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Ibero-American Electronic Text Series

Alonso, Manuel A. / El Jíbaro (1949)

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ESCENA IX

ESCRITORES PUERTORRIQUEÑOS

D. SANTIAGO VIDARTE

La literatura, ha dicho un escritor célebre de nuestra época, es la expresión, el termómetroverdadero del estado de la civilización de un pueblo: verdad innegable, que se ve confirmadaen nuestra Antilla. Pocos años hace que vio la luz en ella la primera publicación literaria, ypocos también que se nota un verdadero progreso: aquella fue la señal de éste, y los hijos dePuerto Rico no aplaudimos entonces desde Europa la aparición de un libro nuevo, tanto comoel feliz cambio que simbolizaba.

Pero este cambio, como es natural, no pudo verificarse en un momento; los demás ramosdel saber humano se van extendiendo poco a poco, y la literatura marcha sin avanzar más delo que permiten las circunstancias del país: verdadera crisálida que acaba de romper suenvoltorio, más bien camina que vuela, y no se aparta de una hoja sino pasando a otra de lamisma planta; pero si le falta vigor, no tiene, como algunos pretenden, una región en que volar,luce ya los vivísimos colores en sus alas, el sollas dora, y no tardara en lanzarse al espacio,posándose veleidosa sobre las flores que bordan la campiña.

Los escritores de Puerto Rico, la mayor parte poetas, son casi desconocidos fuera deaquella Isla; sus producciones respiran ingenio y revelan imaginación ardiente; el genio brillaen ellas, pero tímido y saliendo apenas de la senda trazada par otros. ¿A qué se debe estocuando el tender la vista alrededor y copiar, basta en las Antillas para deslumbrar a los quemiren después el cuadro? Sin ofender a talentos que reconozco muy superiores al mía, crea esdebida a que ni el terreno está preparado, ni el grano   [p. 62]   bastante maduro. Cuba ha dado unHeredia, un Valdés, un Caballero; un Saco y otros; pero no los dio hasta llegar a un grado deadelanto que todavía no hemos alcanzado nosotros.

Cuando nuestra enseñanza sea más completa; cuando las artes y la industria sean másgeneralmente conocidas; cuando nuestra agricultura acabe de salir de la antigua rutina: enuna palabra, cuando podamos compararnos sin desventaja con la isla de Cuba, entonces estaráel terreno preparado. Cuando una juventud ávida de instrucción la adquiera en las escuelasdel país a que ahora solo puede alcanzar un reducido numero de privilegiados; cuando estajuventud se dedique a profesiones que en el día se miran con desprecio, porque son casiignoradas, entonces estará el grano en sazón y brotara dando después abundantísima cosecha.Sembrar en un campo cubierto de malezas es perder el tiempo y la semilla.

Los escritores de Puerto Rico deben demostrar la utilidad de una instrucción artística eindustrial, de que por desgracia carecemos, y arrostrar si es preciso la peor de todas lascríticas, la mordacidad del ignorante; deben... ¿y por qué me detengo en decirlo?, debernosestudiar, meditar Y discurrir mucho, puesto que somos jóvenes, para servir después deejemplo a los que nieguen el benéfico influjo del saber. ¡Cuán dichoso el que llegue a ser citadopor modelo! Vístase el pensamiento con las formas que se quiera, pero que sea siempre uno;siga cada cual su rumbo, pero vayamos todos al mismo término, evitando que una enseñanzaviciosa por lo incompleta reúna combustibles, que puedan servir para la hoguera en que nosquemaría la barbarie. ¡Cuán lamentable es la historia de Santo Domingo! ¡cuán arriesgado elcrear una universidad que llene de médicos y abogados un país en que las artes y la industriano bastan a mantenerlos! Pero dejemos esto para los que cuidan de nuestro porvenir,contentándonos con que las anteriores líneas llamen su atención sobre un punto que interesahasta lo sumo, y pasemos a ocuparnos del primero de nuestros jóvenes poetas.

Don Santiago Vidarte, casi niño todavía, ba merecido con justicia el título de primer poetapuertorriqueño, y no tememos al darle este dictado incurrir en la nota de parciales, quesupondría no muy sobrada instrucción, y más que poca generosidad en los ingenios quepudieran disputárselo; reconocemos la altura a que llegan otros, y hubiéramos estudiado conmucho gusto sus producciones para dar sobre ellas con toda cordialidad nuestro   [p. 63]   humilde voto; pero por una parte la desconfianza natural al crítico novel, y por otra el temor harto fundadode que la expresión de nuestro pensamiento se interpretase como ínfulas de preceptista nos handesanimado, haciéndonos pasar ligera y superficialmente por la primera parte de esta escena.Además, todos los escritores de Puerto Rico viven por fortuna y son jóvenes. ¿Quién sabe adónde llegarán con el tiempo y el estudio?, al paso que Vidarte murió ya; y aunque muchohizo, rompióse la rueda y volcó su carro apenas comenzada la senda gloriosa de su triunfo.

