Hostos, Eugenio María de / Meditando (1909)
GUILLERMO MATTA
[Chapter]
TENEMOS sobre la influencia de la poesía y de la literatura en la imaginación y en el carácter de los latino-americanos, una opinión que importa resumir en dos palabras.
Opinamos que un pueblo de tanta imaginación como el nuestro, y sociedades de carácter tan inseguro todavía como las nuestras en toda la América latina, pierden de razón lo que ganan en fantasía, y disipan de sustancia o fondo lo que invierten en forma, con la casi exclusiva educación poética y literaria que reciben.
Tales cuales son hasta hoy, ni la poesía ni la literatura son educadoras; el gusto literario y la delicadeza sensitiva que desarrollan, buenos y convenientes en sí mismos como son, cuando sirven de complemento a una concienzuda educación de la razón, sirven de obstáculos a ésta cuando la antecede [p. 176] y la subyuga o la sucede bruscamente el culto de las formas.
Este culto, tempranamente desarrollado por la poesía y las bellas letras, antecede al cultivo de la razón, que debe preceder a todo y a toda educación. Subyuga a la razón, que debe dominar en todo individuo racional. Sucede a la razón cuyas operaciones esenciales se debilitan mucho antes que debieran, mientras que otras operaciones secundarias subsisten con inútil vigor y viveza peligrosa.
Todo esto acontece por un motivo natural; porque se subordina lo esencial a lo secundario, en vez de subordinarse lo secundario a lo esencial. Es (valga el ejemplo que nos amenaza), como si para poner en posesión de su destino a un pueblo dependiente, se le propusiera el pensamiento de su independencia, al dejar de verlo brillar con la luz prestada de otro pueblo poderoso. Habría tal vez un poder más, no un pueblo más. Teniendo las ideas que tenemos sobre la funesta inclinación de nuestras sociedades latino-americanas por la literatura y la poesía, nada tiene de singular que, estimando concienzudamente a los poetas y a los literatos de la América latina, olvidemos mucho más fácilmente sus nombres y méritos brillantes, que méritos y nombres más silenciosos.
Así, cuando a poco de llegar a la Capital de Chile visitamos al eminente jefe del partido Radical, el [p. 177] Señor Manuel Antonio Matta, y éste nos invitó a pasar al gabinete de estudio de su hermano Guillermo, nos fue necesario esforzar la memoria para saber claramente a quien íbamos a ver.
I
Íbamos a ver a uno de los hombres más delicados en sus maneras, más afables en su trato, más imponentes en su agradable figura.
Se nos presentó tal cual es y como siempre la hemos visto: un alma sana en un cuerpo sano; aspecto eminentemente atractivo y carácter eminentemente definido.
Es hombre suficientemente fuerte para necesitar de ardides que disimulen pasiones malvadas que ni tiene ni concibe, y como no tiene pliegues ni repliegues y se muestra francamente como es, como complace ver que es, desde el primer momento inspira interés afectuoso. Cuanto más se le conoce, más se le estima, porque se ve mejor cuán sólida base tienen las calidades exteriores.
La juventud lo idolatra, y aun cuando para merecer el entusiasmo cariñoso que inspira, no tuviera otro derecho que el de su incansable bondad con los [p. 178] jóvenes, y el constante esfuerzo en que vive por encaminarlos, con el ejemplo y el consejo, a todo lo que es digno, patriótico y honrado, sería bien adquirida su popularidad entre los jóvenes.
No es viejo, pero ha sido más joven de lo que es, y ha aprendido en la experiencia de sus años juveniles a perdonar pecados de sensibilidad, a imaginación de que, en la primera y en la segunda edad de la vida, dicen que no es todavía responsable la conciencia. No corrige, modera. No amonesta, persuade. No frunce el ceño para imponer, dilata los labios para sonreír; y jóvenes y adolescentes acuden a él como a la fuente viva de las inspiraciones de lo bueno. Muchas veces lo he escuchado en el espacioso gabinete de estudio en que hospeda y hermana las letras y las artes con las ciencias sociales y políticas, rodeado de jovenzuelos vivaces que, sin darse cuenta del sentimiento que experimentaban, se manifestaban asombrados del respeto que tenía por aquel hombre a quien con tanta familiaridad y con tan ingenuo abandono hacían confidente de sus cuitas, como partícipe de alegrías y descontentos, cooperador necesario de todas sus empresas literarias, políticas o científicas. Entraban los unos a pedir una recomendación; los otros a hacer una consulta; éste a sentarse, moverlo, sonreírle y levantarse; aquél a ostentar ante los otros un grado mayor de familiaridad; esotro a recibir inesperadamente y envuelta en una chanza [p. 179] cariñosa una paternal reconvención; todos a confortarse en la consigna viril que a todos daba. Salían tan orgullosos de su amigo y de sí mismos los adolescentes, que apenaba el discordar de él en algún punto del sistema que empleaba para guiar a la juventud. Guiábala y sigue guiándola hacia el bien, hacia la libertad, hacia el patriotismo reflexivo, hacia el libre pensamiento, hacia la verdad científica predicada por la poesía y por el arte, hacia la tolerancia de que es modelo viviente y sonriente. ¿Qué más se le puede exigir? Va con ella a la amena sociedad y le enseña prácticamente a respetar cariñosamente a la mujer, y a tratarla con reverente familiaridad. Va con ella al casino, y le llena de libros los estantes vacíos, y le enseña a respetar a los ausentes y a discutir sin disputar con los presentes. Va con ella a las sociedades benéficas de bomberos, y le da ejemplos de solicitud, para los bienes del extraño. Va con ella a las asociaciones de instrucción, y es el primero en predicar o aceptar innovaciones, coeficientes del progreso. Va con ella a todas partes, y en todas partes es el mismo benévolo guía, el mismo estímulo incesante de lo bueno, el mismo risueño amigo de la generación que sonríe el porvenir. ¿Qué sistema mejor puede exigírsele?
