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Ibero-American Electronic Text Series

Alonso, Manuel A. / El Jíbaro (1949)

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ESCENA II

EL BANDO DE SAN PEDRO

El Bando9 de San Pedro debe ocupar un lugar, y no secundario, en un cuadro decostumbres puertorriqueñas, porque, además de su originalidad, viene a hacer precisa suaparición en un libro el olvido en que comienza a caer este regocijo popular, que yo, a fuer dehombre amante de su país, quisiera se perpetuase en el para siempre. Para cumplir pues conmi propósito, y dar una idea de lo que comprende el título de esta escena, es necesarioretroceder algunos años, pues de otra suerte no podría pintar el Bando de San Pedro, sino enel período de su civilizada decadencia; y así supongo que nos quitamos doce o catorce años deencima, lo cual harían de veras y con mucho gusto algunos de mis lectores.

Eran las diez de la mañana; el sol, cubierto con un lienzo de nubes que debilitaba su ardortropical, templado además por la brisa diaria en aquel clima durante las abrasadas horas deldía, alumbraba el recinto de una ciudad, que ya no existe, tal es la transformación verificadaen ella en tan corto espacio de tiempo.

Las calles no eran aseadas y agradablemente vistosas como en el día; una recua decaballerías mayores y menores que recogían sus inmundicias, iba dejando por todas ellasseñales no muy limpias de su paso; y gracias al empedrado, cuyas aceras de ladrillos puestosde canto, gastados unos, elevados otros, arrancados muchos y desiguales todos, el transeúnteno podía dar un paso sin llevar, como suele decirse, los ojos en los pies; las plazas, hoyhermosas, estaban cubiertas de yerba que daba pasto al caballo del carbonero, al macho delborriquero y a unas cuantas   [p. 14]   vacas y cabras que iban de puerta en puerta, y sin que nadie lasmolestase, buscando los desperdicios que expresamente y para ellas estaban guardados.

Circulaba por toda la ciudad mayor número de personas que en los días ordinarios,causando aquella especie de rumor que en las poblaciones de poco movimiento, como eraentonces la capital de Puerto Rico, es anuncio seguro de un día de fiesta popular. Infinidad depersonas, que por su traje y maneras mostraban ser de los campos de la Isla, discurrían acay allá admirando la maravilla de una tienda de quincalla, de una confitería, o de una deaquellas barracas de madera llamadas casillas, que llenas de juguetes y otras chucherías,estaban en la plaza de armas10 o arrimadas a la negra y muy sucia pared del presidio, hoy bonitafachada del cuartel de Artillería.11 Los balcones, ventanas, y puertas bajas se veían cuajados degente de todas clases, la plaza de armas llena de caballos para alquilar, y los muchachoscorrían por todas partes produciendo con sus gritos las notas más agudas de aquel bulliciosoconjunto de sonidos, que, a fuerza de ser desacorde tiene su armonía particular. Poco despuésveíanse pasar algunas máscaras a caballo que se encaminaban a la plaza principal, paraformar un escuadrón, que a estar en moda la mitología pudiera llamarse el escuadrón deMomo.12 Reunidas allí todas, se dio la seña de marcha, seguida en el orden siguiente:

1. Caseros, cotisueltos,13 lecheros y guaraperos;14 estos sin disfraz, aunque disfrazados con susmismos trajes; los primeros eran jibaros montados en los caballos que por sus buenas mañasno habían podido alquilar, pero que con su garroneo15 y su fuete de a cuatro reales hacían irmás ligeros que el viento; los segundos eran amigos de estos de la capital, o jornaleros quegastaban en aquella broma el salario de una semana; distinguíanse por los movimientosdescompasados de todos sus miembros que hacían flotar su camisa como una bandera, y deaquí su denominación;   [p. 15]   las otras dos clases eran los que habiendo despachado su mercadería,se solazaban en pasear por las calles al galope de sus encanijados e inseparables compañeros.Ésta era la vanguardia, formada, como se ve, de gente de rompe y rasga, puesto que rota yrasgada llevaban no pocos la vestimenta.

