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Ibero-American Electronic Text Series

Alonso, Manuel A. / El Jíbaro (1949)

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ESCENA XVI

CARRERAS DE SAN JUAN Y SAN PEDRO107

Si la nobleza de las cosas constiera solo en su antiguedad, difícilmente se hallaría una másnoble que el correr. Es indudable que el primero que corrió fue el primero que tuvo piernas,y las piernas son tan antiguas, que ningún buen cristiano puede negar que datan desde nuestropadre Adán; aunque se vería muy apurado el que pretendiera demostrar en que tiempo hansido más o menos útiles.

Yo creo que, a pesar de su dignidad, no dejaría nuestro primer padre de dar algunascarreritas cuando no tenía otra ocupación que gozar de las delicias del paraíso en compañíade Eva; y a juzgar por lo que nos sucede a sus miseros descendientes, debió correr mucho más,y con menos alegría, desde el momento en que se le acabó tan buena vida y tuvo que ganar elpan con el sudor de su rostro.

Desde tan remota antigüedad hasta la época en que vivimos no hay quien de un modo uotro no haya corrido: unos a pie, otros en pollino, unos al paso, otros al trote y no pocos a todoescape, todos caminamos; y aunque de distinto modo y por vías a veces encontradas, llegamossiempre al mismo término.

Pero no es mi intento hablar de tantos y tan diversos modos como hay de llegar al fin denuestra carrera, porque es asunto demasiado grave, que me guardaré muy bien de tocar; soloquiero ocuparme de lo que comprende el título de este artículo, y todo lo que no sea «Carrerasde San Juan y San Pedro en la capital de Puerto Rico» queda excluido de él.

  [p. 106]  

A pesar de mi genio, procuraré, lector querido, ponerme un poco serio, porque lacostumbre de un país es cosa delicada y debe tratarse con circunspección. Solo pido que tengasen cuenta mi buen deseo, para que disimules las faltas, que no será extraño cometa el que hacealgunos años salió, siendo todavía muy joven, del país cuyas costumbres ensaya bosquejar.

Hay ciertos días, en los cuales las poblaciones más pacíficas, las ciudades más biengobernadas, ricas e industriosas y las aldeas más pobres, parece que, obedeciendo a un instintoparticular, se complacen en salir de las reglas que guardan durante todo el año; días debullicio y confusión, que cada país, y aún cada pueblo, tiene según su índole y el grado decivilización en que se encuentra; días en que el magistrado no es magistrado, porque no ejercesus funciones; en que el mercader cierra su tienda, y el artesano su taller; días fecundos enaventuras amorosas, y en que las bellezas más altivas suelen sonreír al que han hecho suspirarpor mucho tiempo; días de esperanzas para los jóvenes, y de recuerdos para los ancianos; díasfinalmente en que las mayores extravagancias son admitidas, con tal que vayan autorizadascon el sello de la costumbre.

Los de San Juan y San Pedro son en la capital de Puerto Rico del número de éstos, y unade las cosas con que los habitantes de la Isla los amenizan son las carreras a caballo. He aquílo que sobre ellas dice D. Iñigo Abad en su Historia de Puerto Rico, dada a luz en Madrid enel año 1788.

«Las fiestas principales (dice) las celebran también con corridas de caballos, a que son tanpropensos como diestros. Nadie pierde esta diversión: hasta las niñas más tiernas, que nopueden tenerse, las lleva alguno sentadas en el arzón de la silla de su caballo. En cada pueblohay fiestas señaladas para correr los días más solemnes. En la capital son los de San Juan, SanPedro y San Mateo. La víspera de San Juan al amanecer entra la gran multitud de corredores,que vienen de los pueblos de la isla a lucir sus caballos cuando dan las doce del día; salen delas casas hombres y mujeres de todas las edades y clases, montados en sus caballos enjaezadoscon la mayor ostentación a que puede arribar cada uno. Son muchos los que llevan sillas,mantillas y tapafundas de terciopelo bordado o galonado de oro, mosquiteros de lo mismo,frenos, estribos y espuelas de plata; algunos añaden petrales cubiertos de cascabeles del mismometal. Los que no   [p. 107]   tienen caudal para tanto, cubren sus caballos de variedad de cintas,haciéndole crines, colas y jaeces de este género, adornándoles con todo primor y gusto quepueden, sin detenerse en empeñar o vender lo mejor de su casa para lucir en la corrida.

»Esta no tiene orden ni disposición alguna: luego que dan la doce de la víspera de SanJuan, salen por aquellas calles con su caballos, que son muy veloces y de una marcha muycómoda. Corren en pelotones que por lo común son de los parientes o amigos de una familia;dan vueltas por toda la ciudad sin parar ni descansar en toda la noche, basta que los caballosse rinden. Entonce toman otros, y continúan su corrida con tanta vehemencia, que parece unpueblo desatado y frenético, etc...»

