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Ibero-American Electronic Text Series

Juana Inés de la Cruz, Sister, 1651-1695 / Obras completas : Poesía (1957)

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REDONDILLAS

  [p. [213]]  

DE AMOR Y DE DISCRECIÓN

84

En que describe racionalmente los efectos irracionales
del amor.

ESTE amoroso tormento
que en mi corazón se ve,
sé que lo siento, y no sé
la causa porque lo siento.
Siento una grave agonía
por lograr un devaneo,
que empieza como deseo
y pára en melancolía.
Y cuando con más terneza
mi infeliz estado lloro,
sé que estoy triste e ignoro
la causa de mi tristeza.
Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro,
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano.
Porque, si acaso se ofrece,
después de tanto desvelo,
la desazona el recelo
o el susto la desvanece.
Y si alguna vez sin susto
consigo tal posesión,
cualquiera leve ocasión
me malogra todo el gusto.
Siento mal del mismo bien
con receloso temor,
y me obliga el mismo amor
tal vez a mostrar desdén.
  [p. 214]   Cualquier leve ocasión labra
en mi pecho, de manera,
que el que imposibles venciera
se irrita de una palabra.
Con poca causa ofendida,
suelo, en mitad de mi amor,
negar un leve favor
a quien le diera la vida.
Ya sufrida, ya irritada,
con contrarias penas lucho:
que por él sufriré mucho,
y con él sufriré nada.
No sé en qué lógica cabe
el que tal cuestión se pruebe:
que por él lo grave es leve,
y con él lo leve es grave.
Sin bastantes fundamentos
forman mis tristes cuidados,
de conceptos engañados,
un monte de sentimientos;
y en aquel fiero conjunto
hallo, cuando se derriba,
que aquella máquina altiva
sólo estribaba en un punto.
Tal vez el dolor me engaña
y presumo, sin razón,
que no habrá satisfacción
que pueda templar mi saña;
y cuando a averiguar llego
el agravio porque riño,
es como espanto de niño
que pára en burlas y juego.
Y aunque el desengaño toco,
con la misma pena lucho,
de ver que padezco mucho
padeciendo por tan poco.
A vengarse se abalanza
tal vez el alma ofendida;
y después, arrepentida,
toma de mí otra venganza.
  [p. 215]   Y si al desdén satisfago,
es con tan ambiguo error,
que yo pienso que es rigor
y se remata en halago.
Hasta el labio desatento
suele, equívoco, tal vez,
por usar de la altivez
encontrar el rendimiento.
Cuando por soñada culpa
con más enojo me incito,
yo le acrimino el delito
y le busco la disculpa.
No huyo el mal ni busco el bien:
porque, en mi confuso error,
ni me asegura el amor
ni me despecha el desdén.
En mi ciego devaneo,
bien hallada con mi engaño,
solicito el desengaño
y no encontrarlo deseo.
Si alguno mis quejas oye,
más a decirlas me obliga
porque me las contradiga,
que no porque las apoye.
Porque si con la pasión
algo contra mi amor digo,
es mi mayor enemigo
quien me concede razón.
Y si acaso en mi provecho
hallo la razón propicia,
me embaraza la justicia
y ando cediendo el derecho.
Nunca hallo gusto cumplido,
porque, entre alivio y dolor,
hallo culpa en el amor
y disculpa en el olvido.
Esto de mi pena dura
es algo del dolor fiero;
y mucho más no refiero
porque pasa de locura.
  [p. 216]   Si acaso me contradigo
en este confuso error,
aquél que tuviere amor
entenderá lo que digo.

85

Enseña modo con que la hermosura, solicitada de amor
importuno, pueda quedarse fuera de él con entereza tan
cortés, que haga bienquisto hasta el mismo desaire...