En dos épocas pueden dividirse las poesías de Vidarte: entre ellas no media más que elcorto espacio de dos años; y sin embargo, ¡cuánta diferencia!, ¡cuán inmensa la distancia quesepara una de otra! Ensayaremos su bosquejo, y muy felices nosotros si podemos transmitiral lector una pequeña parte de la triste veneración que nos inspira el recuerdo de ese lucerode los trópicos, que brilló para morir antes que pudiera admirarse su hermosura.

En el año 1844 apareció el Álbum Puertorriqueño,72 obrita cuyo fin y origen es inútilrecordar, y en ella vieron la luz pública las primeras composiciones de Vidarte, que habíansido recibidas con agrado en una reunión literaria, formada por varios jóvenes algunos mesesantes. En todas las producciones de esta época se revela el genio del autor; pero extraviado porla lectura de algunos de nuestros poetas modernos, siguiendo un camino árido y que no era elsuyo, sin fe y sin creencias, imitando a otros, que a su vez eran imitadores; en una palabra,queriendo parecer vieja y gastada un alma virgen y llena de esperanzas; y ¿cómo podía ser deotra suerte? una imaginación ardiente y en la hermosa primavera de la vida, ¿no había deestar en oposición consigo mismo al pintar la duda terrible que no podía comprender, y alhacer gala de un escepticismo que nunca abriga un corazón de quince años?

De aquí nace la monotonía, la falta de unidad y el amaneramiento de la mayor parte de lascomposiciones a que nos referimos. Cuando el poeta es ingenuo, cuando el poeta es joven, susversos son fáciles, las imágenes vivas y el lector goza en su contemplación; pero cuando el poetaquiere aparecer viejo, calla el sentimiento para que ocupe su lugar una razón débil y versátil,o una   [p. 64]   reminiscencia siempre fría y amanerada, En la composición titulada La vida, despuésde pintar la juventud con la siguiente octava:

Es el alma entonces virgen
dulce asilo de ilusiones
ajena de las pasiones
que extravían nuestro ser;
y comienza nuestra vida
a descubrir sus primores,
cual en un jardín las flores
al tiempo de amanecer,

retrata la edad provecta con estas quintillas, que no parecen del mismo autor:

Y seguimos ofuscados
hollando impuros despojos;
tan sólo vemos abrojos
y esqueletos extraviados,
donde clavamos los ojos.
Aquí... negra tumba
vemos con un epitafio inscrito...
Allí un féretro!... allá... escrito
sobre una lápida leemos
el nombre de algún proscrito.

¿Qué sería nuestra existencia privada de goces que hicieron olvidar nuestros sufrimientos,y sin fe que nos alentase a sobrellevarlos? El poeta puede exagerar, pero nunca mentir.

Hemos dicho que cuando Vidarte seguía los impulsos de su corazón, apartandose dereflexiones cuya profundidad no podían medir sus cortos años, lucía todas las reglas de su vivoingenio y la canción titulada El sereno es una prueba de la verdad de este aserto. Con queencantadora sencillez pinta el amor inocente de su edad cuando dice:

Las once y media ha tocado
y el barrio tranquilo está;
duerme, hermosa, sin cuidado,
que un sereno enamorado
a tu puerta velara.
  [p. 65]   Duerme, si, linda Belisa,
y en tus ensueños de amores
me consagra una sonrisa,
dulce y pura cual la brisa
que mece blanda las flores.

Dulcísimos y puros son los anteriores versos, y muy dulce y puro el amor que retratan:compárese esta composición con las demás en que el poeta llora desengaños que no ha sufrido¿pero qué más?, el mismo manifiesta cuanto le abrumaba lo que con razón llama soñar,cuando, dirigiéndose a su caro amigo don Pablo Sáez, dice:

Cantemos, cantor, cantemos
las ilusiones que vimos.
No más ¡vive Dios! sonemos;
ya es tiempo que despertemos
del letargo en que dormimos.

