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Ibero-American Electronic Text Series

Alonso, Manuel A. / El Jíbaro (1949)

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ESCENA XIV

UN DESENGAÑO

I

En un lugar de mi patria de cuyo nombre me acuerdo, mas no lo quiero decir, vivían doscompadres, entre los cuales mediaban, además del parentesco espiritual, las más íntimasrelaciones de amistad: mercader el uno, y labrador el otro, habían logrado con su trabajollegar a la clase de personas notables de la población; en la tienda del primero se reunía elJuez, el Sr. Cura, el Comandante, el Médico; en una palabra, lo principal del pueblo, yhablaban cada noche un par de horas, cuando no venían a impedirlo algún expediente,administración de sacramentos, asuntos del servicio, enfermo, o cosa de este jaez, o cuando lainteligencia cordial de las potencias no estaba interrumpida; cosa no muy difícil, y en ciertasocasiones muy frecuente.

Casados hacía algunos años con dos hermanas, tenían los compadres su traviesa prole, queno era numerosa, pues que no pasaban de dos los hijos de cada uno. Acercábanse estos a laedad en que era preciso comenzara su enseñanza, y los padres habían discutido más de unavez sobre este punto, el único quizás en que nunca pudieron convenir. Decía el mercader quea los muchachos era preciso hacerles estudiar, y darles una carrera que les pusiera al abrigode los reveses de la fortuna, tal como la Jurisprudencia o la Medicina; y pretendía el labrador,que un padre no debía enseñar a su hijo más de lo que él mismo sabía, porque si con aquellosconocimientos pudo el primero reunir un capital, bastaban al segundo para conservarlo. En prueba de lo acertado de opiniones tan diversas alegaba cada uno por su parte infinidadde razones, y no siempre lo hicieron con la calma necesaria para no llegar a punto de agriarsey romper una intimidad útil a entrambos. Una noche, en que se   [p. 92]   reunieron las personas decostumbre en la tienda del mercader, recayó la conversación sobre una escuela nuevamenteabierta en el pueblo; y de aquí tomaron hincapié los compadres para atacarse mutuamente conla esperanza de convencerse. Eligieron por juez al Sr. Cura, por testigos a los demás, ycomenzó el mercader de este modo:

--Yo, señores, tengo dos hijos, que quisiera, como es natural, que fueran un modelo dehonradez y saber, y quisiera además que vivieran siempre felices: para lograr esto noperdonare sacrificio, por costoso que me sea; y como pienso que de ningún modo llegare aalcanzarlo sino dándoles toda la instrucción necesaria para hacer de ellos: unos hombres decarrera, quiero empezar por enviarlos a la escuela, con la firme resolución de no parar desdeahora hasta que el mayorcito sea abogado y el otro médico. Tal es mi intención, que creo muyrecta y no dudo que merecerá el voto de ustedes.

Entre las muchas razones que me han decidido a seguir este camino, es la principal laseguridad que tengo de que dando a mis hijos una carrera, les pongo a cubierto de lasdesgracias que puedan ocurrir a todo el que vive con la renta de un patrimonio expuestosiempre a perderse. Satisface también mi orgullo de padre la idea de que mis hijos lleguen undía a ocupar un puesto en la sociedad, que la modesta instrucción de sus antepasados no lespermitía ambicionar: en efecto, ¿qué hay más grato para un pobre anciano que oír por todaspartes elogios del saber de sus hijos, ver que se les cuenta en el número de las personasilustradas, y encontrar una madre que debe a uno de ellos la vida de su hijo o a un inocentea quien salvó el otro de un severo e inmerecido castigo? Bien cerca tenemos al hijo de nuestrovecino D. Antonio: que diga este que está presente, sino se le caía la baba el día que le vio llegarde la Península, después de diez años de ausencia, hecho todo un hombre, y con toda su cienciay sus barbas tan cariñoso y tan complaciente con su padre; que diga lo que experimentó el díaque fuimos juntos a la Audiencia a oír cómo se explicaba el nuevo abogado: me parece que loestoy viendo amarillo como la cera y saliéndosele el corazón por la boca, hasta que el fuego delorador y la admiración del publico y de los mismos jueces le convencieron de que su hijoestaba hacienda una brillante defensa. Que diga que diga por cuanto no hubiera cambiado losmomentos en que desde   [p. 93]   su rincón oía las felicitaciones dirigidas a su hijo, y sobretodo aquelen que pudo estrecharle contra su pecho vertiendo lágrimas de puro gozo. ¡Ah! por unmomento como aquel sacrificaría yo la mitad de mi vida; inútil es querer disuadirme de mipropósito. cuanto se me diga no hará más que afirmarme más y más en él: no comprendo cómomi compadre no se hace cargo de estas reflexiones, y encuentra salidas que apreciarán ustedesen lo poquísimo que valen.