2. Caballería ligera; compuesta de los muchachos que par su buen comportamiento en laescuela, o por otra causa, habían logrado el permiso de los papás; de jóvenes de todos oficios,artes y carreras, incluso los que en todo el año no tenían otra ocupación que correr aquel día,y de las cumarrachas16 que muchos de ellos llevaban a la grupa; los caballos que montaban, sibien no del todo buenos, podían sin embargo seguir la vanguardia, y los trajes eran si no degran invención, caprichosos y variados desde el cuotidiano hasta el de arlequín, o de negro, conla cara y brazos bien tiznados cubiertos de seda.

3. Caballería pesada; componíanla hombres de más edad, y entre ellos muchas personasde posición y respetables en todos conceptos; sobresalían por la exagerada ridiculez de sustrajes; y por la inutilidad de sus rocines, cojos, tuertos o ciegos, desorejados, y con más faltasque sobras. Entre éstos (no entre los rocines) iban el que hacía de notario, el pregonero, y lostocadores de cornetas y timbales.

De esta suerte llegaron delante de la fortaleza o palacio del Capitán General;17 el notario,acompañado del pregonero. Se colocó debajo de las ventanas del edificio; los trompetas ytimbales tocaron furiosamente y con el mayor desconcierto por algunos momentos, luegocallaron todos, y poniéndose el primero unos anteojos de jiguera, comenzó a dictar, y elpregonero a repetir en alta voz, el siguiente

BANDO

Don Tintinábulo Caralampio de los Lepidópteros nocturnos, Señor de las carambímbolasdel Peñón de Río Grande,18 Pacha de las Islas Baleares mayores y menores, que se hallan entierra firme entre el Peloponeso y la Isla de Madagascar, Presidente del Senado de la China,y primer Cónsul de la República cochinchiniana,   [p. 16]   Conde del Manglar de Martín Peña, de lastembladeras19 de Loiza y de la cuesta del Cercadillo, Emperador de los Godos, Visigodos,Alanos, Puritanos y Samaritanos, Duque del Golfo de las Damas, y Cabo 2do de la Compañíade Morenos de Cangrejos,20 etcétera. Hallándose el día de San Pedro21 encima de nosotros, comonosotros encima de las bestias que nos rodean, y deseando que dicho día se celebre con todaclase de celebraciones, y con la pampa, algazara y estrategia que son de costumbre, segúnconsta de los archivos del Aguabuena. Deseando además, que ningún bicho viviente ni porvivir, altere en lo más mínimo el buen arden y compostura que debe reinar en estos días en quecorren por esas calles toda clase de animales, y con el fin de evitar contumelias y otrosaccidentes desagradables que pudieran ocurrir: Ordeno y mando.

Artículo 1. Queda prohibido bajo pena de la vida el morirse, hasta pasados ocho días dela publicación de este bando.

2. Todo individuo que coma, beba, duerma y haga otros menesteres que se dirán en casopreciso, está obligado a montar, como montan los hombres si fuere del género masculino, y aque le monten a las ancas, a como mejor le pareciere, si es del femenina.

3. Se previene a las tenderos de toda clase de comestibles incluso las de ropa, que enciendanhogueras (vulgo candeladas en las días de carreras; teniendo cuidado de apagarlas al toquede la oración, para no iluminar lo que debe pasar a oscuras.

4. Siendo las carreras de San Pedro una prueba de lo mucho que adelantamos, aunquesiempre corremos por el mismo lugar, deben ser así mismo un modelo de cortesía; queda puesprivada toda acción sospechosa, como toser, estornudar, etc.

5. Queda igualmente prohibido el llevar las manos a las narices, orejas ni a ninguna otraparte de las que estén vedadas por la buena educación; debiendo al contrario tenerlas siemprede manifiesto para evitar malas interpretaciones.

6. El gobierno de las bestias queda a cargo del bello sexo, por haber demostrado laexperiencia que el otro que no es bello, no contiene muchas veces la fogosidad de los potros quequieren salir de las calles en dirección al campo del Morro.22

  [p. 17]  

7. Para impedir en dicho lugar caídas que pudieran causar rasguños, cardenales ychichones más o menos pronunciados, se pondrá alrededor de la cantera que hay en el mismo,un guardián que avisará con un tiro de fusil la aparición de todo ser animado.

