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Ibero-American Electronic Text Series

Hostos, Eugenio María de / Meditando (1909)

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JOSÉ MARÍA SAMPER

[Chapter]

ESTE inteligentísimo escritor es neo-granadino; nada más sabemos de él, ni creemos necesario saber más. En toda manifestación intelectual hay siempre una parte del hombre, una exposición del individuo sensible, agente y pensante, y para inducir por su libro su carácter, basta leer atentamente el libro: no se tendrá al hombre completo, realizado o realizándose en el tiempo y en el espacio; pero se tendrá al hombre esencial, es decir, aquella unión, en un sujeto dado, de las fuerzas del alma que el tiempo, las circunstancias, el cuadro político y social en que se desenvuelven, modifican contraria o favorablemente.

Así, la atenta lectura del Ensayo sabre las revoluciones políticas de las repúblicas colombianas ha   [p. 210]   bastado para darnos a conocer en su autor, el señor Samper, un alma sensible a todo afecto generoso, una fantasía soñadora en los más puros ideales, un patriotismo perspicaz, y una inteligencia poderosa, dirigida por conocimientos sólidos y solicitada por las aspiraciones más dignas de la inteligencia.

El libro del escritor neo-granadino es el germen completo de la historia de su patria. Desde el examen de las condiciones físicas y sociales del Nuevo Mundo, cuando arribó a sus playas el pensamiento del Antiguo, hasta la modificación que esas mismas condiciones han experimentado; desde el juicio severo, pero imparcial y sobrio, de la conquista y la colonización, hasta la prueba de que una y otra debían producir lo que después de tres siglos produjeron; desde la crítica de la revolución colonial, hasta la demostración terminante de que sus efectos han sido necesariamente modificados por el antecedente histórico; desde la censura y el elogio del pasado, hasta el elogio y la censura del presente; desde la confesión ingenua de los males de la actualidad, hasta la confianza racional en el porvenir de aquellas sociedades, todo lo comprende el Ensayo.

Escrito para protestar contra las torpes injusticias de la opinión de Europa — que por ignorancia absoluta del carácter de los pueblos latino-americanos —los juzga por apariencias necesarias sin indagar su origen, sin recordar la historia, sin meditar en las   [p. 211]   dificultades del problema político-social que están predestinadas a resolver esas nacientes sociedades, —rebosa en generosa indignación, abunda en relámpagos de imaginación, está lleno de la vivacidad de afectos que mueve el patriotismo. Pero en todas y en cada una de las partes de la obra, resplandece su idea generadora.

¿Cuál es ésta? Una muy obvia, que enuncia a priori la historia de la humanidad, que se deriva inmediatamente de la historia de esos pueblos, y que, desenvuelta in extenso o formulada compendiosamente, es siempre idéntica, a saber: «Las repúblicas latino-americanas no pueden ser más de lo que son, ni son menos de lo que deben ser. Tienen una naturaleza virgen que dominar, y ningún pueblo ha sido capaz de dedicarse tranquila y útilmente a empresas más complejas, no teniendo terminada la empresa capital: hay una población múltiple que unificar, y ninguna sociedad es absolutamente tal en tanto que no es una: hay una tradición política que destruir, y nunca ha habido gobierno permanente en donde lucha el recuerdo de los unos con la aspiración de otros: hay, en suma, un fin histórico que determinar con absoluta precisión, y es imposible determinarlo hasta que el trabajo de formación social no esté acabado.»

Si la concisión no fuera casi siempre obscuridad, diríamos concisamente que en las sociedades colombianas   [p. 212]   el tiempo y el espacio están en lucha; lo hecho y lo posible, en disidencia; el fin y los medios, en combate. El tiempo ha sido breve, y el espacio es vasto; lo posible es la creación de una civilización poderosísima, y lo que se ha podido hacer no es un solo punto más de lo ya hecho; el fin histórico es altísimo, tal vez la constitución del lazo del progreso humano, y los medios son ineficaces.

Para la conquista por el hombre y el trabajo de un espacio de más de 5.500.000 millas cuadradas, no ha habido más tiempo que el brevísimo de menos de 367 años: para la población de esa inmensa superficie, cuatro individuos por milla cuadrada: para la realización de lo posible, la imposibilidad de hacer en tan breve tiempo, con circunstancias sociales y políticas contrarias, la unificación de 438 idiomas en una lengua común, la fusión de los elementos etnográficos más distintos en toda la sucesión de los tiempos en una sola raza mixta: para la conquista del fin histórico reservado a esas sociedades, medios tan ineficaces como los empleados por el gobierno colonial.