--Cualquiera que oiga a mi compadre, dijo el labrador, creerá que sólo por espíritu deoposición o por falta de cariño a mis hijos, me opongo a su modo de pensar; pero no es así,como verán ustedes por lo que voy a decirles.

Mi padre, que en esto era de mi mismo parecer, contestaba cuando yo le pedía que meenviase a la escuela con los hijos de sus amigos: Zapatero, a tus zapatos, queriendo darnos aentender que los labradores debíamos aprender a trabajar la tierra, y no otras cosas que nosdistrajesen de aquel ejercicio útil, aunque penoso. Jamás fui a la escuela, aprendí a leer y afirmar con un vecino nuestro los domingos después de volver de misa, y los días no festivos lospasaba en el campo con los peones: mis juegos, después de concluido el trabajo, eran siempreinocentes y sin otra compañía que la de los muchachos que se criaban en casa; e tayta sedivertía mirándonos retozar en el batey, y gozaba al ver me crecer tan robusto y trabajador.

De esta suerte llegué a hombre, teniendo gran cariño a mi pueblo, porque ni sabía, ni meimportaba saber lo que pasaba en los demás; siendo muy obediente a mi padre, porque nuncaconocí otra ley que su voluntad, y sabiendo después conservar un capital que un señoritoeducado de otra suerte hubiera malbaratado el poco tiempo; sin haber impedido mi falta deinstrucción el que haya cumplido con varios cargos, como el de regidor, que ahora desempeñoa satisfacción de todo el pueblo.

--¿Qué hubiera sucedido si mi padre me hubiera hecho estudiar para médico abogado?Que si no hubiera tenido pleitos o enfermos, lo que muchas veces sucede, por más que se sepa,me hubiera ido comiendo mi caudal, y sabe Dios cómo me encontraría ahora. Verdad es queno se poner bien un escrito, que si tuviera que hablar al General o al Obispo, lo haría muy mal,porque en   [p. 94]   mi vida las he visto más gordas; pero en cambio se trabajar, y entiendo lo bastantepara gobernar mi casa.

No me vengan con muchachos que a los doce años saben más que su padre a los cincuenta,que explican en un momento cómo está toda la tierra, y que hablan también como unpredicador; pregúntenles ustedes si saben de que clase es el terreno de su estancia; qué hay quehacer para sembrar y cosechar una tala, y miren si sus manos de mujer podrán nunca manejarla reja del arado. Frescos estaríamos si los labradores fueran de esa clase de señores; no hayduda que ayunaríamos todo el año. Nada, nada, yo quiero que mis hijos sigan el mismo caminoque yo, que aprendan a trabajar, que el oficio de caballero es mucho más fácil, y que no se ríande mi porque sepan más de lo que yo alcanzo.