[p. 180]II
Este amigo de la juventud es también, como todos los que tienen ojos para ver el porvenir, amigo de la mujer.
Quiere para ella lo que deseamos cuantos tenemos por perfecto el mundo en que tan monstruosas desigualdades han creado los errores del pasado y los vicios del presente. La considera, antes que todo, como ser racional y pide para ella la educación racional que se debe a todos los seres de su especie. Sabe cuán fecunda influencia ejerce en las relaciones humanas y en la obra común de la civilización el sexo amable, y pide para él la educación científica que, emancipando del error a la mujer, le restituya los medios necesarios de influir en el progreso y en el perfeccionamiento de la vida humana.
En este punto como en el otro, prefiere la propaganda ejempla intimar a la didáctica. El estrado, las reuniones amenas de ambos sexos, la conversación íntima, su constante disposición a secundar toda tendencia de una idea a realizarse, le sirven para divulgar sencilla, ingenua, fluentemente, el principio a que se somete. La dignísima señorita Barros se atreve a pensar con Stuart Mill, y antepone a su traducción [p. 181] de la Esclavitud de la mujer un prólogo escrito con inesperada firmeza y con viva lucidez: Guillermo Matta la aplaude, la elogia, la celebra y opone a la vulgaridad escandalizada un entusiasmo razonado. Revela la respetable señora de Undurraga una generosa libertad de pensamiento en el discurso con que sostiene la tesis de la educación científica de la mujer, desarrollada en dos discursos de su propagandista, y Guillermo Matta aprueba con el calor que tiene para el bien. Se decide la muy estimada poetisa señora Orrego de Uribe, a publicar una Revista literaria, y el gran poeta colabora inmediatamente en la Revista. La amable señorita Donoso revela en una copia que hace de un cuadro de Rafael, aptitudes notorias para el arte, y el concienzudo admirador del arte la estimula.
III
Una facultad tan activa de percibir lo bueno, unida a un sentimiento arraigado de lo bello, no podía dejar de manifestarse lógicamente en las relaciones del hombre, así dotado, con su patria; y Matta ha sido, es y será siempre un excelente patriota. Lo fue con los últimos períodos revolucionarios de Chile, y estuvo [p. 182] como sigue, al lado del partido radical. La patria necesitó, en las incertidumbres de la guerra del Pacífico, una voz que repitiera los acentos ya olvidadas de los grandes días de la independencia y él, alternativamente tribuno y poeta, agitó con la voz de los grandes días el espíritu de sus compatriotas. La patria ha necesitado, en el largo día de trabajo a que se ha consagrado, un cantor del progreso pacífico, de la industria civilizadora, del arte libertador, y él ha cantado con varonil entusiasmo la paz por el progreso, la civilización por el trabajo, la libertad moral por el arte.
Sin entusiasmo por las luchas personales de la política al por menor, pero entusiasta de la libertad y de los grandes problemas sociales y políticos de que ella es solidaria, ha sido varias veces diputado, y siempre han estado su palabra y su voto en favor de la reforma.
La invasión de México planteó un problema de vida continental americano, y Guillermo Matta levantó la voz. Cuba está suscitando el más grave y el menos comprendido de los problemas continentales del Nuevo Mundo, y el noble poeta es uno de los fieles a la idea, uno de los previsores entusiastas, uno de los lógicos que quieren lo que deben.
El problema de ayer, de hoy y de mañana en toda la América latina es la unidad de acción, la comunidad de vida internacional en los pueblos y gobiernos [p. 183] latino-americanos, y el tribuno y el poeta han aclamado con incansable fe la unión latino-americana.
