Hostos, Eugenio María de / Meditando (1909)
LA HISTORIA DE QUISQUEYA
I
LA Historia no es drama, y es mejor que drama. Por más que para la pluralidad de los historiadores antiguos, modernos, contemporáneos y coetáneos, no se haya tratado de otra cosa que de narrar la actividad militar de pueblos y naciones, la historia tiene un objetivo, un fin más alto que la relación cronológica de triunfos y conquistas, catástrofes y extorsiones. Tiene por objetivo el señalamiento del desarrollo orgánico, moral e intelectual a que ha llegado un pueblo cualquiera, o todos los pueblos de la tierra. En este último caso, historia universal; en el otro, particular. Particular o general, toda narración de hechos históricos se refiere necesariamente [p. 242] a la vida sentida, pensada y realizada, de una fracción de especie humana o de ella toda. Por lo tanto, no hay verdadera historia cuando se narra exclusivamente lo hecho por hombres para triunfar de otros hombres, y sólo hay verdadera historia cuando se relatan todos los esfuerzos de un pueblo o nación o raza para asegurar su vida, desarrollar su entendimiento y complacer su sensibilidad, bien sean esfuerzos de brazo, de corazón o de cabeza, o lo que tanto vale, de trabajo muscular, moral o mental.
Mas, aunque desde Aristóteles, y hasta puede afirmarse, desde el mismo Herodoto, la simple razón común bastó para hacer comprender que la historia no podía reducirse a la narración parcial de los hechos consumados por este o aquel afortunado fundador o destructor de pueblos, por este o aquel imperio poderoso, por ésta o aquélla raza dominante, el entusiasmo y la adulación fueron poco a poco concretando el objeto de la historia a la relación artificiosa de las grandezas atribuidas a los conquistadores, guerreros, monarcas y demás usurpadores de libertades y derechos. Y si se trataba de la historia universal, se historiaban las guerras, conquistas, victorias, vencimientos y catástrofes, personificando triunfos y derrotas, crecimientos y decadencias, en Dios, Señor de los ejércitos, cuando se trataba del pueblo de Israel; o en alguno de sus [p. 243] delegados, desde Moisés hasta el último de los Macabeos; en Cheops, Mris o Sesostris, si se trataba de Egipto; en Sardanápalo, Ciro o Darío, si se historiaba la fundación o la disolución de los imperios fundados, destruídos y refundidos en la supuesta cuna y en las cercanías de la supuesta cuna de la especie humana. Para esos historiadores, no hay más Grecia que la triunfante en Maratón y Salamina, ni otros griegos que Milciades, Temístocles, Pericles y Alcibíades, aunque, gracias a la historia de la filosofía, y sobre todo, a Plutarco, a Diógenes Laercio, y al latín obligatorio de Cornelio Nepote, se han salvado del olvido los nombres de los capitanes de la libertad, Epaminondas, Pelópidas y Filopemen; la biografía de los tres legisladores, Licurgo Dracón y Solón; el recuerdo de Homero, Hesíodo, Píndaro y Tirteo, la pasión trágica de Safo, el resplandor glorioso de Platón y Aristóteles, y la memoria augusta de Sócrates. Esa historia que sólo se fija en las grandes batallas y en los grandes nombres, o más bien, en los nombres ruidosos de los grandes batalladores, es la que no conoce a Macedonia sino cuando aparece Filipo, más bien que como diestro político, como precursor necesario de su hijo, Alejandro; la que no conoce de los escitas, sino unas cuantas anécdotas; la que sólo se acuerda de la India, cuando el conquistador Macedónico penetra en ella; la que reduce a la ciudad de Roma toda la historia del [p. 244] Lacio, y al nombre de Aníbal, toda la historia de Fenicia y de Cártago, su colonia; la que de todo el fecundo período de la lucha social, no exhuma otros hechos que los personificados en los dos Gracos y en Espartaco; la que ignora absolutamente la existencia de aquel hormiguero de pueblos que llama bárbaros del Norte, cuando bloquean a Roma, y absorben al mundo antiguo, y regeneran con su savia juvenil la sociedad decrépita, y la modifican con nuevas costumbres, y la transforman con su principio nuevo, el individualismo, generación espontánea del derecho de todo ser al ser completo, en que había de fundarse la única verdadera libertad, la derivada del derecho, y la única democracia verdadera, la cimentada en el derecho de todos, en la libertad de todos, en la aptitud de todos para gobernarse y administrar sin trabas ni privilegios sus intereses.