Dos años después dio una prueba de haber despertado al insertar en el Cancionero de Borinquen73 las seis hermosas composiciones tituladas: Insomnio, La nube, Dolorosa, Ante unacruz, Las dos flores y Memorias. Estas pertenecen a la segunda época, y son otras tantasguirnaldas que forman la corona inmortal de nuestro vale. Las examinaremos en particular,sujetándonos a los estrechos límites que marca el carácter de ésta obra; pero antes permitanosel lector cuatro palabras que puedan guiarnos en nuestro juicio, y que expliquen la grandediferencia: que hay entre ésta y la primera época del autor.

Dos años empleados en incesantes estudios, en largas meditaciones, en discusionesamistosas, en una sociedad formada sin otro objeto que la instrucción mutua, debieron porfuerza dar otra dirección a las ideas de un joven en que todos admiraban el genio, el sanojuicio y una dulzura de carácter, que sola hubiera bastado a hacer su trato apetecido y siempreagradable. Los triunfos al cansados en su carrera, y que lejos de procurarle envidiosos émulos,aumentaban por su modestia el número de sus admiradores, hicieron que viese en el hombre,no un mortal y encubierto   [p. 66]   enemigo, sino un hermano que alguna vez no lo parece por causasque no emanan de él. La luz de una religión divina, que enseña al hombre a amar al hombre,completó el triunfo de la razón, y el genio rompió la cadena de dudas que le ahogaba con supeso, manifestándose bello, puro y confiado en su grandeza.

Algunas penas, de aquellas que no lo son para las almas vulgares, vinieron a turbar el almainocente del poeta: sin la religión y el estudio hubiera renacido con creces su antiguoescepticismo; pero fortalecido su ánimo con estos dos auxilios poderosos, combatió con fe enel porvenir, y sólo se conoce esta lucha en la dulce tinta melancólica que vemos esparcida ensus producciones. Pasemos a analizar éstas.

La primera que aparece en la colección es el Insomnio, y nosotros quisiéramos trasladarlaintegra, porque estamos seguros de que ella diría más al corazón del lector que nuestros pobreselogios. Al comenzar la poesía, expresa el autor la confusión, pesadez y ansiedad que precedenal ensueño; luego las imágenes son más claras, ve a su amada, la invita a partir con él a un paísdelicioso y una barca les conduce durante la noche; a la primera luz de la aurora despiertala,impaciente, anunciándola la próxima salida del sol y cuenta las bellezas de una tierra queverán con su luz; aparece el astro luminoso, y a medida que se acercan va mostrándole losencantos de aquel suelo de promisión:.ya están cerca, más cerca aún, vense las montañas, losprados, los jardines, los pueblos, los castillos y... «¡Poder de Dios, si estoy soñando!», exclamael poeta cuando el colmo del placer que siente al pisar de nuevo el suelo de su patria, learrebata un sueño tan seductor.

La unidad perfectamente sostenida con formas siempre nuevas y variadas, la profundidad,delicadeza y verdad en los pensamientos, la pureza en el lenguaje, en una palabra, el másexquisito gusto campea en toda la composición; de suerte que citaremos algunos trozos de ella,no como mejores, sino como muestra de la belleza del todo: tales son los que siguen de laprimera parte.

Mira, del céfiro en alas
volará nuestra barquilla,
dividiendo con su quilla
las olas del vasto mar;
y unidos en tierno abrazo
  [p. 67]   yo iré mil trovas cantando
mientras tu vayas jugando
del agua con el cristal.
Ven, palomita, y marchemos
de otro nido a disfrutar,
no tengas miedo del mar:
Tu eres sirena de amor,
Y el mar ama las sirenas.

No sabemos que admirar más, si la sencillez, pureza y verdad del primero, o la exquisitafinura que cubre el sensualismo que encierran los dos primeros versos del segundo.

Como modelo de facilidad y armonía, no podemos dejar de hacer mención de los quesiguen de la segunda parte, y del principio de la tercera.

Boguemos, boguemos
al son de los remos,
la noche convida,
¡qué bella es la vida
que corre en el mar!
El aura ligera, veloz, placentera
nos va susurrando,
meciendo, empujando
la barca fugaz.
Auras de amor, que pacíficas
del mar las olas besáis,
venid con livianas ráfagas
nuestra esperanza a arrullar.
Venid, amorosos céfiros,
que la flor enamoráis,
y con vuestras alas placidas
nuestra piragua empujad.
¡Soplad!
  [p. 68]  

La metáfora empleada al hablar de la montaña de Luquillo es valiente, natural, nueva ysublime: en efecto, ¿qué puede añadirse al último verso de esta cuarteta?

Despierta ya, alma mía, el tiempo avanza,
y al asomar su disco el sol dorado,
verás cual se dibuja en lontananza
verde gigante de metal preñado.

