Hostos, Eugenio María de / Meditando (1909)
LA OBRA DE LASTARRIA
I
HEMOS leído con alborozo y seguimos reflexionando con fruto un libro que honra a la América latina. Lleva por título Lecciones de Política Positiva; el objeto es reducir a doctrina sistemática los principios esenciales que hacen del gobierno de las sociedades una ciencia positiva; el autor es uno de los latino-americanos más beneméritos, uno de los chilenos que más poderosa, más ferviente y más desinteresadamente han contribuido al progreso moral e intelectual de su patria, y uno de los hombres más dignos de respeto, porque es uno de los self-made men (hombres hijos de sus obras), que más victoriosamente ha combatido [p. 286] con sus propias fuerzas por su perfeccionamiento individual y por el del medio social en que se ha formado.
Si el señor JOSÉ VICTORINO LASTARRIA fuera un hombre desconocido en la América latina, que aplaude y deifica, sin duda porque sólo de nombre los conoce, a los mil célebres indignos que la fama ruidosa convierte en ídolos de los millones de irreflexivos que allá llevan su triste idolatría donde levanta su altar un charlatán; si el pensador silencioso que ha dado su Libro de Oro a nuestros niños, la Derecho Constitucional a nuestros adolescentes, el Historia de Medio Siglo, su América, sus Discursos literarios y políticos, las admirables Misceláneas a los hombres de estudio y a los obreros del porvenir latino-americano, si, en fin, el continuo batallador de la verdad y la libertad fuera desconocido en el Continente por el cual ha hecho cuanto bueno ha hecho, sería preciso resignarse a afirmar que no hay sección alguna de nuestra América latina que merezca los grandes espíritus que producen todas ellas, puesto que todas ellas son tan ingratas con sus hombres eminentes como lo son, por sistema, las secciones que les han servido de patria inmediata.
Desconózcalo o conózcalo, nuestro continente tiene en el señor Lastarria un hombre digno de Smiles, el biógrafo de los hombres producto de sí mismos, que es dignidad superior a la concedida por Plutarco a los Ilustres.
[p. 287]En la obra intelectual del señor Lastarria, el último libro no es un hecho aislado, sino una consecuencia lógica de hechos anteriores. El benemérito chileno ha sido el segundo, si no ha sido el primero, que observando en su exacta realidad el movimiento de la América latina hacia su civilización, reconoció que todo el continente educado por España estaba y está en el segundo momento de su independencia: emancipado el territorio, había quedado esclavizado el espíritu de la sociedad latino-americana, y era obra necesaria el libertarlo. Para contribuir eficazmente a la independencia moral, era necesario divulgar las verdades que corresponden a un sistema social y político totalmente opuesto al colonial, desconceptuar las teorías hipócritas o falsas que la influencia francesa popularizaba, desarraigar errores, hábitos de pensamiento y creencias vulgares que prolongaban en la nación independiente el imperio moral del coloniaje. El Sr. Lastarria tiene una tendencia de carácter que ha favorecido su patriótico programa. Observa, lee, piensa, discurre, constituye un orden de ideas, e inmediatamente tiende a aplicarlas útilmente al fin que ha querido contribuir a realizar. Independientemente de las obras didácticas y de los trabajos literarios, que, como sus discursos políticos y su intervención en la política militante de Chile, llevan en general el sello de una acción reflexiva hacia un objeto previamente establecido, el pensador [p. 288] chileno ha depositado en tres libros substanciales, —Historia de medio siglo, la América, Lecciones de política positiva,— la idea inicial que lo ha guiado y la prueba de su tendencia a realizarla. Por distintas que sean por el carácter, esas tres obras son idénticas en su propósito. La primera discute, juzga, y, aunque indecisamente, condena la conjuración de errores y supercherías