Si no hubiera sido por Vico que, desentendiéndose de la historia aduladora o entusiasta, supo no ver otra cosa que símbolos, alegorías y apoteosis en los orígenes de Roma; y que de un solo examen de razón echó por tierra todas las cabezas coronadas de Roma primitiva, viendo usurpadores y bandidos en donde la tradición orgullosa había visto una ordenada sucesión de hechuras del derecho divino; si no hubiera sido por Vico, la tradición caprichosa hubiera impuesto sus leyendas como historia de todos los orígenes de los pueblos, y acaso no se hubiera [p. 245] ocurrido a nadie hasta el siglo XIX o quizás el anterior, ver que en esa exposición del desarrollo de la vida de la humanidad, como en esencia es la historia, todos los hechos históricos de todo tiempo y lugar habían por fuerza de corresponder a la naturaleza del ser que los producía, y que pues era, es y será hombre el productor de los hechos que constituyen la historia, al hombre en todas sus manifestaciones tenía ella que referirse, y no tan sólo a su actividad brutal, y mucho menos a la brutalidad genial de tales o cuales monstruos brotados de la profundidad del Asia, como Atila y Gengiskan, o de la obscuridad de Macedonia, como Filipo y Alejandro, o de la podredumbre de Roma imperial, como Nerón y aun más Tiberio, o de las pasiones de una sociedad, como Napoleón, o de las monstruosidades de la hipocresía, como Felipe II o del fanatismo de un propósito, como Gustavo Adolfo, o de la personificación de una barbarie como Rosas y otros cien adalides del salvajismo victorioso en muchas sociedades de la América latina.
Teniendo la historia que referirse a todas las manifestaciones del ser humano, sólo es bueno y exacto aquel relato histórico que comprende todo lo sentido, pensado y realizado por la sociedad a que se refiere. En ese sentido, la crónica indigesta de algunos reinados de España, Francia, Nápoles, etc., es superior a la mayor parte de las Historias Universales, generales y particulares que corren en manos [p. 246] de escolares y de indoctos, porque, al menos, dan una idea completa, aunque la den desordenada, del estado social, moral y mental de la época que abarcan. Sirvan de ejemplo las «Memorias del Duque de Saint-Simon», que no son en realidad otra cosa que la crónica del reinado de Luis XIV. Ningún historiador, incluso Voltaire, ha conseguido presentar tan viva, tan exacta, tan fotográficamente, a aquel rey-estómago llamado rey-sol; a aquella familia real, que era pura grosería y sensualismo; aquellos cortesanos orgullosos, que eran mera espina dorsal siempre encorvada; aquellos genios literarios y artísticos que, a fuero de cortesanos, no supieron elevarse casi nunca a hombres; aquel pueblo entero que, estando nada más que a dos reinados de la gran Revolución, sólo sabía estar arrodillado.
Aun así, no es el palaciego despechado de Luis XIV, el mejor historiador; pero entre él, que azota a un endiosado, y Thiers, que en volúmenes magníficos endiosa a un corruptor de su país, Saint-Simon es mejor historiador, pues se mantiene en la realidad de la naturaleza humana, que el endiosador de Napoleón viola, adultera violenta y desencamina. Los hombres de Saint-Simon son muchísimo más hombres que los genios de Thiers. Con las Memorias del uno se reacciona contra el Consulado y el Imperio del otro. El libro del uno, enseña a ser digno; el otro, a ser indigno. ¿Cuál de los dos será [p. 247] mejor historia? El primero, porque, independientemente del estudio de los hechos, corresponde con mayor exactitud a la verdad moral, que es el fondo necesario de la historia particular o general.
Estas desordenadas reflexiones que por desordenadas convienen al ingenuo correr de la pluma en los escritos de periódicos, convienen también al examen que nos proponemos hacer de la «Historia de Santo Domingo» que el Señor José Gabriel García ha publicado y esperamos que completará.
II
El Señor José Gabriel García no ha seguido el triste procedimiento que acabamos de censurar. Sus Memorias y su Compendio de la Historia de Santo Domingo obedecen a un criterio más elevado y desarrollan un concepto más racional de la historia. En las Memorias, como ciudadano, y en el Compendio, como guía de la juventud, ha abarcado un horizonte de mayor extensión.
Esto es tanto más loable, cuanto que, fundador como puede considerársele de los estudios históricos en su patria, ha sentado un precedente que consultarán con fruto los que continúen su patriótica [p. 248] tarea y que harán de la historia de Quisqueya un todo menos inconexo y más completo que sería la historia patria, si él hubiera empezado por reducirlo a la narración de hechos dramáticos.