Díganme ustedes si después de haberme escuchado se ha desvanecido toda aquella tramoyade mi compadre, que no parece estar satisfecho, pues que le veo sonreír. Vamos, señor Cura,¿cuál de los dos tiene razón? Aguardo con impaciencia el que usted hable para ver cómoconvence a ese hombre, que tiene la cabeza más dura que un granadillo.95

--Señores, dijo el Sacerdote, a mi entender los dos están animados del mejor deseo, en losdos se conoce el cuidado de un buen padre por el porvenir de sus hijos, y no puedo menos quefelicitar a entrambos por ese anhelo santo y noble que manifiestan; sin embargo, esperoaprovecharan algunas observaciones que les haré en obsequio de esos mismos hijos que tantoaman, y en cumplimiento de un deber que me impone mi carácter de guía y pastor de misfeligreses: observaciones que son el fruto de la experiencia de no pocos años empleados enpredicar el Evangelio en diversas regiones de la tierra y de algunos estudios hechos con el finde ser útil a mi rebaño.

Ante todo he notado que al hablar de la felicidad, decía el uno que consistía en el mayorgrado de instrucción, y el otro en no tener más de la que recibieron nuestros padres; esto noes exacto en ninguna manera, pues todos los días vemos en las dos clases hombres muydesgraciados, al lado de otros que se creen muy dichosos. La tranquilidad de la conciencia esla única dicha de esta vida, el hombre que puede acostarse por la noche diciendo: "En todo eldía no he hecho nada de que deba avergonzarme   [p. 95]   ante los ojos de Dios, que están ahora fijossobre mi", aquel es el hombre feliz, y como esto nos lo ensena el Evangelio, es preciso ante todoconocer sus preceptos, siempre sublimes, siempre divinos, siempre en armonía con nuestro ser:de aquí la necesidad de una buena educación moral que sirva de base a todas las demás;mientras se olvide ésta, puede un hombre ser rico, sabio, poderoso; pero nunca feliz.

»Debe no descuidarse tampoco la educación física, que da a nuestro cuerpo el vigornecesario a la práctica de las virtudes, y que alargando nuestra existencia, alarga también eltiempo que podemos emplear enhonra de Dios y ayuda de nuestros semejantes; un almagrande no puede a veces mostrarse tal por la flaqueza del cuerpo. ¿Cómo podría la religiónextenderse desde los hielos del polo hasta el fuego de los trópicos sin hombres llenos de fe y almismo tiempo capaces de resistir al rigor de tan opuestos climas? Pero dejemos estas dos clasesde educación, de que nada han dicho los señores, y pasemos a la intelectual, que parece ser sucaballo de batalla, y tampoco han sido mis amigos muy exactos al apreciarla, pues que el unola rechaza completamente, y el otro la reduce a los estrechos límites de las carreras científicas;examinemos las razones de uno y otro por el mismo orden en que las han expuesto.

»Resalta en lo dicho por el primero el error trascendental de querer imponer a dos niñosque apenas tienen uso de razón la pesadísima carga de una profesión elegida por su padreantes de la época en que pudieran ellos inclinarse a alguna que fuese de su gusto; error muygrave, que inutilizaría las mejores disposiciones que quizá tengan para otros ramos del saber,y que haría un médico o un abogado medianos cuando más, del que debió ser un granagricultor o ingeniero. Dese a un niño la enseñanza primaria y mientras la recibe observenseatenta y cuidadosamente sus acciones, marquense bien los rasgos de su carácter, y no tardaráen conocerse su inclinación. A esto puede arguírse, que no todos los padres tienen lapenetración y conocimientos necesarios para hacer este delicado examen: enhorabuena; pero¿acaso falta a quien consultar en este caso? ¿No hay un cura en la población que repita laspalabras del Redentor, Dejad que los niños se acerquen a mi? Y ¿acercándose estos para oírde boca del pastor la doctrina del divino Maestro, podrán ocultar por mucho tiempo susnacientes virtudes o flaquezas al que emplea   [p. 96]   su vida en alentar las primeras y corregirperdonando las segundas? Consúltese a un amigo en quien se reconozca superioridad, masnunca se imponga, a costa de penosos sacrificios, un deber a aquel que no pudo aceptarlo. Lacelebridad no se adquiere por el rango de la profesión, sino por la altura a que llega el hombreen cualquiera de ellas: el nombre de algunos modestos artesanos ha pasado a la posteridad,mientras ha perecido, o mejor nunca vivió, el de muchos doctores y licenciados.