que hasta mediados del siglo dieron el aparato de una filosofía política al absurdo constitucionalismo que Thiers formuló con su habitual osadía contra la lógica, que Guizot y todos los eclécticos dogmatizaron, y que casi todos los caudillos y oligarcas de la América latina acogieron con deleite y aprovecharon con liberticida sutileza. La América es una discusión de la mayor parte de los trabajos de filosofía política que hasta 1865 habían intentado sistematizar las hipótesis, teorías, nociones, verdades y abstracciones referentes al Estado, a la Autoridad, a la Libertad, etc. La última obra es una aplicación directa del sistema hasta ahora más completo de sociología. Entre esas tres obras hay un progreso asombroso en el pensamiento del autor, que extendiendo sucesivamente la órbita del propósito fundamental de todas ellas, — contribuir a la emancipación moral del espíritu chileno,— ha pasado de ecléctico que se presentaba en la primera a positivo que es en la última, y ha concluido por emanciparse totalmente de las esclavitudes de pensamiento de [p. 289] que con tan alta previsión ha querido emancipar a sus hermanos. Juzgando hechos en su Historia, confrontando teorías en su América, deduciendo y ordenando verdades comprobables en sus Lecciones, siempre ha sido uno mismo el esfuerzo del autor, y como producto de esa unidad de esfuerzo y como en esencia hermanadas por él, deben considerarse esas tres obras. Pero de una a otra hay en las tres tantas diferencias cuantas exigen la peculiaridad de la materia, el propósito inmediato y los progresos ya efectuados en la mente del autor, y sus Lecciones de Política positiva difieren de sus obras anteriores en método, en procedimiento y en ideas. Es el punto culminante de la serie y es la organización más completa de la serie. Antes habló un político más o menos racionalista: ahora habla, sin vacilaciones, sin titubeos, sin conflictos con el propio pensamiento, un pensador positivo que, al encontrarse con un método científico que se adecua exactamente a su tendencia mental, lo aplica libre, desembarazada, lúcidamente, produciendo una obra sólida por el encadenamiento de sus partes, una de las aplicaciones más oportunas que se han hecho de los principios de la sociología, y uno de los servicios más meritorios que la inteligencia ha hecho a nuestras nacientes sociedades.
De una obra que en tal concepto tenemos, no nos es lícito hablar a la ligera.
II
Antes, y para hacerla apreciar en su valor específico, consiéntasenos una breve exposición.
Para los que conozcan las indagaciones más recientes de la ciencia de la vida en sus funciones orgánicas (biología), no será una revelación el hecho observado y comprobado que «nada ni nadie muere de repente» o lo equivalente a ese aforismo: que la desorganización llamada muerte o destrucción de un organismo cualquiera (planta, bruto, individuo humano) se verifica por grados, de órgano en órgano y de función orgánica en función orgánica. Puede, en el hombre por ejemplo, morir el núcleo central de la vitalidad, el cerebelo, y ese organismo destruido en su órgano esencial sigue viviendo en otros órganos: póngasele otra vez el cerebelo y volverá a funcionar el organismo entero y a vivir el individuo muerto.
Para los que hayan observado un caso cualquiera de demencia individual, no puede ser verdad desconocida el hecho de que la facultad anímica que llamamos razón, continúa funcionando parcialmente en alguna de sus operaciones cuando la lesión encefálica no es absoluta, y aun en este caso funciona [p. 291] — hasta que muere — en la sub-facultad representativa de la razón, la fantasía.
Para los que hayan estudiado la historia, no como índice de sucesos y de fechas, sino como expresión de la vida activa, sensitiva e intelectiva de la humanidad, no puede ser resultante desconocida de ella que las instituciones, las costumbres y las ideas no se transforman ni pueden transformase súbitamente.
