyecto fue cuando se decidió Fernanda. En junio, en ArteBA, la feria de galerías de arte de Buenos Aires, vendió varias obras, y se le ocurrió poner otra galería, pero más underground todavía que Belleza (y si ven fotos, podrían darse cuenta que B y f no era justamente overground), para que expusieran artistas de renombre mezclados con artistas de la calle, de villas, marginales y raros, pero con talento. Nos pidió que la ayudáramos y nos dijo que podríamos hacer los libros ahí mismo. Cucurto propuso agregarle una verdulería. Así es que abrimos No hay cuchillo sin rosas, y ahí sí empezó Eloísa con todo. Al tener un lugar físico, y un poco de capital de Fer, pudimos llamar a cartoneros para que hicieran los libros junto a nosotros, lo que queríamos desde un principio.

La conjunción verdulería-galería de arte-taller de armado de libros con tapas siempre únicas cayó muy bien en la escena artística local. Empezaron a llegar títulos de escritores como César Aira, Ricardo Piglia; empezaba a pasar eso que queríamos. Los libros se vendieron bien desde el principio, aunque juntar plata costaba bastante y sólo llamábamos a David cuando vendíamos suficientes. Cucurto nos obligaba a vender los libros tan baratos que esto obligaba a Fer a subsidiar... Hasta que logramos convencerlo, y con solo subir un peso logramos la independencia económica a los tres o cuatro meses... Fue creciendo la cantidad de integrantes, David trajo a sus hermanos Daniel y Alberto; vino también su amigo Gastón Trotta; se sumó Augusto, el borracho de la cuadra.

Cuando se terminó la primera compra de verduras, dimos por acabado el intento de ser verduleros... ya demasiado era hacer y vender libros... Las muestras primeras anduvieron, pero el trabajo de taller se fue comiendo el espacio, y Fer se iba cansando del trajín, así que al año nos dejó. Pero antes de eso, entramos a la ArteBA, en el año 2004. Hubo un concurso para ganar un espacio de exposición dirigido a proyectos grupales de artistas, y entramos. Fue nuestra manera de darnos a conocer en el universo de sentido de las artes plásticas, en cierta manera. Así que armamos un estand, con obras mías, de algunos de los que habían expuesto en No hay cuchillo... y otros amigos, y lo llenamos de libros, que vendimos a montones. Vino a tocar cumbia en vivo el Fantasma, la fiesta fue grande y ganamos el primer premio.

Desde siempre, para mí, Eloísa fue un proyecto artístico, ni una editorial, ni un proyecto social, pero que sí, obviamente, los incluía. Ya para el año habíamos tenido que contestar muchas entrevistas, redactar muchos textos, comunicar, en fin.

La cantidad de cosas que nos fue cayendo en las manos, que debatimos, era y es infinita. El proyecto avanza por un montón de aspectos. En primer lugar, el catálogo mezcla jóvenes con clásicos modernos de otros países de Latinoamérica. Hay también textos cortos, mayoría de relatos breves, con algunos títulos de poesía. Por otra parte, el sistema de trabajo apunta a la libertad creativa con ciertos parámetros claros y fijos en donde liberarse y es apto para ser desarrollado por personas sin calificación previa. Todo esto da por resultado un libro de tapa única, calificado por algunos como libro objeto. El precio, lo más barato posible, para que circule. La distribución, por nuestra cuenta, de manera que no encarezca ni nos aleje del público. Sin mediadores. La manera de repartir las ganancias monetarias fue cambiando. Empezó por una suma fija por hora, pero cuando creció la cantidad de ventas, devino cooperativa. Tan sólo cómo llamarnos los integrantes del proyecto fue siempre un motivo de debate. Artistas, escritores y cartoneros en un principio. Nos dimos cuenta que quienes armaban los libros dejaban de ser cartoneros al entrar al proyecto... Nosotros usamos “trabajadores del libro”, pero los llamaron “artistas cartoneros” en alguna crónica periodística. Yo desde siempre fui artista plástico, y me preguntaron varias veces: ¿y qué hacés como artista en Eloísa? ¿Pintás las tapas? Creo que todo el proyecto es arte, y es un poco una obra mía, es decir, no solo mía, sino de todos los que estén haciéndola. Alguna vez dije que creé el sistema de trabajo, o que diagramaba los libros, pero para mí siempre fue una obra de “escultura social”, categoría que inventó el artista alemán Joseph Beuys. Consiste en percibir a la sociedad como una escultura viva, para modelarla como si fuera de arcilla, para embellecerla. Entonces, para mi cosmovisión, quienes hacen Eloísa son cocreadores,  y en la terminología peronista de Cucurto siempre fueron trabajadores.

