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Ibero-American Electronic Text Series

Alonso, Manuel A. / El Jíbaro (1949)

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ESCENA X

LOS SABIOS y LOS LOCOS EN MI CUARTO

Soy yo de aquellos, y esto no importa mucho tienen, la costumbre de no dormir sin haberleído antes algo, y este algo suele ser de aquellas materias que necesitan más recogimiento ymeditación, pues creo que nunca como en el silencio de la noche puede uno separarse delmundo real, para elevarse al imaginario; sobre todo cuando se ha pasado el día sin penas, cosaque el hombre joven logra algunas veces, antes de ser el jefe de una familia, o mientras no tieneque gobernar por si mismo la nave de su porvenir.

En fuerza de este hábito, habíame acostado en una de las noches de enero, teniendo la luza la cabecera de mi cama, y en las manos un tratado de enajenaciones mentales, en el cual leíno pocas páginas con cierto entusiasmo mezclado de tristeza, al ver que si el hombre puedellegar por su genio a elevarse sobre sus semejantes, puede también, por un misterio insondablehasta el presente, carecer hasta de los instintos que la Providencia concede a los brutos. Misreflexiones me condujeron a bendecir a los que, con sus talentos e inagotable amor a lahumanidad, han hallado el camino de volver a la especie humana a algunos seres que de ellano conservaban más que la figura. Quedeme dormido, y a poco empecé a soñar lo que sabráel lector, si tiene paciencia para leer toda esta escena.

Estaba yo en cama, aunque despierto, cuando me veo entrar en mi cuarto cuatro señoresmuy respetables, sin hacer ni el menor cumplido y con la misma franqueza que entra elaprendiz de la imprenta al amanecer a pedirme original para el cajista.

--Buenos días, señor, dijo el más anciano con tono dulce y   [p. 72]   acento extranjero.

--Beso a usted la mano, respondí yo incorporándome y haciendo una inclinación de cabeza,para contestar a la reverencia muda de los otros tres. Tengan ustedes la bondad de sentarse,añadí, que voy a vestirme corriendo para ponerme a sus órdenes.

--Oh, no, no; perdón, no queremos que usted se moleste por nosotros.

--Nada de eso, iba a levantarme; y aunque no es muy tarde, no me es de ningún modomolesta la visita de ustedes.

--Yo, continuó el anciano luego que estuve sentado junto a ellos, Soy Pinel, y estos señoresque me acompañan son Esquirol, Calmeill y Leuret.74

--¿Cómo?, interrumpí yo. ¿Usted es el célebre nosógrafo, y estos señores son los directoresno menos célebres de la S... C... y B...? Vamos: no se burle usted de mí, ¿me cree usted tantonto que piense que los muertos resucitan, y que ciertos vivos vengan a mi pobre casa?

--No me burlo a fe mía; y para que usted se convenza, voy a contarle cómo he venido desdeel infierno, que es mi morada en el otro mundo, a parar a la casa de usted.

--Señor mío: si usted fuera Pinel no estaría en el infierno.

--Al principio fui a la gloria; pero después tuve que bajar al lugar de los tormentos, paraver si podía arreglar a unos cuantos miles de locos de esos que acá son tenidos por grandeshombres, y que el mismo diablo no podía subyugar, ni yo lo he logrado hasta ahora; visto locual, vengo a recorrer todo el mundo en busca de un medio de hacerlo, que quizá encontraréen estos países. Aquí llegábamos en nuestra conversación, cuando sentimos una confusa y desacorde reuniónde voces, que iba acercándose cada vez más, y entre la cual, distinguíamos carcajadas,reniegos, silbidos y cantos los más extraños; la casa parecía venirse abajo, y a medida quecrecía mi susto el rostro de mis huéspedes se animaba, asomando a sus labios una sonrisa deplacer.

--Son locos que vienen hacia aquí, dijo Esquirol.

--Ciertamente, contestó Calmeill.

--¿Acostumbra usted a tener esas visitas?, me preguntó Leuret. Iba a contestar entretemeroso y amostazado; pero la puerta se abrió de par en par y una multitud de figurasextravagantes que se coló por ella gritando, me lo impidió: mi cuarto se llenó en un momentocon aquella numerosa falange, en la que había   [p. 73]   unos vestidos con largas túnicas, otros conropas destrozadas y otros, cual pudiera ir una persona cuerda, aseados y compuestos. Elanciano a quien al punto tuve por Pinel al ver el ascendiente de su mirada sobre aquellafamilia, les dirigió la palabra en estos términos:

--Hijos míos: ¿qué es lo que queréis? ¿En qué podemos sero: útiles mis compañeros y yo?