¡Con cuánta propiedad retrata en esta obra a la ciudad de Puerto Rico vista a la luz de la aurora!

Una pena blancuzca y altanera,
que está del mar en brazos dormitando.

Pero donde nos vemos en la precisión de no omitir una sola palabra hasta el final de la poesía, es desde donde exclama el poeta:

...¡Qué hermosa en la alborada!
¡Qué bello, ¿no es verdad?, el Océano
con su limpio azul! ¡Oh! canta inspirada
una canción el mundo americano.
Mas no, calla... ¿columbras a lo lejos
una luz amarilla, un globo ardiente
que brota de la mar en mil reflejos?
Pues... es él, que se anuncia por oriente.
Él es, sí, sí, ya estamos, mi paloma;
es el sol. ¿No distingues con su brillo
aquel gigante que en el agua asoma?
Pues se llama el gigante aquél-Luquillo:
¿Y ves allí cabe su planta umbría
fantástico un jardín de flores rico,
donde vive el Abril, sirena mía?
Cerca está el puerto. ¿Ves la peña aquella
Que está del mar en brazos dormitando,
  [p. 69]   vestida de castillos, rica, bella...?
Pues es...¡Poder de Dios! si estoy soñando.

Enmudecemos de asombro al contemplar tanta belleza, y teme;. más cometer unaprofanación queriendo analizarla.

Largo sería e inútil ir anotando una a una las bellezas de que están sembradas las demáspoesías; basta lo que acabamos de decir de la anterior, para probar que Vidarte merecejustamente el título de primer poeta puertorriqueño; sin embargo, no podemos menos quecitar la siguiente cuarteta de las Memorias:

Y tú, patria adorada, Puerto Rico,
perla de oro en el piélago embutida,
que de la mar sobre el crespado lomo
tu sien levantas de altivez henchida.

y esta otra de las Dos flores:

Del campo ameno la feraz llanura
en risueña extensión se prolongaba,
por límites teniendo una cintura
de verdes cerros do la luz trepaba.

En esta composición pudiera un crítico severo hallar la falta de objeto moral, y algunaimagen poco motivada; pero en cambio tiene partes, como el romance con que comienza, quenada dejan que desear; y si el poeta parece en ella poco crédulo en la justicia de los hombres,véase en su plegaria cuanto confía en la de un Dios omnipotente.

Lanzado en este mar ronco y profundo
sin otra luz que una esperanza bella...
las olas cruzo del revuelto mundo;
mas, ¡ay, Señor, que mi batel se estrella!...
¡Negra es la noche! el huracán insano
en tomo ruge con furor sombrío;
y...¡guay de mí, Señor, si vuestra mano
no desvanece ese huracán bravío!
  [p. 70]  
Yo he delinquido, y tu divino nombre
en mi delirio a veces he olvidado...
pero si tengo un corazón de hombre,
¿qué hacer, Señor, si el hombre es el pecado?

¡Humilde piedad, unción evangélica, sublime resignación, cuanta virtud en una alma tantierna! y nunca podrá la envidia decir que Vidarte no abrigaba en su corazón esa esperanzaen un Dios misericordioso que tan bien expresan los anteriores versos, no, es imposible quedonde no hay creencia haya verdadera inspiración; además, nosotros, que seguimos uno a unolos pasos del mal que destruyó su existencia preciosa, sabemos la serenidad con que aguardóel momento solemne, mientras su razón estuvo libre. No había ya esperanza... ¡sólo en Dios!...y era preciso que sus amigos lleváramos al ministro del Altísimo junto al lecho del dolor,después de anunciarlo al moribundo...La voz del cantor de los palmares desfalleció más de unavez, y la nuestra se anuda en la garganta al recordar aquella escena. No había allí más que unotranquilo y resignado, y éste era Vidarte. ¿Conque no tengo remedio?, dijo con voz entera ymuy segura: con todo, no me dejen ustedes morir sin que venga a verme el doctor S., peroantes, que venga el confesor.

A los pocos días murió en los brazos de sus amigos, después de un delirio en que repetíamuy a menudo los nombres de sus padres y el de su patria, añadiendo siempre: es precisoestudiar... estudiar; es menester que yo trabaje mucho. A su modesto coche fúnebre seguíanmás de veinte, que apenas bastaban para conducir las personas que espontáneamente fuerona su entierro; leyéronse junto a su tumba sentidas composiciones en prosa y verso; masnosotros callamos entonces, como callamos ahora, porque ahora como entonces, nadapodemos, más que verter amargas lágrimas.

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