IV
Pero hay una faz de su carácter, la que constituye su generosidad poética, que resume en una serie de esfuerzos intelectuales, en su obra práctica de estos últimos tiempos, todo el hombre con todo su carácter.
En todas las secciones latino-americanas, en Chile mismo, en su mismo hogar, en su propio hermano, el nobilísimo Manuel Antonio Matta, tiene Guillermo competidores eminentes de las varias aptitudes que hasta ahora hemos presentado como determinantes de las grandes cualidades que definen y enaltecen su carácter; pero en lo que no tiene competidores es en la tendencia que ha dado a la poesía, en el arte sincero con que la ha aplicado a las necesidades culminantes de su patria, al triunfo del espíritu nuevo, a la emancipación de la razón, al aumento de horizontes para el pensamiento humano.
Desde Gœthe hasta Leopardi, desde Byron hasta Hugo, casi todos los reformadores de la poética contemporánea han intentado la reforma racionalizando [p. 184] la poesía, incluyendo en la idealidad indefinida elementos de realidad probada, subordinando las intemperancias más insensatas de la fantasía a algún objetivo positivo, dando a la expresión de afectos exclusivamente individuales algún motivo de razón que los ligara al movimiento y a la manifestación de los afectos comunes de la humanidad.
En esa tentativa de reforma (todavía rudimental), la naturaleza ha dejado de ser estrella misteriosa, flor hedionda u olorosa, espina, arroyo, casta luna, mar furiosa etc., para ser lo que es en realidad: un conjunto de fenómenos que, como afectan con su continuidad a las facultades que indagan la verdad, operan con sus armonías y discordancias sobre las facultades que se deleitan en lo bello.
En esa tentativa de reforma poética, la humanidad ha dejado de ser un nombre genérico para ser la razón inmanente y permanente de todos los esfuerzos, orgánicos o mentales, en pro de la realización de los fines del ser humano en el planeta.
En esa tentativa el fin religioso ha dejado de ser el sentimiento enfermo de terror, una vez indiferente, fanático otra vez, ora supersticioso, ora cínico, para ser la expresión de aquella latente relación trascendental que casi todas las naturalezas poéticas patentizan más o menos fervientemente.
En esa tentativa, la libertad ha dejado de ser aquella descabellada plañidera que iba perpetuamente [p. 185] clamoreando su dolor tras el carro de algún pueblo asesinado por la tiranía, para ser la imponente personificación de la razón humana, que no llora al asesinado porque no está muerto, sino que lo vivifica con su luz y con su aliento, lo vigoriza con su savia, lo estimula con su aplauso y lo enseña a enterrar a quien quería enterrarlo.
En suma, esa tentativa ha correspondido en la poesía a la evolución intelectual y moral de nuestros tiempos, y vacilante como ella, contrasta con la poesía tradicional que tantos secuaces tiene todavía.
Pero si por corresponder a un movimiento universal del pensamiento humano, la tendencia poética de Guillermo Matta no es en sí misma original, lo es en su modo y en su objeto. El gran poeta chileno se ha propuesto utilizar el más persuasivo de todos los instrumentos intelectuales, el sentimiento, iniciándolo por medio de la forma, del ritmo, de la rima, del contraste de la armonía, en la verdad demostrada o demostrable, en el amor de la ciencia que puede demostrarla o la demuestra, en la adoración de la justicia que es como el imperativo de la verdad, en la reverencia del trabajo, la industria, el progreso, la civilización y de cuantas formas tiene en nuestro tiempo el ideal de la existencia humana.
Hacer esto y exclusivamente esto; no salirse jamás de esa esfera de actividad poética; ser a cada nuevo [p. 186] paso más completo y más decisivo en la reforma; hallar en cada motivo de afectividad individual un molde adecuado a la idea que persigue; encontrar en cada movimiento de la sociedad que contribuye a mejorar un motivo para hacerla reflexionar sobre su movimiento, y hacer todo esto con la mayor sencillez, la más contentadiza indiferencia por la crítica pueril impertinente, —es a la vez que ser un poeta digno del nuevo mundo moral e intelectual que incuba en nuestro mundo material, un patriota, un propagandista de la verdad, y todo eso y más que todo eso, es ser un hombre que tiene un fin en su vida y lo realiza. Feliz él.
He aquí una de sus más hermosas poesías:
EN LAS MONTAÑAS
I
¡Completa soledad! Lejos del mundo,
En tu seno magnífico y fecundo
Madre naturaleza, se alboroza
El espíritu, y ansias de infinito,
Ansias de eterno a tu contacto goza.
¿No eres tú la que horadas el granito,
[p. 187] ¡Oh madre! y la que tomas en tus brazos
Selvas, nidos, torrentes,
Suaves orillas, ásperos ribazos;
Y entre plantas nacientes
Bulles con las aladas mariposas
Y vuelas con los tímidos jilgueros,
Flores que enredan animadas rosas,
Cantos que ligan ecos hechiceros?II
¿No eres tú la que cruzas por ignotas
Sendas, el curvo valle, el campo extenso;
La que en el trigo, rubia espiga brotas,
Y sahumas las flores con tu incienso?