Procediendo inversamente, de formación a construcción, en vez — como acabamos de hacerlo — de construcción a destrucción, cualquier reflexivo observador ha podido en la vida individual orgánica, en la vida individual anímica y en la vida colectiva y total del ser humano, establecer como verdades comprobadas estos tres hechos: primero, que el fenómeno de la vida orgánica resulta de la coordinación y desarrollo de órganos en serie y de funciones en correlación; segundo, que el fenómeno de la vida anímica o espiritual, resulta de la correspondencia de diversas operaciones y de la coexistencia de las varias facultades que las ejecutan; tercero, que el fenómeno de la vida de la humanidad resulta de la organización o incorporación de la doble vida orgánica y anímica del individuo humano en la suma o conjunto de todas las actividades y todas las operaciones de la especie humana.
De cualquier modo que se analicen estos dos [p. 292] órdenes de fenómenos, —ya los comprendidos en el fenómeno general de la destrucción, ya los coeficientes del fenómeno general de la organización— se llega inductiva o deductivamente a una de estas dos afirmaciones: o que hay una serie de leyes universales que abarcan el orden cósmico, o que hay una ley cosmogónica que comprende en todo y en parte cada uno de los fenómenos, materia e inteligencia, órganos y facultades, individuos y especies, que contiene en todas sus esferas el orden general del mundo. La primera afirmación, hecha en 1819 por Augusto Comte, el más humano de los pensadores franceses de la época contemporánea y acaso el más útil de todos los pensadores de la época moderna, ha producido la filosofía positiva. La segunda afirmación, hecha en 1854 por Herberto Spencer, el pensador inglés que más servicios ha hecho a la fisiología y a la sociología, ha producido la filosofía, o más exactamente, la teoría de la evolución universal.
Los comtistas o positivistas consideran todos las fenómenos, todas las organizaciones, todas las ciencias, como aplicaciones inmediatas o mediatas de las leyes universales que ordenan la extensión y el movimiento de la materia elemental, la atracción de los átomos y la gravitación de los cuerpos planetarios, la acción y propiedades de los agentes físicos, la incorporación química de las moléculas, la [p. 293] operación y transformación biológica de los organismos vivientes, el proceso o progreso o desenvolvimiento o evolución de las sociedades: las aplicaciones inmediatas se llaman ciencias abstractas; las que de éstas se derivan, o ciencias concretas, son aplicaciones mediatas de esas leyes. El punto de partida del positivismo es la abstención de todo concepto ontológico o metafísico, y, por consecuencia, la eliminación de los problemas metafísicos y de las causas iniciales y finales; el método de la filosofía positiva es el aconsejado por el procedimiento de las ciencias exactas y por el proceso intelectual de la humanidad en la historia; es decir, de lo universal a lo particular, de lo abstracto a lo concreto, del fenómeno a la circunstancia o medio en que se da; el objeto de la doctrina comtista es enlazar en un conjunto racional y armónico, ligando en un encadenamiento lógico todas las verdades probadas y comprobables de las ciencias positivas, toda la realidad del universo y toda la serie de fenómenos objetivos y subjetivos que los sentidos y las facultades de la razón pueden percibir y experimentar, analizar y sintetizar. El primer resultado positivo de esta grandiosa concepción fue la organización de todos los fenómenos relativos a la existencia, crecimiento, desarrollo, acciones y reacciones de la humanidad en una ciencia abstracta, la Sociología. Los spencerianos o evolucionistas (si podemos juzgarlos por dos [p. 294] obras del maestro7 y por exposiciones favorables y adversas de su teoría) afirman que todo, en el mundo de la materia y del espíritu, en los hechos de realidad y de conciencia, en la vida del individuo y de las especies, es obra de la evolución universal o de un proceso continuo que se manifiesta empíricamente en toda organización, en toda vida, en toda sociedad, y científicamente en la ley de relación universal, en la ley de las fuerzas, y en la ley de la redistribución continua. El punto de partida del evolucionismo es la universalidad del principio de evolución; su método, el de las ciencias físico-matemáticas o exactas, aunque no las clasifica como A. Comte y difiere de él en la proposición de los tres momentos históricos del pensamiento: estado teológico, metafísico y positivo o científico. La filosofía spenceriana no está aún suficientemente organizada para que pueda atribuírsele un fin doctrinal; pero ha fecundado muchas ramas de las ciencias físicas, morales y sociales.