Uno de los primeros momentos chocantes fue cuando el Canal 13 de televisión vino a hacernos un reportaje para el noticiero de horario central. ¡Uf! Quisieron filmarnos comprando cartón a un cartonero. ¿Qué hacer? ¿Cómo no quedar como un idiota simulando? O ¿cómo evitar el mal momento de sentirse un personaje y no una persona? Me puse de malhumor esa primera vez. Me terminé acostumbrando. Les pedimos a los periodistas que por lo menos nos compraran libros, para justificar la exposición, ¿qué hicieron? Darle plata a los cartoneros que participaron de la filmación... no es fácil ser entendido por quienes “más saben” de comunicación... La anécdota continúa a los pocos días, cuando viene a visitarnos Cacho del Chaco, provincia norteña de las más pobres. No sabía leer ni escribir y se había venido de su provincia porque se estaba muriendo de hambre, y nos vio en la tele y nos pidió que le diéramos trabajo, que éramos los únicos que podíamos darle... Ese día no pude dormir de la responsabilidad que había caído sobre nuestras espaldas.

Ese tipo de experiencias me enseñó a nunca usar el verbo ayudar en lo que refiere a Eloísa o cualquier proyecto “social”, sino que el verbo adecuado es compartir. La palabra “social” yo no sé qué significa, la reemplazo por “artístico”. Describir Eloísa Cartonera en un texto es un poco mutilarle todas las cosas que, por ser algo vivo, abarca. Cuando me pidieron imágenes para mostrar Eloísa, siempre me decían, “por qué no me mandás tapas de libros,” “mandame fotos de gente trabajando.” Las veces que enviar imágenes dependió de mí, les envié fotos raras, collages, creaciones. Ese conjunto de imágenes lo conservo como colección: le puse en inglés serie The difficulties of showing how Eloísa Cartonera is serious. Al que quiera fotos de Eloísa Cartonera trabajando, que visite y compre libros y tome todas las fotos que quiera.

Los libros de Eloísa nunca se regalan. En Argentina cuestan cinco pesos, en Estados Unidos cinco dólares, en Europa cinco euros. Las librerías tienen que comprarlos al mismo precio, después que hagan lo que quieran con ellos. Si un escritor desconocido insiste en ser publicado, que participe (colaboradores no son necesarios, participantes sí), comprando el papel o las tintas, ayudando a imprimir, poniéndole onda. Los escritores que Eloísa publica, autorizan la edición, siguen siendo sus dueños.

En 2006 nos invitaron a participar de la Bienal de San Pablo, una de las muestras de arte más importantes del mundo. Por supuesto que generó debate entre nosotros qué tenía que hacer en una “exhibición” un proyecto que es vivo. Yo concluí en esa época eso de la escultura social. Entonces les propuse que un grupo de nosotros fuera a fabricar y vender libros, trabajando diariamente en la misma bienal, que publicara algunas traducciones al portugués y autores brasileños, trabajando con cartoneros locales, intentando que se formara un grupo que al finalizar la exposición continuara trabajando autónomamente para Eloísa, como ya estaba en ese momento haciéndolo Sarita Cartonera en Lima, Perú y Yerba Mala en El Alto, Bolivia. Justo para esa época me había escrito Lúcia Rosa, una artista paulista, pidiéndome libros porque quería incluirlos en una muestra. Ella había hecho algún proyecto con cartoneros también... Entonces le conté de la invitación, y le pedí que participara... Ella encantada, puso mucha energía desde el principio... Eloísa siempre tuvo eso: implica un enorme esfuerzo llevarla adelante, pero genera una gran energía que contagia a otros, que se integran con todo... Así que fuimos armando y decidiendo vía correo electrónico con ella y los organizadores de la bienal. Ellos nos dieron gran apoyo, siempre estuvieron de acuerdo con nosotros, les parecía de sueño tener una editorial trabajando ahí mismo... Por supuesto que con el espacio mismo nos divertimos bastante. Pintamos las paredes, llenamos un sector con una selva de cartón, pidiendo a todos los que gustaran de agregar una planta o un animal recortándolos en cartón y pintándolos; hacia el final quedó un caos súper divertido... En otra pared fui coleccionando pedacitos de cartón con logos, figuras, países de origen, un saturno, un tigre, al lado de un always you, eslogan de quién sabe qué. Armé un libro gigante de un metro y medio por un metro, de seis páginas de cartón, al que Peterson, uno de los brasileños, le pintó algunos monos que dibuja especialmente bien. Lúcia no dejó cada día que anduvo por la bienal de agregar algo a la selva;  hizo unas palmeras geniales. Cristian De Nápoli se encargó de buscar escritores brasileños, hizo traducir al portugués varios textos de Douglas Diegues, quien nos visitó y después armó Yiyi Jambo... De acá viajó también Ramona, estuvo desde el principio conmigo, también Ricardo y Mariana, que se armó un biombo gigante al que le pintó una familia en una playa, y le recortó las caras, como para que uno le ponga la suya y se fotografíe: éxito absoluto, todo el mundo pasó a tomarse su foto... Y el grupo de brasileños, Lúcia, Peterson y Andreia formaron Dulcinéia Catadora.