Concretándonos a las tres repúblicas a que especialmente se refiere el escritor neo-granadino, comparemos su superficie, su población, los elementos sociales y el tiempo de su existencia con circunstancias iguales en Europa, y la idea que someramente   [p. 213]   deducimos del estado de las repúblicas colombianas brillará con lucidez completa.

Las tres repúblicas reunidas tienen una superficie total de 828.000 millas cuadradas (245.000 Nueva Granada; 280.000 el Ecuador; 303.000 Venezuela): su población no llegará probablemente a 6 millones de habitantes: los elementos sociales son los más distintos; tres razas madres, indígena, europea, africana; tres sub-especies, criollos, mestizos y mulatos; infinidad de sub-géneros, desde los producidos por el cruzamiento de las razas madres con las derivadas, hasta los engendrados por la mezcla de las intermediarias: el tiempo de existencia de esas sociedades, el de tres siglos.

Busquemos en Europa tres Estados, en donde la superficie sea próximamente igual a la de estas repúblicas y cuyos elementos etnográficos conserven más clara la huella de fusión, y comparemos.

España, Francia y Austria reunidas, tienen una superficie de 485.900 millas cuadradas; una población de 90.000.000 de almas; unidad completa de razas, a pesar de haber sido los tres grandes palenques de las luchas etnográficas de Europa: el tiempo de su vida histórica se pierde en el principio de la Historia.

De esta comparación se deducen inmediatamente las siguientes consecuencias: España, Francia y Austria — las dos últimas, sobre todo,— han sometido   [p. 214]   ya las fuerzas de la naturaleza a las del hombre, las fuerzas ciegas al esfuerzo reflexivo; sobre la variedad primitiva de las razas han fundado la unidad necesaria para la vida nacional; han simplificado el problema puramente social y están en el problema económico, estación a que sólo se llega después de una marcha de siglos, y en alas de un progreso constante. Pero ¿han llegado al punto culminante en que se encuentran sin pasar por las estaciones intermedias, sin luchar y reluchar, sin caer y recaer? ¿Han tenido siempre España, Francia y Austria, la primera 92, la segunda 222 y la tercera 172 almas por milla cuadrada como hoy tienen? ¿Han tenido siempre la misma unidad etnográfica? No, porque no podían, porque toda su historia, como la de todo pueblo, no ha sido otra cosa que ocupación del espacio, utilización de sus fuerzas, dirección de sus medios a la mejor vida de la especie humana, y modificación, asimilación, unificación y, en una palabra, civilización del hombre. Para que éste realice ese trabajo complejo, penoso e inevitable, necesita tiempo, necesita siglos. Europa los ha tenido, América, no: ¿cómo, faltando a ésta ese elemento imprescindible, ha de haber realizado lo que aquélla?

Harto ha hecho, y tal vez ha hecho más de lo que debía esperarse.

Hay para ello una razón que le ha sido favorable   [p. 215]   y adversa a un mismo tiempo: Colombia (América meridional) ha llegado a la vida de la historia en el momento mismo en que el progreso humano, queriendo y debiendo dilatarse, rompía todas las ligaduras que le estacionaban en una zona circunscrita. América en un solo momento recibió toda la vida de los pueblos viejos, todas las ideas formadas y todas las aspiraciones por formarse de los siglos. Sociedad naciente, hasta entonces contenida, se abrió anhelosamente la irrupción. El esfuerzo, por demasiado expansivo, le hizo daño. Querer de un solo impulso pasar de la infancia la juventud, es quebrantar con peligro las leyes de la vida. El niño o el pueblo-infante que no muere al quebrantarlas, con sólo no morir, anuncia una existencia poderosa.

Más que la ignorancia, la malevolencia ha dicho, comparando la América del Sud con la del Norte:

«¿Cómo es que ésta ha hecho lo que aquélla no ha podido?» Por una razón tan espontánea, que sale al encuentro de todo el que examina esa disparidad fenomenal entre las sociedades latinas y sajonas del Nuevo Continente: porque la antigua colonia inglesa ha vivido con vida completa desde que nació; porque no sólo no ha sufrido repentinamente el choque de un progreso superior, sino que fue por sí misma un adelanto, la transmigración de un ideal proscripto desde Egipto hacia su tierra prometida...