Independientemente de otras analogías (pues la doctrina de la evolución está formulada intrínsecamente en la de Comte) ambos sistemas tienen un origen semejante; el primero nace de un examen de las causas del desorden intelectual y moral de nuestra [p. 295] época; el segundo, de la concepción continua de la humanidad. Comte creyó que el orden social se restablecería reconstruyendo al pensamiento y dejando morir en paz los sistemas teológicos y metafísicos que, agonizantes, todavía gobiernan a la humanidad en su conciencia y a la sociedad civil en sus instituciones.
Deduciendo de una ley universal las bases fundamentales de la sociedad, creó la sociología; aplicando a la sociedad civil los datos de la sociología, intentó hacer un bien en su Política positiva.
Tales son los antecedentes del libro del señor Lastarria.
Todo lo que hoy se ha hecho para organizar las sociedades es malo, falso o negativo. Malo, cuando se ha tomado por base social un principio de autoridad que hacía omnipotente a un individuo, a una familia, a un credo religioso, a una jerarquía, a una serie de errores impuestos por la fuerza bruta. Falso, cuando se ha fundado la sociedad civil en especulaciones metafísicas; en trilogías revolucionarias, como la aspiración trina de la primera revolución francesa; en principios mal formulados y diabólicamente desarrollados, como el de nacionalidad; en sofismas como los de la monarquía constitucional y el imperio democrático; en transacciones hipócritas o dolosas, como la del sistema parlamentario y la teoría de las repúblicas conservadoras o radicales. Negativo, [p. 296] cuando de la tradición histórica, del carácter y las costumbres de una raza y del empirismo que se llama genio práctico, se deduce un estado político que no corresponde al social ni a los fines de la sociedad, como el constitucionalismo consuetudinario de Inglaterra.
Era necesario saber que había un orden universal dentro del cual el ser humano, individual y colectivo no era un fenómeno de sí mismo, sino un hecho relacionado con otros hechos, para que ocurriera la observación y se intentara la comprobación de otro fenómeno general de la naturaleza: que todo en ella se presenta coordinado, y que en medio de esa coordinación total, las cosas y los seres que tienen comunidad de origen individual, identidad de medios o carácter, unidad de objeto y fin, viven, crecen, funcionan, progresan, declinan y se realizan libremente. Observar y comprobar esto, equivalía a deducir esta verdad: que el orden es una resultante de la unidad, y que la libertad es una función indispensable de la variedad. La infinita unidad de los fenómenos de la realidad universal ¿excluye y anula la infinita variedad de cuanto existe, o la anula e incluye? Viceversa: la libérrima variedad de lo diverso ¿desune, desordena y anarquiza el universo, o constituye su completo organizarse? La noción metafísica de los átomos — que un día había de ser principio positivo de las ciencias físicas — contestaba [p. 297] afirmativamente desde Anaxágoras; la concepción primera de la unidad de las especies animales contesta afirmativamente desde Aristóteles; la demostración de una misma ley de movimiento para todo nuestro sistema planetario, contestaba afirmativamente desde Hiparco y Galileo; todas las clasificaciones botánicas, desde Linneo hasta De Candolle, contestaban afirmativamente. En todas esas afirmaciones, la estabilidad normal de cada uno de esos órdenes de hechos naturales, correspondía a la unidad de orden o de ley, y el cambio, acción, progresión o libertad correspondía al vario desenvolverse del átomo en la masa, del planeta en su sistema, del animal en su especie, del vegetal en su familia o en su género. Y existiendo esta normalidad o esta ley invariable para todos los órdenes de fenómenos observables ¿no existiría en el orden a que aparentemente concurren las demás, es decir, en el conjunto de hechos que se derivan de la doble vida individual y colectiva de la humanidad? Todas las constituciones artificiales de las sociedades o, lo que es lo mismo, toda la política negativa de todos los tiempos contestaba que sí, puesto que la historia de la anarquía y de la tiranía no es más que la historia de la negación o infracción de esa ley general en la vida social u organizada el hombre. Pero hubo una contestación más terminante, una afirmación más categórica, y la dio el Nuevo Mundo cuando, instintiva [p. 298] o, a lo sumo, empíricamente, constituyó una nueva sociedad con nuevas bases, y cuando, contradiciendo a casi todas las afirmaciones teóricas e históricas de las sociedades viejas, confirmó en su organización territorial y política las demostraciones científicas que del equilibrio perpetuo y universal de unidad y variedad hacían casi al mismo tiempo Lamark, Saint-Hilaire, Buffon, Laplace y los metafísicos alemanes Kant, Fitche, Hegel, Krause que, en su tendencia armónica, deben ser considerados como servidores de la ciencia positiva.