¿No eres tú la que en límpidos rocíos
Evaporas las nubes,
Y eres hoja en los árboles sombríos,
Y en el cóndor audaz, ala en que subes?
¡Tú estás en todas partes, por do quiera
Mis oídos te escuchan
Y mis ojos te ven, madre altanera,
En el viento y las ráfagas que luchan,
En la luz que en las cumbres reverbera
Y en el vuelo pujante
Del cóndor que, cerniéndose arrogante,
Vence y ocupa la anchurosa esfera!
Naturaleza augusta,
Tú eres la ciencia, tú eres el arcano
Que atrae o tienta al pensamiento humano;
Misterio en faz adusta
Que la razón admira y no comprende;
¡Inmensidad divina que no asusta,
Inmensidad grandiosa que no ofende!III
Vosotras como grandes pensamientos
De agitado cerebro, habéis surgido
Del choque de contrarios elementos.
¡Montañas: en vosotras ha nacido
El hombre, y por declives y hondonadas.
Por mesetas y vastas soledades,
Con la mente escrutando las edades,
Tendió hacia el Universo sus miradas;
Sintió en las altas cumbres
El trueno de siniestras tempestades
Relampagueando en cárdenas vislumbres;
Y él, sereno, impasible,
Vio en las profundidades
Lo augusto, ese esplendor de lo invisible!IV
¡Misteriosos arcanos!
¿En qué tiempo, esos valles, estos montes,
Emergieron de líquidos océanos?
¿En qué otros horizontes
Brillaron esos astros? ¿Qué colinas
Y qué árboles gigantes
Dieron sombra a las aves peregrinas,
Dieron paso a los búfalos errantes?
Una esencia de plantas ignoradas,
De inefables aromas,
Llega aquí en vaporosas bocanadas:
[p. 189] Flores ignotas, perfumadas gomas,
Azuladas neblinas de las lomas,
¿Qué traéis de esas épocas pasadas?
El alma de los siglos se respira
En esa brisa gárrula y suave
Que entre celajes con las nieblas gira,
Y es voz muda este acento
Que explicarse no sabe
El hombre, y como extraño monumento,
Petrificado en estas rocas mira.
¡En donde quiera, creación portento,
Inagotable savia te fecunda;
Nueva vida en sus círculos te inspira,
Te hincha de fuerzas y de amor te inunda!V
¡Monumentales páginas de historia
Semejan estas rocas! ¡Han dejado
Impresa en esta biblia, su memoria
Los siglos del pasado!
Allí en esa corteza, en esa grama,
En ese arbusto que se encorva al lado;
En el volcán que inflama
El fuego, estremeciendo las alturas,
Y que refleja en púrpuras su llama
Por bosques y llanuras;
En todas partes veo
La mano de los siglos poderosa,
Patente en los collados y espesuras...
Naturaleza escribe, no reposa;
Y en roca, árbol y flor, su historia leo.VI
¿Y qué es, ante esa vida, eterna vida,
La nuestra, esta existencia pasajera,
Por fatales deseos combatida,
Flor de la tumba y que la tumba espera?
¡Iris de blanca espuma,
Niebla suelta en los valles esparcida,
Luz muerta entre pliegues de la bruma!
Pero ¡ah! como vosotros admirables
Mundos remotos, estupendos soles;
Pero ¡ah! como vosotros inefables
Seres, que nutre en su alma prodigiosa
Madre naturaleza,
El hombre vive y crece,
Con vuestro amor su educación empieza,
Y su alma, estrella opaca y misteriosa,
Se ampara en esas leyes inmutables,
Y a ellas, como vosotras, obedece.
¿Qué es lo que muere? ¡Nada!
Es flor nueva ese germen que perece.
¿Qué es la muerte? ¡La vida transformada!VII
¡Regocíjate espíritu! Conciencia
Del hombre, que meditas en la ciencia,
Disipa tus temores;
Si es un arcano el fin de la existencia,
No lo obscurezcan pérfidos errores.
[p. 191] ¡Abra la inteligencia
Los ojos de la mente, y penetrando
En ti, naturaleza creadora,
Verdad siempre anhelando,
Suba a las cumbres para hallar la aurora!
De crédulas visiones,
De necias ilusiones
Aleja la pupila indagadora;
Estudia, piensa, observa
Dogmas, principios, causas, relaciones;
Emancipa a la idea redentora,
Despedaza sus vínculos de sierva;
¡Y hazte, razón, sublime con las grandes
Montañas que hoy visitas!...
¡Saluda a las regiones infinitas,
Espíritu, hazte cima con los Andes!
Nueva York, 1874.
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