Hostos, Eugenio María de / Meditando (1909)
EL INSTITUTO NACIONAL DE CHILE
[Chapter]
SI el autor de Los Primeros Años del Instituto, al continuar ahora su tarea, hubiera querido dejar de ser cronista para ser historiador, habría hecho a la ciencia social el servicio que ha prestado a la historia narrativa.
Con ahorrar un poco del muchísimo trabajo que se ha impuesto para acopiar materiales, y con dejar correr pensamiento y pluma, que, a las veces, se muestran descontentos del freno que los sujeta, el circunspecto escritor que probablemente heredará el estilo y la manera literaria, como ha heredado el nombre, el talento y las cualidades sociales de Miguel Luis Amunátegui, habría satisfecho a los que vemos en la historia la materia prima de la sociología.
Esa historia del Instituto Nacional de Chile es un [p. 256] testigo mudo de la correlación que existe entre el desarrollo de la más querida institución docente de Chile y el desarrollo de la política y del carácter de la nación.
Es más: no se podrá escribir la historia filosófica, ni aun la historia crítica del desenvolvimiento político y moral de Chile, sin acudir a la crónica del Instituto.
El misterio — que siempre ha sido más de uno, dos especialmente, — entre los caracteres que más huella han dejado en la política de Chile, desaparece a la vista de los hechos del Instituto a que concurrieron.
Más todavía: la sombra siempre obscura que proyecta en la vida de los pueblos de nuestro origen colonial la coexistencia de las exterioridades de la civilización con aquella interioridad de la barbarie que es la intolerancia, la crónica del Instituto está convirtiéndola a nuestros ojos, y por lo que respecta a Chile, en clara luz.
La formación de los elementos personales que han favorecido la composición de elementos sociales en fuerza de gobierno, nunca se muestra tan natural como cuando la seguimos en el proceso de la institución que acariciaron en su cuna tan desemejantes soñadores de bien patrio como Salas y Camilo Henríquez, como Infante y Egaña.
Haber dado ese objetivo a la historia del Instituto Nacional, habría sido preferible. Pero tal cual es, el [p. 257] libro del señor D. Amunátegui Solar es un libro interesante y provechoso. Tiene de provechoso cuanto tiene de estímulo para ideas como las antes enunciadas al pasar. Tiene de interesante cuantos hechos, esfuerzos, hombres, esbozos de luchas sociales y embriones de ideas nos presenta.
La particularidad de versar esta parte de la crónica del Instituto sobre tres de sus rectorados más activos, y de tener por fuerza que informarnos acerca de la actividad mental y literaria de dos hombres como Montt y Varas, que poco después con su actividad administrativa y política llenaron dos decenios, da un atractivo más a los que con su abundancia de datos, pormenores y documentos fehacientes le ha dado el autor.
Pero, lo que constituye el mayor atractivo de este libro, y en este sentido es buena suerte que se haya reducido a los límites de una crónica, es el ambiente de tiempos pasados que le dan los hombres y los hechos que en él se presentan y que el discreto cronista ha tenido la prudencia, el cuidado y el tacto de dejar que digan por sí mismos qué son, quiénes son y por qué son como aparecen.
Por una parte, la lejanía en que los coloca el punto de vista en que circunstancias más fáciles nos ponen para juzgarlos, demuestra el progreso que va de aquellos tan cercanos a estos que ya parecen lejanos. Por otra parte, el espectáculo de sus esfuerzos, de [p. 258] sus escrúpulos, de sus primeras y segundas intenciones, y de su constancia, tenacidad y lentitud en la fábrica de su orden intelectual que hubiera de servir a un orden político y social, produce el encanto que para todos tiene el comienzo de una construcción, principalmente cuando los materiales no son muchos, ni bastantes los constructores, ni suficiente el arte, y a medida que la fábrica se levanta, va uno aplaudiendo el triunfo del trabajo y la victoria de un propósito firme sobre la resistencia y la inercia y la rutina de los unos, así como sobre la no muy clara noción propia del objeto esencial de la construcción.
Son fabricadores de uno de los cimientos de la patria. Todos igualmente amantes de la patria, porque si en alguna obra colectiva de chilenos brilla más que en otra el férvido patriotismo que a todas las hace tan sólidas, es en la constitución intelectual, aun cuando no igualmente guiados por el mismo propósito ideal. Unos quieren trabajar con materiales viejos, aprovechando lo poco que tenían; otros quieren una fábrica moderna, acaparando materiales, útiles e ideas que ven en otras partes. Hay, pues, hasta el interés del drama. Bajo la acción común de todos ellos en dirección a una necesidad, una fuerza y una futura gloria de la patria, hay verdadera lucha. Los unos luchan por satisfacer la necesidad según la entienden. Los otros por conquistar para [p. 259] la patria la gloria a cuyo soñado resplandor la ven más bella. Los cautelosos trabajan por producir la fuerza política que han encontrado en la formación de una casta de letrados.
Ya en este segundo momento del Instituto, se ha pasado de Salas, Henríquez, Egaña, padre Infante y de cuantos relacionaron el nacimiento de la patria con el nacimiento de una cultura nacional, propia, característica, distintiva. Ahora aparecen Montt, Varas, Cousiño, Güemes, García, Reyes, Tocornal, Sanfuentes, Lastarria y otros muchos; y episódicamente, como víctima el uno, y los otros como jueces de aquellos hombres y momentos, Francisco Bilbao, Barros Arana, Amunátegui, N. Bilbao y el doctor Aguirre.
Como cooperadores, iniciando, iluminando y guiando con frecuencia, aprobando otras veces lo conocido y tenido en otros medios, favoreciendo y facilitando siempre la tarea, pero siempre retenidos en sus puestos, algunos obligados a tener que recordar su posición de extraños, se presentan aquellos nobles colaboradores, a veces fundadores de enseñanzas nuevas, como Sazie, Gorbea, Puente, Best, Lafargue, Von der Heyl, Domeyko, Crosnier, y aquellos generosos copartícipes de los afanes y de las angustias de la construcción que, lanzados de fábrica idéntica o semejante en suelos menos tranquilos del Continente, vinieron aquí a traer el contingente [p. 260] de sus aptitudes y de sus virtudes casi todos, y algunos, como Bello, Sarmiento, Vicente F. López el empuje de una gran intelectualidad o de un gran carácter o de una personalidad original.
El señor Amunátegui ha hecho un acto oportuno y trascendente al presentarnos estos y aquellos hombres en la obra sin término en que todos brillaron con diverso brillo individual bajo el común destello de la luz con que juntos procuraron iluminar el porvenir de Chile.
Santiago, 1893.
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