¿Qué hicieron los verdaderos creadores de la Federación norte-americana? No otra cosa, en apariencia, que utilizar las condiciones anteriores de la sociedad colonial educada por Inglaterra, y a lo sumo recordar los ensayos de federación republicana que veinte y un siglos antes había hecho en sus congojas la raza helénica; pero en realidad, lo que instintivamente produjeron los constituyentes de la sociedad norte-americana, fue una aplicación directa del orden de la naturaleza al orden de la sociedad.
He aquí lo que tenían que hacer: ligar en un mismo sentimiento de nacionalidad trece colonias que no tenían más vínculo de unión que el mismo medio geográfico y la misma dependencia política, y armonizar en idéntico derecho a tres millones de pobladores que no tenían otras afinidades que las de [p. 299] idioma y raza. He aquí lo que hicieron: combinar la unidad nacional con la variedad territorial, declarándose federación para los fines colectivos de la raza, en tanto que se declaraban soberanías para los fines parciales de cada Estado, y armonizar la libertad absoluta de cada individuo en su derecho, con la absoluta autoridad de la sociedad civil para los fines del derecho.
He aquí lo que resultó: una triple federación, la territorial, que combinaba las varias soberanías interiores de cada Estado con la unidad de acción de todos ellos bajo una misma ley fundamental y una misma dirección; la política, que armonizaba la variedad de la vida individual de los asociados con la unidad de fines de la sociedad; la federación intelectual y moral de los componentes individuales y territoriales de la nación, que unificaba en idénticas aspiraciones de raza y civilización, las varias tendencias intelectuales y morales de los ciudadanos en su propia vida y del pueblo en su crecimiento y su progreso.
Esto, que por un venturoso concurso de circunstancias, acontecía espontáneamente en una sociedad, acontecía sencillamente porque esa sociedad acataba y, en su organización territorial y política, aplicaba una ley cósmica que invariablemente se muestra en toda organización; por lo tanto, eran aplicables al orden de las sociedades algunas de las leyes que deciden [p. 300] del orden cósmico, y si, a posteriori, la razón práctica o empírica encontraba en el orden y en la sanidad de la sociedad norte-americana una prueba tangible de la universalidad de la ley de organización, la razón científica descubría a priori que, habiendo una ley para el orden social y un modo adecuado a esa ley, había una ciencia positiva de las sociedades, que, con las bases de la vida social, daba necesariamente un orden fijo, y había un arte que consistía en unir y armonizar, formando un todo orgánico, los fundamentos de organización natural que eran esencia de la misma vida de la humanidad. Luego, si con sólo aconsejarse de su genio positivo, la democracia anglo-americana había producido una organización y un gobierno racionales, era posible producir científicamente una organización más racional y un gobierno más perfecto. Después de instituir en la Sociología las leyes universales de la sociabilidad, Augusto Comte las aplicó en su Política positiva. La institución científica fue un éxito: la aplicación artística fue un fracaso. En vez de aplicar leyes universales a una sociedad, Comte forzó las leyes de la sociabilidad a conformarse a un determinado estado social de la humanidad, al que en Francia ha resultado de toda la vida histórica de aquel país. Si la aplicación teórica fue contraproducente, la práctica hubiera sido desastrosa.