8. En caso de ser estas apariciones tan frecuentes que no tuviese tiempo de cargar el arma,se duplicará, triplicará, y centuplicará el número de guardianes, hasta que entre todos haganun continuo fuego graneado.

9. No pudiendo usarse el agua, sino licores más ligeros y menos dañosos, como el cañete,23anisao, etc., quedan cerrados todos los aljibes, pocos y las cataratas del cielo, hasta pasadosocho días contados desde la fecha.

10. Será declarado reo de lesa carátula todo el que contraviniere en lo más mínimo lasdisposiciones adoptadas en este bando; siendo además juzgado con arreglo al código de TíoLuna.

11. Encargo a los magnates y sacatecas de mis dominios que guarden y hagan guardar elpresente bando, a todo siniquitate24 que se halle bajo su férula, y que agarrochen a los que noquieran entrar en el surco. ¡Vivan las fiestas de San Pedro! ¡vivan las gentes de buen humor!¡viva todo el mundo!

Dado en las Cuevas del Sumidero a 4 del mes de los gatos, y del año de las Cornucopias.-Firmado- Tintinábulo Emperador de los Alanos, Puritanos y Samaritanos; Cabo 2.0 de laCompañía de Morenos de Cangrejos.

Una endiablada gritería y los más furibundos toques de clarines, trompetas y timbales,anunciaron a larga distancia que había terminado la lectura del bando que antecede;emprendieron la marcha en el mismo orden que habían venido, y fueron repitiendo lapublicación en los parajes más públicos, después de lo cual se desbandaron, durando lascarreras basta las dos o las tres de la tarde.

Tal era el Bando de San Pedro en la época a que me he referido; desde unos días antes yaservía de tema de conversaciones muy animadas, y que tenían por objeto la redacción delcelebre documento, que todos deseaban leer; la invención de un disfraz, el hallazgo de unjamelgo indefinible por sus viciosas anomalías, y otras muchas cosas que ocupaban a personasde   [p. 18]   todas las clases de la sociedad: los más entonados iban a caza de alimañas que despreciaríael gitano más hábil, y las más lindas manos se ocupaban en hilvanar, prender, y atar ropajes,flores y cintas, que adornaban a sus allegados, amigos y aún a ellas mismas.

Ahora que he procurado hacer que conozca, o recuerde el lector el Bando de San Pedro,reflexionemos algo sobre el mismo; porque, como he dicho al principio, temo que los progresosde la civilización, arrebatandonos nuestras sencillas costumbres, arrastren consigo todasaquellas diversiones que al par que deleitan, tienen el gusto de la originalidad; diversiones querecuerdan nuestra infancia, y que influyen no poco en el carácter de los habitantes de nuestrasAntillas.

Últimamente ha venido a reducirse esta costumbre a carreras sin objeto ni fin alguno, yla clase privilegiada de la sociedad puertorriqueña se aparta cada día más de ella,considerándola quizá como indigna del buen tono y de la cultura de que con sobrada razónblasona; pero en mi humilde sentir debieran interesarse en sostenerla, por ser un medioeconómico e infalible de divertir al pueblo, y de procurar salida a muchas cosas que no latienen sino en tiempo de tales fiestas.

Aquel regocijo, a que eran llamadas todas las clases, y del que disfrutaban todos, ya comoactores, ya como espectadores, se acomoda mucho a los gustos y hábitos del país. La influenciade gentes de los campos, aumentando las relaciones de estos con la capital, satisfacía ese deseoinnato de hospitalidad y franqueza tan conocido en los habitantes de Puerto Rico. Cada casade la ciudad era una posada gratuita; y esto que de pronto parece una carga muy penosa, tieneallí indemnización segura; si una familia aloja y obsequia a otra que viene a divertirse con lasmáscaras de San Pedro, puede ir a su vez por el tiempo que guste, a disfrutar de los encantosde la campiña, sin más trabajo que un aviso dado algunos días antes.