No faltan, por cierto, en sus trabajos: que el dolor ha sido patrimonio de esta tierra miseranda, y desde el día mismo en que se reveló a Colón hasta el día en que se disputa la autenticidad de los restos de Colón, el pueblo autóctono y el pueblo transplantado han tenido que regar con lágrimas y sangre el suelo risueño de la patria. Mas, si era posible prescindir del drama en la vida luctuosa y en la siempre sangrienta sucesión de tiempos que median entre el pueblo ya cadáver que agotó su existencia en el primer momento de la historia de la Isla, y el pueblo aun no nacido que, para darse por efectivamente nacido, necesita afirmar definitivamente la existencia que propios y extraños le disputan, el historiador de Quisqueya no ha concedido al movimiento dramático y a la actividad militante de los actores que se han sucedido en el escenario de la Isla, más narración que la indispensablemente necesaria.
Descritas están por él en las Memorias, y a veces perfectamente dialogadas en el Compendio; allí, las patéticas escenas del primer momento histórico de la Isla; aquí todas las peripecias de las cinco primeras épocas que abarca la primera parte del Compendio. No por eso ha excluido el relato, y, cuando el [p. 249] relato le ha parecido inabordable, la mención de cuantos sucesos del orden religioso, político social e intelectual contribuyen al conocimiento histórico porque constituyen en realidad la vida que ha llevado en Quisqueya la porción de humanidad que ha substituido, en esta parte del territorio de la Isla, a aquella otra desventurada porción de humanidad en cuyo recuerdo no se fija la memoria sin que palpite indignado el corazón.
Prueba de este minucioso investigar — todos los estados por que ha pasado el pueblo quisqueyano5— es la segunda de las épocas en que el autor considera dividida la historia de su patria. En los ciento sesenta y cuatro años muertos que corresponden a esa época, obscura como la Edad Media, verdadera Edad Media de las sociedades constituidas en América por la conquista y organizadas por el coloniaje, en esa primera era colonial, todo quedaría reducido a paréntesis, a verdadero epitafio, a mera consignación de que «aquí vivió (vegetó) una fracción de la raza ibérica», si no fuera por la afortunada diligencia con que, no contentándose con la colisión de las dos colonias, la conquistadora y la intrusa (única peripecia que con las invasiones marítimas altera [p. 250] en Quisqueya la paz sepulcral del coloniaje), ha buscado y encontrado el autor los documentos de una vida un poco menos vegetativa que la hecha por nuestra raza siempre que no esté batallando y destruyendo.
En este período, en el no menos obscuro de las guerras de principios, sostenidos por los doctrinarios monárquicos de esta parte con los doctrinarios republicanos de la otra parte de la Isla, en todas y cada una de las épocas que comprende el Compendio publicado, es verdaderamente rico caudal el de noticias de todo orden, y positivamente digna de alabanza la busca paciente de datos que revela el trabajo del señor García.
Cuando se reflexiona en las dificultades que, no ya por números, sino por masas, se presentan al investigador en un país cuya agitada vida se muestra, particularmente, en la misma escasez de documentos y de datos que las continuas tribulaciones de la sociedad han hecho desaparecer o dispersado; cuando se piensa en la diligencia que ha tenido que emplear, en lo pequeño y en lo grande, quien, para redactar la historia de un país convulsivo como éste, de seguro habrá tenido que acudir personalmente, y para la mayor parte de los hechos contemporáneos, a la fuente viva de la tradición, la ancianidad olvidadiza; cuando, en fin, se reflexiona en la tarea de descomposición y recomposición de datos que es necesario [p. 251] realizar antes de considerar exacto el suministrado por la memoria y la voz de más de uno, es preciso rendir homenaje de profunda y verdadera estimación al capaz de arrostrar tales obstáculos y de superarlos para poner en manos de sus conciudadanos la narración verídica de la vida vivida por la patria común.
Por nuestra parte, tan efectiva es la estimación que tributamos a esa benemérita tarea, que ni siquiera nos hemos detenido a preguntarnos si es defectuosa la obra del señor García. Acostumbrados a reparar de una ojeada los defectos de obras y de hombres, por lo fácil de la tarea, la desdeñamos; y así como, en nuestra vida cotidiana estamos por encima de la pobrísima pasión de los censores callejeros de conductas, así, en presencia de obras de entendimiento, abandonamos a los espulgadores el trabajo de espulgar defectos.
Santo Domingo, 1880.
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