[p. 301]Después de su política positiva, la única aplicación directa de sus leyes sociológicas y la única 8 exposición didáctica de la sociología aplicada al gobierno teórico de las sociedades y a la política práctica de un pueblo, es el libro del señor José Victorino Lastarria.
Aun cuando las Lecciones de Política positiva están divididas en dos partes (la Teoría social y la Teoría política), constan realmente de tres: la primera, que es una exposición de principios generales de sociología, como fundamento científico de organización social; la segunda, que es un tratado de derecho constitucional, en parte deducido de la teoría positiva de la sociedad, en parte basado en las formas orgánicas de la democracia norte-americana; la tercera, que, con las leyes de una Constitución política para su patria, la república de Chile, da la aplicación teórica de los principios sociológicos y políticos que científicamente ha expuesto y desenvuelto en las dos primeras partes.
Este libro, —que es de inmensa importancia para la América latina, a cuya juventud, estadistas y gobernantes, da una norma científica de vida social y de conducta política en un resumen metódico de [p. 302] todas las ideas fundamentales del orden social y de todas las doctrinas positivas de la libertad política, — significa un paso más en la ciencia; porque ha concretado en una forma sistemática sus verdades generales; inmenso progreso en el pensamiento de la América latina, porque la producción de una obra de ese carácter en nuestro medio político-social y en nuestra atmósfera intelectual, demuestra cuán adelantada está ya la obra de reacción contra las monstruosidades de la sociedad colonial y cuán general es la aspiración a una reorganización definitiva, cuando hay quien, con los materiales positivos de la ciencia y con los materiales negativos de nuestra propia historia, construye un edificio accesible a todos, porque todas las sociedades latino-americanas tienen más facilidad que otra alguna para reconstituirse según la ciencia, y porque todos los gobiernos y partidos están purgando en luchas inútiles de organización, la falta de principios con que ellos proceden, y la ignorancia de sus fines en que han dejado al pueblo de todas las fracciones de la sociedad latino-americana.
Ésta, dada su educación anterior, no podía sustraerse a las malas costumbres intelectuales y políticas mantenidas por causas obvias y palpables en toda Europa, y las siguió. Dentro de esas costumbres la ignorancia, la fuerza bruta, y la audacia característica de la ignorancia y de la fuerza bruta, se constituyeron [p. 303] en elementos de dirección y de gobierno. Como en Europa, el resultado fue el inevitable: gobiernos imbéciles o gobiernos malvados, porque no había imbécil con un poco de influencia y ambición, ni caudillo con un poco de audacia, ni audaz con un poco del miserable talento necesario para el mal, que no contara con la ignorancia general, con la debilidad general, con la popularidad que asegura a los audaces el aforismo que hace compañeros de viaje por el mundo a los astutos y los tontos. La masa eran los ignorantes; la amasaban los astutos. Como era natural, la hipocresía, la mentira, la fuerza, la sutileza, la argucia, en una sola palabra, la barbarie gobernaba a la barbarie. Dentro de aquel orden no cabía la civilización, sino introducida a la fuerza por la necesidad, y el gobierno y la dirección de la sociedad eran patrimonio de malvados o de imbéciles, que de la ciencia y del arte de aplicarla habían hecho la ciencia de hacer mal para imponerse y el arte de tener contentos a los hambrientos de posición o de dinero. Pero la necesidad introducía por la fuerza a la civilización en forma de barcos que comerciaban, de ferrocarriles que aumentaban los elementos comerciales, de telégrafos que infundían la fe en la conexión intelectual de todos los seres racionales; en forma de libros, que siempre patentizaban un abismo entre lo ideado y lo realizado, en forma de máquinas transformadoras, en forma de [p. 304] productos transformados, en forma de seres humanos que pensaban, sentían y procedían de diverso modo; y entonces empezó la sociedad a tener conciencia de sí misma, y, reaccionando contra sus anteriores elementos de gobierno, buscó otro en el elemento intelectual. El elemento intelectual más accesible era el que sólo percibía la forma de la realidad, y todos los buscadores o exploradores de lo bello formaron parte integrante de la clase directiva de la sociedad. Desde entonces, a los primeros sistemas, siempre vigentes, de astucia y fuerza, se agregaron como sistema de gobierno cuantas frases conceptuosas, sofismas pulidos, raptos oratorios, misticismos líricos, teorías importadas, nonadas literarias, tópicos históricos e ignorancia enciclopédica llevaban en su cabeza llena de vacío los nuevos gerentes de la infortunada sociedad. Este es, retratado escrupulosamente, el estado político de todas las sociedades contemporáneas, excepto en gran parte la Federación americana, la suiza, y en menor parte, la Gran-Bretaña. Ese es, especialmente, el estado político de la raza latina de ambos mundos, que a la secular enfermedad de su conciencia y a los vicios crónicos de una organización política en que nunca ha cabido la libertad, agrega hoy el malestar intelectual, de que son testimonio España en la variedad europea de nuestra raza, el infelicísimo Ecuador en la variedad americana.