DOS DUDAS en que escoger
tengo, y no sé a cuál prefiera:
pues vos sentís que no quiera,
y yo sintiera querer.
Con que, si a cualquiera lado
quiero inclinarme, es forzoso,
quedando el uno gustoso,
que otro quede disgustado.
Si daros gusto me ordena
la obligación, es injusto
que, por daros a vos gusto,
haya yo de tener pena.
Y no juzgo que habrá quien
apruebe sentencia tal,
como que me trate mal
por trataros a vos bien.
Mas, por otra parte, siento
que es también mucho rigor
que lo que os debo en amor
pague en aborrecimiento.
Y aun irracional parece
este rigor, pues se infiere:
¿si aborrezco a quien me quiere,
qué haré con quien me aborrece?
No sé cómo despacharos:
pues hallo, al determinarme,
que amaros es disgustarme,
y no amaros, disgustaros.
  [p. 217]   Pero dar un medio justo
en estas dudas pretendo,
pues no queriendo, os ofendo,
y queriéndoos, me disgusto.
Y sea ésta la sentencia
porque no os podáis quejar:
que entre aborrecer y amar
se parta la diferencia.
De modo que, entre el rigor
y el llegar a querer bien,
ni vos encontréis desdén
ni yo pueda hallar amor.
Esto el discurso aconseja:
pues con esta conveniencia,
ni yo quedo con violencia
ni vos os partís con queja.
Y que estaremos, infiero,
gustosos con lo que ofrezco:
vos, de ver que no aborrezco;
yo, de saber que no quiero.
Sólo este medio es bastante
a ajustarnos, si os contenta
que vos me logréis atenta
sin que yo pase a lo amante.
Y así quedo, en mi entender,
esta vez, bien con los dos:
con agradecer, con vos;
conmigo, con no querer.
Que aunque a nadie llega a darse
en esto gusto cumplido,
ver que es igual el partido
servirá de resignarse.

[poem]

  [p. 218]  

86

Que responde a un Caballero que dijo ponerse hermosa la
mujer con querer bien.

SILVIO, tu opinión va errada;
que en lo común, si se apura,
no admiten por hermosura
hermosura enamorada.
Pues si hacen, de la extrañeza,
el atractivo más grato,
es el agrio de lo ingrato
la sazón de la belleza.
Porque gozando exenciones
de perfección más que humana,
la acredita soberana
lo libre de las pasiones.
Que no se conserva bien,
ni tiene seguridad,
la rosa de la beldad
sin la espina del desdén.
Mas si el amor hace hermosas,
pudiera excusar, ufana,
con merecer la manzana,
la contienda de las Diosas.
Belleza llego a tener
de mano tan generosa,
que dices que seré hermosa
solamente con querer.
Y así en la lid contenciosa
fuera siempre la triunfante;
que, pues nadie tan amante,
luego nadie tan hermosa.
Mas si de amor el primor
la belleza me asegura,
te deberé la hermosura,
pues me causas el amor.
Del amor tuyo confío
la beldad que me atribuyo;
  [p. 219]   porque siendo obsequio tuyo,
resulta en provecho mío.
Pero a todo satisfago,
con ofrecerte, de nuevo,
la hermosura que te debo
y el amor con que te pago.

87

Pinta la armonía simétrica que los ojos perciben en la Hermosura,
con otra de Música.

CANTAR, Feliciana, intento
tu belleza celebrada;
y pues ha de ser cantada,
tú serás el instrumento.
De tu cabeza adornada,
dice mi amor sin recelo
que los tiples de tu pelo
la tienen tan entonada;
pues con presunción no poca
publica con voz süave
que, como componer sabe,
él solamente te toca.
Las claves y puntos dejas
que Amor apuntar intente,
del espacio de tu frente
a la regla de tus cejas.
Tus ojos, al facistol
que hace tu rostro capaz,
de tu nariz al compás
cantan el re mi fa sol.
El clavel bien concertado
en tu rostro no disuena,
porque, junto a la azucena,
te hacen el color templado.
Tu discreción milagrosa
con tu hermosura concuerda;
mas la palabra más cuerda,
si toca al labio, se roza.
  [p. 220]   Tu garganta es quien penetra
al canto las invenciones,
porque tiene deducciones
y porque es quien mete letra.
Conquistas los corazones
con imperio soberano,
porque tienes en tu mano
los signos e inclinaciones.
No tocaré la estrechura
de tu talle primoroso:
que es paso dificultoso
el quiebro de tu cintura.
Tiene en tu pie mi esperanza
todos sus deleites juntos:
que, como no sabe puntos,
nunca puede hacer mudanza;
y aunque a subir no se atreve
en canto llano, de punto,
en echando contrapunto
blasona de semibreve.
Tu cuerpo, a compás obrado,
de proporción a porfía,
hace divina armonía
por lo bien organizado.
Callo, pues mal te descifra
mi amor en rudas canciones,
pues que de las perfecciones
sola tú sabes la cifra.