--Nosotros, contestó uno que llevaba una corona de papel en la cabeza, somos una comisiónde los locos de las cuatro partes de mundo que venimos a manifestar a nuestro bienhechornuestra gratitud por lo mucho que le debemos; verdad es que no se conocí aun en todas partesel sistema que hace cerca de medio siglo puso en planta Mr. Pinel, y que han perfeccionado lostres dignos profesores que aquí están reunidos con él; pero sin embargo, mucho más adelanta,y nadie se atreve en el día a sostener que la locura el siempre incurable.

--Bien, muy bien, hijos míos: placeme en gran manera el bien estar de que disfrutáis, y ano ser por la algazara que movíais al entrar, y por el traje no muy arreglado de algunos devosotros, no lo tuviera por enfermos: tal es la cortesía con que os habéis conducido en mipresencia; sobre todo me ha parecido excelente la arenga de este buen señor.

Yo no soy buen señor, interrumpió el loco, yo soy el legitimo rey del valle de Andorra, ycuidado con guardar los miramiento debidos a mi elevada clase, que si antes era estudiante demedicina, ahora soy lo que soy, y voto a...

--Pues para que yo crea que sois un rey, es preciso que no lo enfadéis como un alférez dedragones.

Una carcajada de los demás locos siguió a estas palabras, que dijo el anciano con suimperturbable calma y dulzura. Después añadió, dirigiéndose a algunos de los mejor vestidos:

--Venid acá, amigos míos; decidme de donde sois y qué es lo que os falta para estar a gusto.

--Nosotros, dijo uno de ellos, somos franceses, vivimos en Paris; en la Salpetriere micompañero de la izquierda; en Charento: el de mi derecha y yo en Bicetre; tenemos allí buenashabitaciones buenas camas, buenas comidas, buenos baños, no nos maltratar los guardianes,un profesor sabio dirige el establecimiento, y nada le olvida cuando se trata de nuestracomodidad y pronta curación; es nuestro padre, no sale de la casa, sabe premiarnos ycorregimos a tiempo, nos acompaña a la mesa, en nuestras   [p. 74]   horas de estudio, de trabajo y derecreo, aprovecha el menor destello de nuestra razón, y muchas veces nuestros caprichos, paravolvemos a la sociedad sanos y laboriosos; en una palabra, no vive sino para nosotros; peroesto no quita, y perdóneme que lo diga delante de ellos que alguna vez nos mortifiquen, yadándonos remedios que no deseamos tomar, ya intimidándonos con los chorros de agua fríapara que hagamos lo que no es nuestro gusto hacer

--¿Y es esa toda la queja? ¿Qué cosas exigen que hagáis?

--Muchas: al que no quiere trabajar, le aconsejan, le estimulan y no paran hasta lograr quese entregue a sus ocupaciones habituales; entre varios otros, recuerdo un pobre músico, quefue preciso meterle varias veces en el baño y soltar sobre su cabeza el chorro de agua fría, paralograr que tocase su instrumento.75

--¿Y en qué paró ese músico?, le preguntó Leuret.

--Bien lo sabéis; paró en prometeros que tocaría, y en que, habiendo salido del baño, cogióel instrumento y tocó la Marsellesa y otras canciones patrióticas, entusiasmándose de tal modo,que no fue preciso rogarle mucho para que repitiese al día siguiente todos los aires que sabíade memoria; paso a la sala de musical y al cabo de algunas semanas salió bueno del todo paravolver a tocar en su teatro.

--¡Oiga!, dijo Pinel, con que ¿os tratan con dulzura, os cuidan perfectamente y os curan,y todavía os quejáis si es preciso que se os moleste un poco para daros la salud? Vamos,señores míos, que eso es mucha gana de pedir imposibles; si los médicos debieran reñir con susenfermos, razón tendrían y sobrada mis dignos compañeros para enfadarse con vosotros; y sivosotros os quejáis, ¿qué harán estos pobres que veo tan mal vestidos y sucios? ¿Cómo es,añadió, dirigiéndose a estos últimos, que sois en número tan crecido?

