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Ibero-American Electronic Text Series

Alonso, Manuel A. / El Jíbaro (1949)

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ESCENA XII

AGUINALDOS

Te equivocas, querido lector, si piensas que voy a decirte el origen de la palabra que sirvede título a esta escena, el de la costumbre que ella significa en nuestro idioma, y otras milzarandajas, que tendrías derecho a pedir que te dijese, y que yo no quiero que por mi sepas,si es que las ignoras; y esto lo hago por la ley de compensación. Me argüirás que no existe talley al quitarte yo una cosa que no puedes quitarme tú, cierto es; pero así como el médico hiereen el brazo para disminuir la sangre del pulmón así yo te doy de menos en este artículo lo quetú deseas saber, en cambio de lo que hallaras de más en otros, y que maldito lo que te importa,si no es que te fastidia. Tengo además otras dos razones para portarme como ves: la primera,que así logro hace una vez mi voluntad, aunque me cueste una zurra de tu parte y la segunda,que de este modo he escrito una introducción que puede adaptarse a todos los artículosposibles: ventaja de mucha monta, pero que no me servirá más, puesto que, como diría unorador parlamentario, entró de lleno en la cuestión.

Los aguinaldos son de aquellas costumbres que muy poco o nada tienen que tildar, ymucho que merece elogio, motivo por el cual aunque me es grato el hablar de ellos, faltaranen este artículo ciertos toques que pudieran darle alguna viveza: ¡es un recurso tan poderosoel enfadarse cuando no encuentra el escritor el médico de salir del atolladero! Falta la facilidady demás dotes para describir; pues nada de apuro, venga la parte flaca, y demos de firme sobreella, poniendo una cara de vinagre y convirtiendo la pluma; en zurriago. En los aguinaldos noes posible hacer esto por más que uno se empeñe: y ¿quién conservará el carácter de Dómineante un país entero que se regala, danza y pasea sin acordarse más que de los Santos Reyes;pretexto seguro   [p. 82]   para pasar dos días en deliciosa hartura y variada holganza? Fuera pues elcarácter serio; cojo mi caballo, lo aparejo, monto en él, y a buscar una trulla de gente conocida.

Así hice yo hace algunos años la víspera de Reyes, y no bien hube andado una media hora,encontré lo que buscaba, esto es: treinta o cuarenta caballos reunidos marchando en la mismadirección que el mío, y montados por personas que yo conocía. Eran las ocho de la noche, laluna muy clara y las masas de neblina parecían a lo lejos grandes lienzos que cubrían la faldade las montañas. Por todo lo dicho habrá comprendido el lector que estaba en el campo, lo quehasta ahora no había tenido el honor de comunicarle, y que empiezo por el modo de pediraguinaldo en éste, como pudiera hacerlo por el de la capital y pueblos principales de la Isla.

La trulla a que me reuní estaba formada por jóvenes de ambos sexos, con la adiciónindispensable de papas, mamas y tías; había entre las chicas algunas muy bonitas, pero estasllevaban ya su caballero cada una; agregueme a la masa común, y empece a hablar con el buenhumor que nunca falta al que tiene delante seis o siete parejas atortoladas, y otras tantasdispuestas a la broma. En un momento me dijeron a las casas que pensaban ir, y a mediaspalabras y con signos sagazmente disimulados, me enteraron de mil curiosos pormenores queno convenía que comprendiese la parte reposada de la trulla; caminamos un poco sin que nadanuevo sucediese, hasta que llegamos a una casa de madera, construida sobre gruesos estantes,como son todas las de las personas acomodadas, donde se entabló la conversación siguiente:

--Muchacha, ¿todavía estás así? ¿Cómo es que no estas a punto de montar?

--Tía Pepa, yo no puedo ir con usted como quedamos, porque no hay más que una bestiay es para mis hermanas, que ya van a bajar; la otra se encojó esta tarde, y yo tengo quequedarme por ese motivo.