Hecha abstracción del carácter absolutamente diferente   [p. 216]   que distingue a las colonizaciones por el trabajo de las colonizaciones por aniquilación y la conquista, ¿qué hubo de común entre las colonias españolas y la colonia inglesa que hiciera idénticos los resultados obtenidos en la una y en las otras?

¿Ocuparon los puritanos el inmenso espacio que se ofrecía a su actividad? No: más sabios (como guiados por el interés individual) que los conquistadores españoles, se situaron a orillas del Atlántico, y sólo cuando lo hubieron poseído por completo, es decir, cuando el territorio que ocupaban estaba perfectamente dominado por el hombre, sólo entonces se movieron, irradiaron de su foco de población a los extremos, al interior, al mediodía. Dotados por índole de raza de una fuerza de absorción poderosísima en vez de imitar a la raza ibérica, que estaba intentando asimilarse la población que había dominado, se aisló de todo contacto, rechazó toda mezcla, destruyó todo elemento etnográfico no afine, y simplificó de este modo el problema más penoso. No dando un paso sino cuando estaba segura de no tropezar y no caer, la colonia inglesa se poseía a sí misma, territorial, social, política y económicamente, cuando se emancipó. Lo demás, las maravillas, únicas en la historia, que ha dado en espectáculo al universo atónito, no han sido más que consecuencias naturales de aquel principio. La colonia era un pueblo, un verdadero pueblo: ¿es prodigioso   [p. 217]   que, Estados soberanos luego, hayan seguido siendo lo que eran en germen y en principio desde el siglo XVII?

Los aduladores del éxito se pasmarán cuanto quieran, y como siempre, no sabiendo alabar lo laudable sin buscar una desgracia en que indemnizarse del placer envidioso que lo más perfecto produce en sus ánimos, convertirán los ojos a las repúblicas colombianas, y un espectáculo distinto, tan mal comprendido como el otro, les inspirará torpes diatribas contra aquellos pueblos.

Que esas diatribas son injustas, hemos querido demostrarlo comparando el desenvolvimiento progresivo de las sociedades europeas y americanas: que son hijas de la ignorancia, es inútil probarlo. Los que así difaman a pueblos que de tal modo luchan por constituirse, que han llegado a su soberanía por esfuerzos prodigiosos, que han realizado en una convulsión transformaciones sociales y políticas en que pueblos formados han invertido siglos, los que así difaman una tarea de titanes, ya lo hemos dicho, merecen el desdén con que se paga toda adulación, porque son los aduladores de la fortuna.

Para nosotros, que creemos firmemente en el glorioso porvenir que espera el Nuevo Mundo, lo que sucede en las repúblicas de origen latino es seguridad de la esperanza que tiene el progreso humano en aquel futuro escenario de sus glorias.

  [p. 218]  

Un fin capital tiene América que cumplir: la unidad de la civilización cosmopolita. Fines parciales, pero necesarios, son la unidad de las razas y la unidad política. Esto lo hace, lo está haciendo la América del Norte: lo otro debe realizarlo la América del Sud.

Obsérveselas desde este punto de vista, y las sociedades que inspiraron desconsuelo, inspirarán asombro.

Desde México hasta las pampas, no hay uno solo de los pueblos neo-latinos que haya faltado a su destino, que no cumpla gloriosamente su tarea de fusión. Gracias a ella, gracias a los esfuerzos de esas sociedades, la raza detenida en su obra de civilización por otra civilización más poderosa, tomará su parte en la vida de la historia y será puesta en aptitud de dar al progreso universal los elementos propios, privativos de ella.

México, Perú, Chile y los pueblos de las orillas del Plata han producido ya, merced al trabajo de asimilación, caracteres etnográficos completamente desconocidos en la historia: el Paraguay ha creado, por la mezcla, una de las razas mixtas más poderosas: Nueva-Granada, Ecuador y Venezuela han multiplicado las razas, produciendo caracteres tan interesantes como los que en el capítulo V de su libro describe profunda y pintorescamente José María Samper.   [p. 219]  

Si, como aseguran los etnógrafos, la aptitud de las razas para la civilización y el progreso está en razón directa de sus cruzamientos y sus mezclas, — porque este no es trabajo de descomposición sino de recomposición, de formación de una en lo mejor de varias — el destino de la América Meridional se realizará con beneficio de la humanidad.

Esperemos, pues, y en vez de juzgar con indigna ligereza, contemplemos con veneración la ardua tarea de aquellos pueblos.

Barcelona, 1867.

  [p. 223]  

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