--Porque en muchas casas de locos no se conoce aún el sistema de usted, contestó uno deellos con marcadísimo acento catalán.

--Y entonces, ¿por qué venís a felicitarme los que no habéis participado de los bienes demi sistema?

--Porque usted ha hecho un bien muy grande a la humanidad, y nada importa que no nosalcance a nosotros.

  [p. 75]  

--Señores, dijo por lo bajo el respetable anciano a sus compañeros, he aquí un locoasquerosamente tratado y lleno de virtud; o los locos de este país son de otro género, o aquí losque tienen completa su razón son los que ocupan los manicomios. Y ¿quién os ha dicho queestéis loco?, continuó en alto y dirigiéndose al maniaco.

--¿Quién me lo ha dicho? Nuestros guardianes que lo están repitiendo siempre. A nosotrosno se nos trata con tanto cumplido como allá en su tierra de usted: nos tienen encerrados y encompleta incomunicación,76 en unas habitaciones húmedas y hediondas; nuestra cama es unapoca de paja; no tenemos salas de estudio, ni patios, ni jardines; comemos como las fieras cadauno en su rincón, y cuando la miseria y los malos tratamientos acaban de trastornar nuestrojuicio, nos encierran en una jaula, o nos atan como a perros con un collar y una cadena.

--¿Y lo permite el médico director de la casa?

--Nosotros no tenemos médico director: son muchos los que nos dirigen; pero ninguno esmédico ni loco, que si lo fueran, cuidarían más de nosotros.

¡Esto es imposible! ¿A mediados del siglo diecinueve existe una casa de enfermos devuestra clase sin estar dirigida por un profesor celoso, que dedique toda su vida a mejorar latriste condición de los que han de ir a ella por necesidad?

--Aunque muchas veces me han dicho que soy loco, esto es una mentira y prueba de sercierto lo que digo es que en los años que llevo de encierro, todavía no me he vuelto furioso;verdad es que, como soy pacífico, salgo de cuando en cuando a la calle, unas veces con elcomprador y otras burlando la vigilancia de los cancerberos. Había estudiado antes de que meencerraran como loco el medio de mejorar las casas de beneficencia; porque, como soy elArzobispo de Toledo, quería promover en España una reforma digna de la época; y aquí tieneusted el porque sufro con resignación y dignidad el mal trato que recibo; sintiéndolo solamentepor mis desgraciados compañeros.

Estuvimos algunos momentos admirando la cordura de aquel loco, al cabo de los cuales,como si contestara a algún pensamiento que le ocupaba, dijo Pinel:

--No, no, ni en el infierno quiero que se trate a ningún infeliz de semejante modo.

  [p. 76]  

Aquí empezaron todos a manifestar impaciencia, el uno empujaba al otro, y todoshablaban, de suerte que no era posible oír a ninguno; por último, una mirada y la actitudnoble que tomó el anciano levantándose de la silla les hizo callar y aprovechando aquellapausa, gritó uno:

--Señor, yo soy de Puerto Rico, y siquiera por deferencia a mi paisano, el amo de la casa,se me debe permitir que hable.

--Que hable, que hable, repitieron en coro unos cuantos que tenían la manía de querer serdiputados.

--Orden, señores, orden, respeto a la presidencia: dijo con voz de trueno un improvisadopresidente. El diputado por Puerto Rico tiene la palabra. Suba el orador a la tribuna. Y sindecir más lo agarró por la cintura y lo puso de pies sobre mi mesa.

--Que baje, gritaron unos.

--Que hable, contestaban otros, y de las voces pasaron a embestirse con tal furia que lamesa vino al suelo, junto con el orador que no hablaba.

Desperté con el susto de ver mis borradores bajo los pies de aquella gente, y me hallé enmi cuarto, con los muebles en su lugar y sin sabios ni locos; pero con el sentimiento de que misueño no hubiera durado hasta ver lo que decía el de Puerto Rico sobre la casa de beneficencia;pues, aunque por conducto tan poco usado, me gustaría saber a que altura se halla en mi paísese importante ramo de la ciencia administrativa en la escala cuyos dos extremos habíanmarcado los dos cuerdos locos.

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