»Envidiable es la dicha de un padre que ve honradas sus canas con la buena reputaciónde su hijo, y hasta cierto punto sería disculpable en él el sentimiento de orgullo de que se hallaposeído si no hubiera expuesto a un extravío los talentos de ese mismo hijo que tanto lecomplace ver brillar; en una palabra: el hijo debe elegir y el padre guiar, y nada más queguiar.

»La idea de que la instrucción no debe adelantar en una familia, sino transmitirse igualde unos a otros descendientes, es fatal para los mismos, y aún más para el país; hace algunosaños que bastaba ser muy poco para vivir y hacerse rico; ¿sucederá lo mismo en adelante? Nopor cierto, y voy a demostrarlo.

»Hace treinta o cuarenta años que las necesidades eran infinitamente menores que en eldía: bastaban a un propietario una chaqueta y unos zapatos para ir completamente equipado;un vestido de sarasa96 era un vestido de baile, unos pendientes se heredaban, y una mantilladuraba toda la vida: aumentóse la población, se repartió más la propiedad, abriéronsecaminos, y todo cambió de aspecto; el hacendado que ganaba treinta y gastaba diez, se vioobligado a gastar cuarenta, y necesariamente se arruinó, o tuvo que recurrir a nuevos mediosde cultivar y elaborar los frutos de su hacienda; aquí tienen ustedes por que antes era una grancosa el tener un trapiche de tambor97 movido por bueyes, y ahora vemos en la Isla emplearsehasta el vapor en los ingenios de azúcar. Los adelantos de este ramo de la agriculturaalcanzaran en breve a todos los demás, y llegaremos a ver que se emplean para la cosecha delcafé, algodón, etcétera, medios que se comienzan ya ensayar con buen éxito: el que conozca ysepa utilizar estos medios tendrá sobre el que ignore su existencia o los crea inútiles, la ventajade obtener mejores resultados en menos tiempo y con menor trabajo; de lo cual resulta que laagricultura, en vez de se rutinaria, será, como debe ser, un ejercicio   [p. 97]   noble y que requiera suinstrucción particular.

»Ocúrrense desde luego las preguntas siguientes, ¿qué puede hacer un labrador? ¿Y dónderecibirán los jóvenes esa instrucción sin apartarlos de nuestro lado? ¿Todos los labradoresdebemos desterrar a nuestros hijos por cierto número de años, para que vuelvan después llenosde teorías y sin la costumbre del trabajo. La contestación es la siguiente: si los labradoressupieran leer tendrían afición a la lectura, y leyendo hubieran hallado el modo de salvar esosinconvenientes. No hay escuelas de agricultura en el país, es cierto: y ¿por qué no las hay?porque los labradores, contentándose con saber gobernar a su manera su casa y reduciéndosea su pueblo sin cuidarse de lo que pasa en los demás, han fomentado el egoísmo, que es lamuerte de todo progreso; porque encerrados en tan estrechos límites, no han pensado enreunirse a los comerciantes y a los industriales y artesanos para pedir al Gobierno la creaciónde establecimientos de esta clase de enseñanzas, mucho más útiles al país que la rutina, que conalgunas excepciones, es la pauta que en el se sigue todavía.

»No teman los padres que sus hijos les tengan en menos siendo más instruídos; no sedescuide la educación moral, y los conocimientos adquiridos después y fundados en ellaformarán hombres útiles a su patria, y que siempre bendigan al autor de sus días. En resumenno olvidar jamás un padre cuando piense en sus hijo estas palabras:

Educación moral.
Educación física.
Educación intelectual.
Libertad en la elección de carrera.
Igualdad de las profesiones respecto de su utilidad.
Vigilancia continúa, sobre todo en los primeros pasos de la juventud.
Firmeza y abnegación.