88

Pidiendo unos versos a un Caballero que se excusaba de
hacerlos, diciendo que no sabía.

MIS QUEJAS pretendo dar
en estilo tosco y llano,
que el hablar muy cortesano
no es término de cobrar.
Y es bien que el ardid deshaga
de quien, con tanta malicia,
  [p. 221]   me concede la justicia
para negarme la paga.
Pues con intención doblada,
sólo por hacerme mal,
con tan notorio caudal,
me dice que tiene nada.
Que la mitad me ha entregado,
dice con malicia y arte;
que no tengo ni aun la parte,
pues no me dan el traslado.
Y a tanta malicia llega
malicia tan conocida,
que me niega la partida
y la venida me niega.
¡Oh cuánta justicia fuera,
si se viera a buena luz,
si antes le daba la Cruz,
que ahora se la pusiera!
Mas porque de mí no infiera
que a negar también me atrevo,
ahí va el Romance que debo,
y doylo, aunque no debiera.
Que es fácil de discurrir,
cuando lo llego a entregar,
pues no me queda que dar,
que me queda que pedir.

A LA MARQUESA DE LA LAGUNA

89

Al retrato de una decente Hermosura.

ACCIÓN, Lysi, fué acertada
el permitir retratarte,
pues ¿quién pudiera mirate,
si no es estando pintada?
  [p. 222]   Como de Febo el reflejo
es tu hermoso rosicler,
que para poderlo ver
lo miran en un espejo.
Así, en tu copia, advertí
que el que llegare a mirarte,
se atreverá a contemplarte
viendo que estás tú sin ti.
Pues aun pintada, severa
esa belleza sin par,
muestra que para matar
no te has menester entera:
pues si el resplandor inflama
todo lo que deja ciego,
fuera aventurar el fuego,
desautorizar la llama.
Que en tu dominio absoluto,
por más soberano modo,
para sujetarlo todo
basta con un substituto.
Pues ¿qué gloria en la conquista
del mundo pudiera haber,
si te costara el vencer
la indecencia de ser vista?
Porque aunque siempre se venza,
como es victoria tan baja,
conseguida con ventaja,
más es que triunfo, vergüenza;
pues la fuerza superior
que se emplea en un rendido,
es disculpa del vencido
y afrenta del vencedor.
No es la malla y el escudo
seña del valor subido,
porque un pecho muy vestido
muestra un corazón desnudo;
y del muy armado, infiero
que, con recelo y temor,
se desnuda del valor
cuando se viste de acero.
  [p. 223]   Y así era hacer injusticia
a tu decoro y grandeza,
si triunfara tu belleza
donde basta tu noticia.
Amor, hecho tierno Apeles,
en tan divina pintura,
para pintar tu hermosura
hizo las flechas pinceles.
Mira si matará verte
formada tan homicida:
que es cada línea una herida
y cada rasgo una muerte.
Y no fué de Amor locura,
cuando te intentó copiar:
pues quererte eternizar
no fué agraviar tu hermosura;
que estatua, que a la beldad
se le erige por grandeza,
si no copia la belleza,
representa la deidad.
Pues es rigor, si se advierte,
que, en tu copia singular,
estés capaz de matar
e incapaz de condolerte.
¡Oh, tú, bella Copia dura,
que ostentas tanta crueldad,
concédete a la piedad
o niégate a la hermosura!
¿Cómo, divino imposible,
siempre te muestras, airada,
para dar muerte, animada,
para dar vida, insensible?
¿Por qué, hermosa pesadumbre,
de una humilde voluntad,
ni dejas la libertad
ni aceptas la servidumbre?
Pues porque en mi pena entienda
que no es amarte servicio,
violentas al sacrificio
y no agradeces la ofrenda.
  [p. 224]   Tú despojas de la vida
y purgas la sinrazón,
por la falta de intención,
del delito de homicida.
En tan supremo lugar
exenta quieres vivir,
que aun no te tiene el rendir
la costa de despreciar.
Desprecia siquiera, dado
que aun eso tendrán por gloria;
porque el desdén ya es memoria
y el desprecio ya es cuidado.
Mas ¿cómo piedad espero,
si descubro, en tus rigores,
que con un velo de flores
cubres una alma de acero?
De Lysi imitas las raras
facciones; y en el desdén
¿quién pensara que también
su condición imitaras?
¡Oh Lysi, de tu belleza
contempla la Copia dura,
mucho más que en la hermosura
parecida en la dureza!
Vive, sin que el tiempo ingrato
te desluzca; y goza, igual,
perfección de Original
y duración de Retrato.