--Pero, muchacha, ¿Y las otras dos?

--Se han ido en ellas mis hermanos.

--Vaya, vaya, eso sí que es buen chasco; cree que lo siento... si la yegua que llevo noestuviera preñada, te ofrecería el anca.

La joven que hablaba desde una ventana, era una morena que renunció a pintar por lograciosa; conocíala yo, y mucho más a su respetable tía, que no mención a humo de pajas elestado interesante de su yegua; así es que dirigiéndome a esta última dije:

--Señora Doña Pepa, mi caballo hace ancas y es muy firme,   [p. 83]   si Rosita ha de quedarse, noserá por lo que ha dicho, pues si gusta puede venir conmigo.

Aquí hubo algunos cumplidos entre la tía y la sobrina, que deseaban mucho aceptar, y yo,que de todo corazón ansiaba tener a la segunda a las ancas de mi caballo.

--No, no, mil gracias, decía la una. -No podemos consentir que lleve usted esa molestia,añadía la otra.

--Señora, si Rosita es una molestia, ojala que caigan sobre mi como gotas de agua en un díade tormenta.

Por último, hicieron como que se determinaban, y, previos algunos cumplidos de la mamá,que salió a la ventana a saludamos y darme gracias por un favor que yo recibía, nosdespedimos, llevando yo por compañera para toda la noche a la más hermosa de la trulla. Sino pocos guerreros deben una parte de su gloria a la fogosidad de un caballo, que les condujoa su pesar al encuentro del enemigo, yo debo unas cuantas horas de placer a la mansedumbredel que montaba aquella noche. ¿Quién expresaría con toda su intensidad lo que siente unjoven de dieciocho años durante una conversación tenida por lo bajo, yen que a cada pasochoca con el un cuerpo que su imaginación le pinta con los más voluptuosos atractivos, que acada palabra tiene que volver la cabeza, percibiendo entonces su rostro el hálito de unarespiración agitada por el movimiento y las emociones más vivas, y aspirando al mismo tiempoel perfume que despide una hermosa cabellera negra prendida con olorosas flores de lostrópicos?

No tardamos en llegar a la primera casa; echamos pie a tierra, y nos colocamos reunidosal principio de la escalera: una música campestre acompaña los que entonaban el aguinaldonuevo, cuyos versos eran de uno de los cantores, y que se reducían al saludo de costumbre alos amos de la casa y a desearles toda clase de prosperidades, si nos daban dulces, manjarblanco, buñuelos y otras mil cosas. Concluido el canto, apareció la familia en lo más alto de laescalera, bajóle el dueño de la casa y nos invitó a subir para tomar algún refresco lo cualhicimos de muy buen grado. La mesa estaba colocada a un lado de la gran sala para dejar sitiobastante para la danza, y servida con toda profusión: en ella no faltaban el manjar blanco,almajábanas, buñuelos de muchas clases, hojaldres, cazuelas, una variedad infinita de dulcessecos y en almíbar, y varias clases de licores:   [p. 84]   parecía que solo para nosotros se habían hechotodos los preparativos, y que aquel aparato no había de desplegarse cuatro o seis veces por lomenos durante la noche.

Después de tomar con toda franqueza cada uno lo que quiso, nos pusimos a danzar juntocon los jóvenes de la casa; y no lo hubimos hecho media hora, cuando fue preciso que nosdespidiéramos para que subiera a ocupar nuestro lugar otra trulla, que esperaba ya nuestrasalida. Así pasamos toda la noche de una a otra parte, y en todas, a poca diferencia, se repitióla misma escena; cogiéndonos el día sin que la venida del sol nos alegrase, porque terminabauna noche de placer:

Aquellos rostros pálidos, aquellos ojos a medio cerrar y velados por anchas ojeras negras,aquellas pequeñas y entreabiertas bocas que daban paso a una respiración semejante a la delsueño, y aquella languidez de todo el cuerpo, añadían nuevos encantos a nuestras hermosascompañeras; yo sentía un peso suave sobre mi espalda, y me parecía más cercana y másardiente la Rosa, cuyo aroma iba pronto a dejar de respirar.