Muchos curadores pasaron y dejaron sus tarjetas, como para invitarnos a otras muestras... Para esa época empezaron los viajes. Todo un tema para reflexionar... empezaron a interesarse universidades norteamericanas en nosotros, nos enteramos por internet que en una de Utah, o no sé dónde, habían hecho hasta una muestra. Con cada invitación comienza una serie de negociaciones y debates. Debates para descubrir qué es lo mejor para Eloísa, cómo hacerla crecer sin ser deformado el proyecto, negociaciones con los invitantes para que no seamos simplemente un objeto a ser exhibido y mostrado. Entre nosotros mismos las opiniones no son iguales. Me pasa como artista que siempre quiero estar haciendo algo distinto, por eso prefiero llamarnos cocreadores y no trabajadores. Prefiero seguir nombrando a Eloísa con la palabra proyecto, aunque sea una concreción.

Ya antes del viaje a San Pablo se había integrado a Eloísa María Gómez, que vino como estudiante de Comunicación Social y se quedó. Ella tiene una notable energía y voluntad de trabajo, que demostró desde un principio. Sus conocimientos específicos le modificaron la impronta a Eloísa, que ella apuntaló con enorme dedicación. Su persistencia logró algo muy importante: que Eloísa se convirtiera en cooperativa, eliminando la división entre artistas y escritores, que no cobrábamos un peso, y trabajadores, que cobraban un dinero por hora, que obviamente se traducía en el esquema jefes-empleados, aunque deformado en este caso, ya que los “jefes” lo éramos porque cobrábamos en valor simbólico y no en dinero. Eso implica a su vez que no se haga hincapié en los nombres individuales sino en el del grupo, que todos hagamos todas las tareas. ¡Y no le toquen la individualidad a un artista! Qué dilema, descubrir cuándo una opinión es por ego y cuándo es por libertad creativa. Ante mi creciente angustia existencial, una vez un crítico de arte me dijo que nunca lograría reprimir mi expresividad.

Desde que volví de San Pablo en 2007 (me quedé un mes más después de la bienal, haciendo un mural con los recién formados Dulcinéia Catadora) dejé de asistir a Eloísa. Me queda muy lejos de casa su sede actual en el barrio de La Boca, y además, ya no soy imprescindible. María aprendió a diagramar los libros, y no tengo horas para dedicar al trabajo... Si me preguntan, digo que ya no formo parte, aunque no lo siento así, creo que nunca podré dejar de ser parte de Eloísa, aunque no lo sea de la cooperativa... No puedo dejar de amar este proyecto, no puedo dejar de querer que siga ampliándose... si puedo contribuir a vender libros lo hago, si invitan a algún lado y me contactan a mí, contribuyo al debate y colaboro, pero ya no participo como ellos.

Para terminar este texto, no puedo dejar de comentar algo que participar de Eloísa me hizo entender antes de leerlo en algún libro de filosofía; que para que cualquier proyecto de cualquier tipo funcione en un lugar determinado, deberá diseñárselo en situación. Y en Argentina, específicamente en Buenos Aires, hay muchos escritores, muchos cartoneros, no hay insitituciones que subsidien el arte o los proyectos sociales... Los libros cartoneros devienen más adecuados que los convencionales, los libros cartoneros son latinoamericanos, los convencionales adecuados a sociedades capitalistas. Latinoamérica es sólo parcialmente capitalista, sea uno de la ideología política que quiera. Me parece que copiar formatos que funcionan en el primer mundo, no implica que aquí lo hagan. Algo tan simple como eso es siempre dejado de lado por quienes dirigen los destinos políticos de esta parte del mundo.

Hay mucho más para contar y pensar. Visiten a Eloísa, visiten a Sarita, a Yerba Mala, a Dulcinéia, Yiyi Jambo, Felícita, Santa Muerte, a Animita y a las próximas, pero nunca nunca dejen de comprar y disfrutar los libros.

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