[p. 305]Castigada con el dolor y la enfermedad la violación de las leyes sociales que aseguran el orden y la libertad de las asociaciones humanas, se presenta a los pueblos latinos de América, no una de las mil panaceas que el empirismo y el idealismo preparan de continuo para curación o resurrección de sociedades, sino un sistema completo de organización que, además de estar basado en todas y cada una de las ciencias que tienen por objeto el estudio de las leyes de la vida y del pensamiento, está contrastado en el fiel contraste de la realidad histórica por dos ejemplos (Federación americana, 1787 a 1875; Federación suiza, 1848 a 1875) que si aisladamente son convincentes, comparados son irresistibles. Todo lo que se sabe por observación histórica, por inducción lógica, por deducción científica, sobre las leyes de la vida individual y colectiva de la humanidad, sobre las fuerzas sociales, sobre los agentes físicos y morales del orden en la sociedad, sobre las bases, relaciones, formas y modos de la libertad, sobre el arte de organizarla en una Constitución política que corresponda a la constitución esencial o a la ley fundamental de la vida en las sociedades, todo se dice a la América latina en las Lecciones de Política Positiva, y todo está reducido a esta sencilla concatenación: que las sociedades son vidas, que toda vida tiene sus funciones, que toda función tiene sus órganos, que órganos y funciones concurren al fin [p. 306] uno de la vida, que esta unidad se produce de aquella variedad, y que siendo ésta una condición de la libertad y aquella una condición del orden, para que éste se dé es necesario que antes se dé la libertad, como para que se produzca el fenómeno de la salud en un organismo cualquiera es necesario que antes se haya producido la normalidad de funciones en sus órganos.
Dicho de otra manera: Federación de soberanías territoriales para coordenar la unidad de vida nacional en la variedad de intereses locales: Federación de autonomías individuales, para producir la libertad absoluta en el derecho: Federación de razones soberanas y de conciencias absolutamente independientes, para producir el objetivo de la raza, sea el que fuere, y el ideal social, que siempre es la justicia.
Ante la muralla de China del pasado, las sociedades europeas pueden vacilar: nosotros no debemos ni podemos hacerlo. Nuestro pasado no es nuestro: es el cadáver de la sociedad absurda que sus creadores dejaron al marcharse, y nosotros no enterraremos al insepulto hasta que nos organicemos para vivir racionalmente, según las leyes naturales de la vida.
El libro que nos dice cómo debemos organizarnos es un presente inestimable. El hombre que nos lo hace, un latino-americano benemérito. Sea el fruto tan óptimo como es óptima la intención del que lo [p. 307] brinda, y acaso no volverán a deslizarse las amarguras que se deslizan en su libro y que son la única recompensa que hoy recibe en nuestra América latina el que piensa por ella y para ella.
Nueva York, 1875.
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