90

Favorecida y agasajada, teme su afecto parecer gratitud
y no fuerza

SEÑORA, si la belleza
que en Vos llego a contemplar,
es bastante a conquistar
la más inculta dureza,
¿por qué hacéis que el sacrificio
que debo a vuestra luz pura,
  [p. 225]   debiéndose a la hermosura,
se atribuya al beneficio?
Cuando es bien que glorias cante
de ser Vos quien me ha rendido,
¿queréis que lo agradecido
se equivoque con lo amante?
Vuestro favor me condena
a otra especie de desdicha,
pues me quitáis con la dicha
el mérito de la pena;
si no es que dais a entender
que favor tan singular,
aunque se pueda lograr,
no se puede merecer.
Con razón: pues la hermosura,
aun llegada a poseerse,
si llegara a merecerse,
dejara de ser ventura.
Que estar un digno cuidado
con razón correspondido,
es premio de lo servido
y no dicha de lo amado.
Que dicha se ha de llamar
sola la que, a mi entender,
ni se puede merecer
ni se pretende alcanzar.
Y aqueste favor excede
tanto a todos, al lograrse,
que no sólo no pagarse,
mas ni agradecerse puede;
pues desde el dichoso día
que vuestra belleza vi,
tan del todo me rendí,
que no me quedó acción mía.
Con lo cual, Señora, muestro,
y a decir mi amor se atreve,
que nadie pagaros debe
que Vos honréis lo que es vuestro.
Bien sé que es atrevimiento;
pero el amor es testigo
  [p. 226]   que no sé lo que me digo
por saber lo que me siento.
Y en fin, perdonad, por Dios,
Señora, que os hable así:
que si yo estuviera en mí,
no estuvierais en mí Vos.
Sólo quiero suplicaros
que de mí recibáis hoy,
no sólo el alma que os doy,
mas la que quisiera daros.

91

Excusándose de un silencio, en ocasión de un precepto para
que le rompa.

PEDIRTE, Señora, quiero
de mi silencio perdón,
si lo que ha sido atención
le hace parecer grosero.
Y no me podrás culpar
si hasta aquí mi proceder,
por ocuparse en querer,
se ha olvidado de explicar.
Que en mi amorosa pasión
no fué descuido, ni mengua,
quitar el uso a la lengua
por dárselo al corazón.
Ni de explicarme dejaba:
que, como la pasión mía
acá en el alma te vía,
acá en el alma te hablaba.
Y en esta idea notable
dichosamente vivía;
porque en mi mano tenía
el fingirte favorable.
Con traza tan peregrina
vivió mi esperanza vana;
pues te pudo hacer humana
concibiéndote divina.
  [p. 227]   ¡Oh cuán loca llegué a verme
en tus dichosos amores,
que, aun fingidos, tus favores
pudieron enloquecerme!
¡Oh cómo, en tu Sol hermoso
mi ardiente afecto encendido,
por cebarse en lo lucido,
olvidó lo peligroso!
Perdona, si atrevimiento
fué atreverme a tu ardor puro;
que no hay sagraado seguro
de culpas de pensamiento.
De esta manera engañaba
la loca esperanza mía,
y dentro de mí tenía
todo el bien que deseaba.
Mas ya tu precepto grave
rompe mi silencio mudo;
que él solamente ser pudo
de mi respeto la llave.
Y aunque el amar tu belleza
es delito sin disculpa,
castígueseme la culpa
primero que la tibieza.
No quieras, pues, rigurosa,
que, estando ya declarada,
sea de veras desdichada
quien fué de burlas dichosa.
Si culpas mi desacato,
culpa también tu licencia;
que si es mala mi obediencia,
no fué justo tu mandato.
Y si es culpable mi intento,
será mi afecto precito;
porque es amarte un delito
de que nunca me arrepiento.
Esto es mis afectos hallo,
y más, que explicar no sé;
mas tú, de lo que callé,
inferirás lo que callo.
  [p. 228]  

SÁTIRA FILOSÓFICA

[poem]

Arguye de inconsecuentes el gusto y la censura de los hombresque en las mujeres acusan lo que causan.