Señor Cura, dijo el mercader, ¡Cuánto me alegro de haber oído a usted! desde ahora mepongo en sus manos y le confío el porvenir de mis hijos.

--Pues yo, añadió el labrador, me mantengo en mis trece sin que sea ofender a nadie.

--Nada de eso; otro día veré si logro convencer a usted que por hoy harto he logrado, ycuando no, no será por culpa de mi voluntad, sino de mi poco saber.

  [p. 98]  

Despidiéronse, y cada uno se retiró a su casa, pensando en lo que había dicho el prudentesacerdote.

II

Pasaron veinte años con la rapidez que pasan en nuestra vida; la tienda del mercader noera ya un espacio reducido, con aparador mezquino, y mostrador comparable con él, comocuando la conferencia de los dos compadres y el Sr. Cura; sino un lujoso y completo depósitode toda clase de géneros, junto al cual había grandes almacenes de granos y azúcar: cincodependientes no bastaban para desempeñar el trabajo diario, y muchas veces no salían delescritorio hasta entrada la noche; un joven de veintiséis años, vestido con camisa de tina tela,pantalón blanco y chaqueta del mismo color, estaba repasando a la luz de un velón puestosobre su pupitre la factura de un cargamento, que había llegado aquel día en un buque de lacasa, y un anciano lo miraba sonriéndose de cuando en cuando, con una expresión de cariñoy complacencia imposibles de pintar, paseábase procurando hacer el menor ruido posible a finde no distraer al joven, y deteníase a veces cerca de el como aguardando a que concluyera paradecirle alguna cosa. Por último llegó éste al término de su lectura, tomo algunas notas, guardólos papeles que tenía en la mano dentro de un cajón, y se dirigió al anciano, que dándole unapalmadita en el hombro le dijo:

--Vamos, hijo: has empezado a trabajar hoy a las cinco de la mañana, y concluyes a lasocho de la noche sin haber tenido apenas tiempo de comer: eso es demasiado.

--Tanto mejor, así descanso ahora con más gusto: ¡si supiera usted el negocio que hemoshecho hoy! ¿A qué no acierta usted cuánto nos vale?

--¡Qué se yo, hijo mío! ya no me atrevo a echar cálculos de esta clase, desde que me pasóaquel chasco cuando quise pronosticar lo que nos valdría el negocio de la casa de Hamburgo.

--Efectivamente, no se equivocó usted mucho.

¡No, friolera!, contestó el anciano riendo, dije que ganaríamos seiscientos pesos, yganamos, según me habías asegurado antes, once mil; pero dejémonos de cálculos, quebastante tienes que hacer cada día, y hablemos de otra cosa. ¿Ha venido el señor Cura? porqueyo he pasado toda la tarde fuera cumpliendo con la obligación de pasearme que tú me hasimpuesto.

  [p. 99]  

--No, señor, no ha venido: y a propósito de obligaciones, ¿sabe usted, señor desobediente,que tengo que echarle un regaño? ¿cómo es que ayer se me fue usted al desembarcadero?

--Hombre, eso es muy sencillo; había que llevar un recado los que descargaban la fragatay los dependientes estaban todo ocupados; con que cogí mi sombrero y me fui paseando hastaallá.

--Muy bien, se fue usted paseando al medio día y con un sol que derretía las piedras hastala playa que hay más de un cuarto de lagua.

--Eso no me hace nada.

--Pues a mí mucho, porque es faltar a nuestros tratados, y ya sabe usted lo inflexible quesoy en este punto. ¿No tiene usted bastante trabajo en cuidar de su jardín?