Esto sucedía en aquellos tiempos en que Puerto Rico era, según el mismo escritor, unacarga pesada para la metrópoli; ahora que se ha convertido en uno de los brillantes de laCorona, en esto, como en todo lo demás, ha habido muy notables variaciones. ¿Quién seatrevería a decir hoy que los naturales de ella no se detienen en vender o empeñar lo mejor desu casa para lucir e una corrida? Más aún: ¿Quién osaría repetir una de aquellas célebrescuanto vergonzosas Cantaletas, que recordamos hasta los más jóvenes, y en las cuales no serespetaba el honor, ni los secretos de las familias? La civilización y el buen juicio handesterrado estos abusos, y no debo ocuparme de ellos, puesto que no hay que corregirlo.

Las carreras de San Juan y San Pedro son en el día una diversión honesta, grata y quepuede utilizarse en bien del país; habiendo desaparecido de ellas todo cuanto tenían de inmoraly vicioso. Mas empieza ya a tocar al otro extremo; esto es, pierden su atractivo y se vanhaciendo cada día más insípidas. No llega ni a la mitad ( número de los jinetes, y las señorasabandonan este medio de lucir su gallardía; de manera que si no procura remediarse, llegarádía en que sólo se conserve un recuerdo de lo que ha sido y es aún una de las mejores fiestasdel país.

A pesar de esta decadencia, es agradable el ver las parejas que después de las cinco de latarde, y no a las doce del día, recorre las limpias y hermosas calles de Puerto Rico. Todavíaalgunas jóvenes elegantemente vestidas ostentan su habilidad, manejando con soltura ysobradísimo garbo briosos y ligeros potros de Caguas y Yabucoa, que parten como el rayo, yse detienen al movimiento de una manita que apenas alcanza a abrazar las riendas.   [p. 108]   Losbalcones ostentan cuanto hay en la capital de distinguido, bello y de buen tono; y el pueblo,esparcido por las calles y las plazas, se entrega al gozo que le produce una diversión tan de sugusto.

Una o dos horas después de oscurecer, está llena la plaza de armas, de caballos, buenos ymalos, feos y bonitos, flacos y gordos, veloces y pesados: ninguno está excluido de ella, paraque los aficionados menos ricos o que no quieren correr por la tarde, puedan hacerlo por lanoche, mediante un alquiler sumamente excesivo, pero que siempre parece poco al que deseallevar una cumarracha.

Por la tarde es atrozmente silbado y escarnecido el que se atreve a presentarse en lacarrera con un mal caballo, o que no esté bien enjaezado; por la noche sucede todo locontrario: las cómodas y económicas banastas reemplazan a la silla; y una fresca chaqueta delienzo, al rico dormán de paño, que es el vestido que más usan los que corren a aquella hora.Poco importa que el animal sea de primera casta, o un descarnado platanero,108 que no por estoqueda sin correr, sino que lleva su jinete, y quizá por añadidura una de aquellas morenitascapaces de hacer bailar la jurga a un magistrado del tiempo de Carlos tercero.

En muchas esquinas encienden hogueras, cuya luz unida a la que presta el excelentealumbrado de aquella ciudad, permite distinguir perfectamente las fisonomías. El frente delas casas es ocupado por una hilera de sillas, y estas por otros tantos curiosos, que cruzandichos, a veces muy agudos, con los que pasan por medio de la doble fila a todo correr, y conlos de la acera opuesta; pero el centro común de estas agudezas, el teatro de escenas másanimadas, el punto de reunión de la gente de broma, es el atrio de la catedral, llamado enaquellos días Balcón de las arrancados.

El estar en la calle del Cristo, una de las más favorecidas par los corredores, el tener a sufrente una plaza, y el ser un lugar espacioso, de poca elevación y seguro por estar amurallado,dan a este sitio la preferencia; reuniéndose en el una especie de tribunal que juzga la bondadde los caballos, y se encarga de aplaudir a los bonitos y ligeros, y silbar estrepitosamente a losflacos y pesados; llamándoles chalungos, chongos, chacuecos, sancochaos,   [p. 109]   y otros mil adjetivosque tienen los inteligentes, uniéndolos a las frases más chistosas y oportunas.

Este bullicioso y alegre cuadro, es el que presenta la ciudad de San Juan Bautista de PuertoRico las cuatro noches de la víspera y días de San Juan y San Pedro hasta las doce; a cuya horauna banda de música militar ejecuta varias piezas en la plaza de armas, rodeada de todos loscorredores, que de allí van a descansar sus doloridas y magulladas humanidades:

Los que tienen la costumbre de llamar barbaridad a todo lo que no sucede donde nacieron,dirán que lo es el correr tantas horas seguidas, de noche y en varias direcciones, por las callesde una ciudad; mas esto que a primera vista no tiene réplica, es un reparo que causaría risaa más de un corredor; porque la claridad del alumbrado, la anchura, rectitud, limpieza yhermoso empedrado de las calles, la bondad de los caballos, y sobre todo la suma destreza delos naturales, hacen ilusorios los riesgos que en otro país serían inevitables.