HOMBRES necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fué liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión, ninguna gana;
pues la que más se recata,
  [p. 229]   si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por crüel
y a otra por fácil culpáis.
¿pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?
Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
  [p. 230]  

EPIGRAMAS

93

Con un desengaño satírico a una Presumida de Hermosa.

QUE TE dan en la hermosura
la palma, dices, Leonor;
la de virgen es mejor,
que tu cara la asegura.
No te precies, con descoco,
que a todos robas el alma:
que si te han dado la Palma,
es, Leonor, porque eres Coco.

94

En que descubre digna estirpe a un Borracho linajudo.

PORQUE tu sangre se sepa,
cuentas a todos, Alfeo,
que eres de Reyes. Yo creo
que eres de muy buena cepa;
y que, pues a cuantos topas
con esos Reyes enfadas,
que, más que Reyes de Espadas,
debieron de ser de Copas.

95

Que dan el Colirio merecido a un Soberbio.

EL NO ser de Padre honrado,
fuera defecto, a mi ver,
si como recibí el ser
de él, se lo hubiera yo dado.
  [p. 231]   Más piadosa fué tu Madre,
que hizo que a muchos sucedas:
para que, entre tantos, puedas
tomar el que más te cuadre.

96

Con advertencia moral, a un Capitán moderno.

CAPITÁN es ya Don Juan;
mas quisiera mi cuidado,
hallarle lo reformado
antes de lo Capitán.
Porque cierto que me inquieta,
en acción tan atrevida,
ver que no sepa la brida
y se atreva a la jineta.

97

Que demuestran a un Sargento las circunstancias
que le faltan.

DE ALABARDA vencedora
un tal Sargento se armó;
mas luego él y ella paró
en lo que contaré ahora:
a ella, una A se desvanece,
porque la Albarda suceda;
a él el Sar, en Sarna queda;
y el Argento no parece.
  [p. 232]  

VERSIÓN DE UNA PLEGARIA LATINA

Oración publicada en latín por la Santidad del Papa Urbano VIII,
de feliz memoria, traducida en Castellano, para
edificación del que leyere, por la delicadísima viveza y claridad
de la Poetisa.

ANTE tus ojos benditos
las culpas manifestamos,
y las heridas mostramos
que hicieron nuestros delitos.
Si el mal que hemos cometido
viene a ser considerado,
menor es lo tolerado,
mayor es lo merecido.
La conciencia nos condena,
no hallando en ella disculpa;
que respecto de la culpa,
es muy liviana la pena.
Del pecado el duro azar
sentimos, que padecemos;
y nunca enmendar queremos
la costumbre del pecar.
Cuando en tus azotes suda
sangre la naturaleza,
se rinde nuestra flaqueza
y la maldad no se muda.
Cuando el pecado amancilla
la mente con fiera herida,
padece el alma afligida
y la cerviz no se humilla.
La vida suelta la rienda
en su acostumbrado error:
suspira con el dolor,
y en el obrar no se enmienda.
  [p. 233]   Puestos entre dos extremos,
en cualquiera peligramos:
si esperas, no la enmendamos;
si te vengas, nos perdemos.
De la aflicción el quebranto
nos obliga a contrición;
y en pasando la aflicción,
se olvida también el llanto.
Cuando tu castigo empieza,
promete el temor humano;
y en suspendiendo la mano,
no se cumple la promesa.
Cuando nos hieres, clamamos
que el perdón nos des, que puedes;
y así que nos lo concedes,
otra vez te provocamos.
Tienes a la humana gente
convicta en su confesión;
que si no le das perdón,
la acabarás justamente.
Concede el humilde ruego,
sin mérito, a quien crïaste,
Tú que de nada formaste
a quien te rogara luego.

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