Excusado es decir, que el comercio gana, y no poco, con el sostenimiento de ésta y otrasfiestas que empiezan a decaer: ¿Quién es el que viene a una capital a divertirse sin que arreglesu equipaje, que en los campos no suele estar siempre a punto de revista? ¿Quién es el quevuelve sin llevar un regalito para el pariente, amigo o esclavo a quien dejó el cuidado de sucasa? ¿Los mismos que reciben a estos forasteros, no tienen precisión   [p. 19]   de ataviarse como ellos,para acompañarles a todas partes? El consumo de la despensa ¿es igual entonces al de los díasordinarios? Respondan a esto el bolsillo de algunos, y las balanzas y la vara de medir de otros.

Finalmente, los hacendados que se dedican a la cría caballar, ganan también, porque si enla mañana de la víspera de San Pedro no se miran las buenas cualidades de las bestias, nosucede lo mismo por la tarde y al día siguiente; cuando la concurrencia y rivalidad las ponentodas de manifiesto; y Dios sabe los tratos, ventas, y cambalaches25 a que esto da lugar; demanera que no se cómo empieza a olvidarse una costumbre tan útilmente graciosa, y tangraciosamente útil; mil veces he pensado remitir a mis paisanos una cartita que tengoborroneada, pero no lo he hecho por cortedad. Esta carta la transmito en reserva a lossuscriptores de El Jíbaro, y dice lo que sigue: «Queridos paisanos, los que vivís felices, entreVieques y Santo Domingo: gozoso estoy a más no poder, con las noticias que recibo de esanuestra tierra, porque según ellas cada día va siendo el país mejor de los posibles; por allápuede un hombre acostarse seguro de que, si no viene la pelona26 por sus pasos contados,despertará al día siguiente sin sustos ni cosa que lo valga, lo cual no sucede en todas partes poracá, en el mundo civilizado, y si no que lo digan los parisienses que hace poco han tenido elinocente desahogo de mandar a la eternidad a más de diez mil de sus hermanos, con suañadidura de robos, mutilaciones, y otras lindezas que no hay más que pedir.27

»Según he sabido, los caminos, puentes, calzadas y otros medios de comunicación que nohace mucho tiempo estaban buenos para los pájaros, ahora se van mejorando que es un gusto;la capital se ha convertido en una tacita de plata, y todos los demás pueblos la van siguiendo,de suerte que cuando yo vuelva, que no está muy lejos, tendré que tomar un cicerone, que meexplique cada una de las muchas novedades que se me ofrezcan a la vista.

»No puedo menos de daros el para bien por tanta dicha, y lo haría, si es posible, de mejorgana, si no hubiera llegado a entender que comenzáis a olvidar, junto con ciertaspreocupaciones   [p. 20]   ridículas, algunas de nuestras sencillas y buenas costumbres: me han dicho,entre varias otras cosas, que apenas os acordáis del Bando de San Pedro, que tanto nosdivertía, y juro por la cuesta del Guaraguao, que no hemos de tener la fiesta en paz hasta quesepa que os habéis corregido. ¿Cómo se entiende, señores reformistas, queréis que no quederastro bueno ni malo de los usos de nuestros padres? ¿Tenéis acaso la vanidad de pensar quenada es bueno más que lo que hagamos nosotros? Si os molesta el sol porque os habéis vueltomás delicados, mudad la hora, pero no toquéis a la costumbre; si algunas palabras que antespasaban no pueden tolerarse en el día, porque el buen gusto se ha desarrollado, ingenios hayen la Isla que os darán cada año un bando mejor que el Código Romano y que las Tablas deSolón.

»Cuidado, señores, señores míos, no nos suceda lo que al loco que dio en tener asco a suspropias uñas, y para impedir que crecieran quería cortarse los dedos; vayamos con tiento, noafinar tanto la guitarra que se le rompan las cuerdas, y tengamos presente que hay un adagioque dice, que no por mucho madrugar, amanece más temprano.

»Fuera de esto, aplaudo ese espíritu de regeneración bien entendida que se desarrollaentre nosotros, quisiera poder contribuir a nuestro adelanto; pero ya que no otra cosa, admirovuestra cordura y sensatez, y quedo vuestro paisano y afectísimo s. s. El Jíbaro de Caguas

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