No se crea que hablo apasionadamente cuando coloco entre las causas que pueden impedirdesgracias en estas corridas la destreza de mis paisanos: véase lo que dice D. Iñigo Abad sobreel particular, y aún se me tachara de excesivamente corto al encomiarla. No sé que haya entoda la Isla una sola escuela de equitación, porque el montar a caballo es para aquellos isleñoslo mismo que el vestir; sobre todo en los campos, donde apenas puede hacerse una diligenciao visita, y en algunas épocas ni salir de casa a pie, por el agua de las lluvias y por otras causasque juiciosa y oportunamente cita el mismo autor.

Tales son las carreras de San Juan y San Pedro, diversión que he calificado antes dehonesta y grata, porque en ningún país, incluso aquellos que se tienen por más civilizados, hayuna fiesta popular que menos ofenda a la moral; y si algún hecho aislado hay a veces en contrade ella, no es culpa de la costumbre, sino abandono de parte de los que estando al frente de unafamilia, debieran impedirlo, cuidando de ella como es su deber. En cuanto a las expresionesque se oyen alguna vez, ¿qué sucede en las plazas de toros, en el entierro del Camaval, y entodas las fiestas a que concurren y en que se mezclan todas las clases de la sociedad?

La afición del pueblo a este espectáculo no necesita más prueba que lo dicho; faltameexponer la conveniencia de mantenerlo y alentarlo, y el bien que de ello sacaría el país.

  [p. 110]  

Aparte de la distracción, hay una ventaja positiva, una mejora de grande utilidad, cual esel fomento de la cría caballar. En un país donde por el estado de los caminos son tan necesariosestos animales; en un país de donde se saca el ganado para las islas vecinas, en que la cría escasi nula, ya que tenemos tan excelente raza de caballos. ¿Por qué no estimular a loslabradores?, ¿Por qué no ensayar algún medio para introducir este nuevo ramo de comercio?

Todos sabemos el furor de corridas, apuestas, etc., que hay en las principales capitales deEuropa; más no es esto lo que yo pretendo que pudiera plantearse en Puerto Rico, porque ami modo de ver, el premiar el caballo que corra más en media hora, no es, como nota muy biennuestro festivo Fr. Gerundio, el modo de mejorar la raza; además, aquello de que el mismodueño no monte su caballo, sino que sea un Yokey, aunque muy bueno para las capitales deEuropa, lo juzgo inoportuno y hasta ridículo en mi país; y así otras muchas cosas que, atendidala diversidad de costumbres, fuera errado el querer trasplantar.

Yo preferiría a todo que hubiese una junta compuesta de criadores y aficionados, que nofaltan en la Isla, que tienen actividad, buenos deseos, y que se alegrarían de que hubiese paraellos un estímulo.

Que esta junta, presidida por la autoridad superior, u otra que esta nombrase, hiciese unreglamento, sin más artículos que los precisos para señalar a cada uno sus atribuciones, y lospremios que habían de darse:

1. A la mejor yegua de vientre.
2. Al caballo más ligero.
3. Al más bien domado y enseñado.
4. Al más corpulento y de más fuerza.
5. Al de mejor estampa.

Que cada año por San Juan y San Pedro se reuniesen en la capital, como lo verificanahora, para la prueba, comparación y adjudicación de premios, en cuyo acto se desplegasetodo el aparato posible.

Que se publicasen en los periódicos los nombres del dueño y del caballo premiados, y quese hiciesen algunas otras cosas que son buenas para dichas en un reglamento, y ajenas de unartículo como éste.

  [p. 111]  

He aquí el modo de aumentar el brillo y atractivo de estas tiestas, y utilizarlas en bien delpaís: puede que me equivoque, pero ya que todo empieza a desarrollarse en la Isla, ya que hayesa tendencia a perfeccionarlo todo, no sería en mi concepto desacertado el ensayar este medio,en extremo económico, de premiar al hacendado laborioso, y distraer al pobre jornalero.

No tengo la presunción de creer que el medio indicado sea el único; mi idea es la de llamarla atención de la Sociedad Económica de Amigos del País sobre una mejora útil, cual es laperfección de la raza caballar; habrá muchos que propongan otros mejores; pero lo que ellosme aventajen en acierto no hará menos ardientes mis deseos por el bien y la prosperidad dePuerto Rico.

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