Tal es una trulla a caballo; son muchas las que recorren los campos, y fuera de algún raroincidente, como el que le dejen a uno el caballo desaparejado, o el aparejo sin caballo,principian todas y concluyen del mismo modo que empezó y acabó la de que he hablado arriba,Crúzanse en ellas y de sus resultas amores, celos, pullas, chistes, riñas, amistades y cuanto secruza en el mundo siempre que, con cualquier pretexto, se reúnen muchas personas; con todo,es forzoso consignar aquí que, en general, los efectos de esta costumbre son buenos y muybuenos; sin ella y otras semejantes, nuestros campesinos no serian como son tan humana ygenerosamente hospitalarios.

Las trullas de a pie se componen de gente pobre, que no par eso se divierten menos;maraca en mano y tiple y carracho86 baja del brazo, caminan, leguas enteras saltando barrancos,vadeando ríos y trepando cerros, hasta que el sol les halla muchas veces a gran distancia desus casas; pero esto no les importa: continúan su camino durante todo el día y la noche deReyes, sin regresar de su peregrinación hasta el que sigue a este último; esto es, a los tres dehaber abandonado sus Penates.

Dada la diferencia de educación, es sabida la que puede haber entre las escenas de estastrullas y las de a caballo: varían en los modales, las expresiones, etc., pero en la esencia lomismo   [p. 85]   pasa en unas que en otras. Los versos que cantan en aquellas con música variada y queson a veces buenos, en estas últimas guardan el mismo aire siempre, y se transmiten de padresa hijos sin alteración en las palabras. Tal es el antiguo y muy sabido estribillo:

Naranjas y limas
Limas y limones,
Mas vale la Virgen
que todas las flores.

Los aguinaldos en la capital están muy lejos de tener el carácter original que los del campo:hay también trullas que van a algunas casas; pero son, como es fácil concebir, un remedo muyincompleto de aquellas agradables caravanas. Un determinado número de personas sale porlas canes pidiendo aguinaldo; mas ¿acaso puede el eco de muchas voces reunidas producir elmismo efecto en una cane o dentro de una habitación, que en el campo? Unos cuantos amigostoman dulces, cervezas y otros licores, bailando después o antes una o los contradanzas en unasala en que habían sido recibidos aquel mismo y otros muchos días; al salir se encuentran enla cane por donde van a la oficina algunos de ellos, el canto del sereno les recuerda la hora enque acostumbran irse a la cama, y si algunos pueden hablar con libertad yendo de brazo consu cuya, otros hay que rabian porque tienen que remolcar esa necesidad de nuestras reuniones,la mama.

No me detendré en las felicitaciones de las bandas de la guarnición a las autoridades, y delsereno, alguacil, ahijados y otros que nombrarlos fuera nunca acabar, a todo el que puededarles, no dulces ni cerveza, sino, algunos realejos para celebrar los Santas Reyes, porque estocon distintos motivos y en diversos días del año pasa en muchos otros parajes, y no merecellamarse costumbre de Puerto Rico.

Vamos pues a cuentas, querido lector; ya tienes un articulo bueno o malo sobre aguinaldos,uno más que leerás tú, y uno menos que yo tengo que escribir, si le esperabas mejor, hicistemal y te llevas buen chasco; si peor me alegro mucho desde ahora, y si ni lo uno ni lo otro,recibelo tal cual es, sin exigir que me devane los sesos dando vueltas a un asunto acerca del quepienso lo que te dije al principio y repito ahora: los aguinaldos son de aquellas costumbres quemuy poco o nada tienen que tildar, y mucho que merece elogio.

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