--Sí, un trabajo improbo; se me antojó decir un día que me gustaban mucho las flores, y¿qué hiciste? encargar a los corresponsales que tienes en las cuatro partes del mundo un millónde plantas diversas; viene luego tu hermano, que es tan perillán como tú, y en un abrir y cerrarde ojos convierte el corral en un paraíso, donde paso dos o tres horas cada mañana tronchandoflores porque no hay ni una yerba que arrancar tal es el cuidado del jardinero.

En este momento llegó el Sr. Cura, apoyado en un grueso bastón, adminículo que le era yapreciso, pues llevaba veinte años sobre los cincuenta que tenía cuando tan buenos consejoshabía dado a los dos compadres: el mercader los siguió conforme ofreciera en aquella época,y no tuvo motivo de arrepentirse, pues los dueños de entonces eran el comerciante rico queconoce el lector, y el hacendado que había dirigido la obra del jardín. Apenas pasaron entrelos tres los cumplimientos de estilo, llegó el labrador a quien no pudieron convencer lasrazones del buen sacerdote. Venía cabizbajo, y su rostro expresaba un acerbo dolor.

--¡Ah! ¡Señor Cura! ¡Cuánto deseaba hallar a usted para que me consolara! ¡Vengo loco...creo que mi cabeza se trastorna!

--Vamos a mi casa, y allí veremos si puede dar a usted un Consejo este pobre viejo, que yapertenece más al otro que a este mundo.

--No se moleste usted, señor Cura; lo que tengo que decir no es un secreto para micompadre y mi ahijado. ¡Oh! añadió,   [p. 100]   lo que a mí me pasa no es más que un castigo del cielopor haber desoído la voz de un ministro del Altísimo. ¡Qué desgraciado soy!

¿Recuerdan ustedes, continuó dirigiéndose al señor Cura y al otro anciano, lo que paso eneste mismo lugar hace veinte años? Yo, terco e imbécil, me reí de mi compadre que dio a sushijos una enseñanza acomodada a su inclinación, y dejé a los míos en la más completaignorancia: aquellos son la envidia de todo el pueblo, y yo no recibo sino pesares, que acabaranpronto con mi vida:. mis hijos no se acompañan con personas decentes, porque dicen que todosse les den en la cara; no trabajan en el campo, alegando que se revientan y no ganan unmaravedi; al paso que nuestro vecino, el hijo de mi compadre, con quien están reñidos sinmotivo, gana cuanto quiere, sin molestarse, porque labra la tierra de un modo que ellosignoran; se entregan al juego y a otros vicios, que les enseñan sus malas compañías; cuandopretendo reprenderles, me contestan que yo tengo la culpa, porque no les enseñé a trabajar deun modo que no tuvieran que matarse; y si les digo: que imiten la conducta de mi ahijado yde su hermano, me responden que eso será cuando yo imite la de mi compadre y no crié hijostan rústicos como ellos.

Esta tarde misma he tenido en casa una escena terrible: me trajeron al menor de ellos deuna casa de juego, donde había tenido una disputa, con una grande herida en la cabeza; y elotro me dijo hecho una furia, cuando yo estaba lleno de mortal congoja: Usted responderá aDios si mi hermano muere, yo me iré de mi tierra, a servir de soldado en un país donde mematen pronto de un balazo para acabar con una vida que me es insoportable...¡Qué haré, Diosmío, qué haré! Las palabras de mi hijo, que me acusa de haber causado la desgracia y quizála muerte de su hermano, me desgarran el alma. ¿A quién acudir en tal conflicto?

--A la religión, que cura todos los males del alma, dijo el sacerdote con acento sublime.Voy a mi casa y dentro de una hora estaré en la de usted. ¿Encontraré allí a su hijo mayor?

--Sí, señor; porque no se mueve del lado del herido, y llora y se desespera tanto como yo.

--Bien, iré; y con la ayuda de Dios daré otra dirección a las inclinaciones de aquellas almasexcelentes aunque algo viciadas.

--¡Ojalá no sea demasiado tarde! exclamó el padre infeliz y cayó desmayado en una silla.

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