Juana Inés de la Cruz, Sister, 1651-1695 / Obras completas : Poesía (1957)
ENDECHAS
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Endechas que discurren fantasías tristes de un ausente.
permite siquiera
que por un instante
sosieguen mis penas.
Afloja el cordel
que, según aprietas,
temo que reviente
si das otra vuelta.
Mira que si acabas
con mi vida, cesa
de tus tiranías
la triste materia.
No piedad te pido
en aquestas treguas,
sino que otra especie
de tormento sea.
Ni de mí presumas
que soy tan grosera
que la vida sólo
para vivir quiera.
Bien sabes tú, como
quien está tan cerca,
que sólo la estimo
por sentir con ella,
y porque, perdida,
perder era fuerza
un amor que pide
duración eterna.
[p. 189] Por eso te pido
que tengas clemencia,
no porque yo viva,
sí porque él no muera.
¿No basta cuán vivas
se me representan
de mi ausente Cielo
las divinas prendas?
¿No basta acordarme
sus caricias tiernas,
sus dulces palabras,
sus nobles finezas?
¿Y no basta que,
industriosa, crezcas
con pasadas glorias
mis presentes penas,
sino que (¡ay de mí!,
mi bien, ¿quién pudiera
no hacerte este agravio
de temer mi ofensa?),
sino que, villana,
persuadirme intentas
que mi agravio es
posible que sea?
Y para formarlo,
con necia agudeza,
concuerdas palabras,
acciones contestas:
sus proposiciones
me las interpretas,
y lo que en paz dijo,
me sirve de guerra.
¿Para qué examinas
si habrá quien merezca
de sus bellos ojos
atenciones tiernas;
si de otra hermosura
acaso le llevan
méritos más altos,
más dulces ternezas;
[p. 190] si de obligaciones
la carga molesta
le obliga en mi agravio
a pagar la deuda?
¿Para qué ventilas
la cuestión superflua
de si es la mudanza
hija de la ausencia?
Yo ya sé que es frágil
la naturaleza,
y que su constancia
sola, es no tenerla.
Sé que la mudanza
por puntos, en ella
es de su sér propio
caduca dolencia.
Pero también sé
que ha habido firmeza;
que ha habido excepciones
de la común regla.
Pues, ¿por qué la suya
quieres tú que sea,
siendo ambas posibles,
de aquélla y no de ésta?
Mas ¡ay! que ya escucho
que das por respuesta
que son más seguras
las cosas adversas.
Con estos temores,
en confusa guerra,
entre muerte y vida
me tienes suspensa.
Vén a algún partido
de una vez, y acepta
permitir que viva
o dejar que muera.
[poem]
[p. 191]71
Para cantar a la música de un tono y baile regional, que
llaman el Cardador.
(tengan atención),
porque es de la carda,
por el cardador.
Del pelo el esquilmo,
mejor que Absalón,
se vende por oro
con ser de vellón.
En su frente lisa
Amor escribió,
y dejó las cejas
a plana renglón.
Los ojos rasgados,
de ábate que voy,
y luego unas niñas
de líbrenos Dios.
Con tener en todo
tan grande sazón,
sólo las mejillas
se quedan en flor.
Ámbar es y algalia
la respiración,
y así las narices
andan al olor.
De los lacticinios
nunca se guardó,
pues siempre en su cuello
se halla requesón.
Es tan aseada
que, sin prevención,
en sus manos siempre
está el almidón.
Talle más estrecho
que la condición
[p. 192] de cierta persona
que conozco yo.
Pie a quien de tan poco
sirve el calzador,
que aun el poleví
tiene por ramplón.
Éste, de Belilla
no es retrato, no;
ni bosquejo, sino
no más de un borrón.
72
Para otro baile, tono y música regional que llaman
San Juan de Lima.
que en lugar de dar
confites al gusto,
dentera le das:
por San Juan de Lima
te quiero pintar,
porque entre tus agrios
tengas éste más.
El ámbar y mirra
en tu pelo está
derretido: mira
si amaro será.
Tu frente el jazmín
pretende afeitar,
pero al fin se sale
con ello el azahar.
La tinta a tus cejas
el color les da,
con que a alcaparrosa
y agallas sabrán.
Son aceitunados
tus ojos, y están
bien aderezados
de orégano y sal.
[p. 193] Quiso a tus mejillas
teñir un lagar;
mas, como eres niña,
se quedó en agraz.
El carmín más vivo
en tu boca está,
a la vista hermoso
y amargo al gustar.
Tu cándido cuello
tan nevado está,
que sobre el limón
se puso la sal.
De cuajada leche
tus manos serán,
de la que al sereno
se pasó a acedar.
Al coturno de oro
los ojos se van,
mas se experimentan
píldora al tragar.
Si este tu retrato
muy agrio no está,
ponle tú la hiel
de tu natural.
73
Segunda enhorabuena de cumplir años el Señor Virrey,
Marqués de la Laguna.
gran Señor, que el Cielo
destinó dichoso
para natal vuestro.
Suma el Sol la cuenta
que escribe en aquellos
de estrellas guarismos,
rasgos de luceros.
El dorado torno
que devana en bellos
[p. 194] hilos de sus rayos
claros crecimientos,
de los doce Signos
con huellas de fuego
pisó ya otra vez
los varios aspectos.
Ya otra vez ha visto
los opuestos ceños
del Alemán frío
y el adusto Negro.
Ya ostentó otra vez,
con varios efectos,
Primavera, Estío,
Otoño e Invierno.
Ya ausente, y ya cerca,
ha dado al Noruego
ya perpetuas sombras
y ya lucimientos.
Ya otra vez la rueda
voluble del tiempo
clausuró del giro
un círculo entero.
¿Quién que el tiempo duda,
quién duda que Febo
los repite ufano
por ser años vuestros?
Y yo más que todos,
gran Tomás excelso,
que más obligada
celebrarlos debo;
yo, que a vuestros pies
ponerme no puedo,
porque la fortuna
se opone al deseo,
en prendas de fe,
en señal de feudo,
que mi corazón
debe a vuestro imperio,
estos os envío
mal formados versos,
[p. 195] en quien la verdad
es sólo lo bueno.
No os quiero decir
que pido a los Cielos
ni que duréis siglos
ni que seáis eterno:
que estos cortesanos
modos lisonjeros
son de los Palacios,
no de los Conventos.
Que ni aun de esa suerte
tengo yo, por cierto,
el querer que el Mundo
os logre perpetuo.
Gentil Alejandro
lo juzgó pequeño;
pues ¿qué hará un tan grande
Cató1ico pecho?
Quien puede aspirar
a pisar luceros
¿ha de contentarse
con caducos premios?
No, Señor: que es ser
avaro el deseo
que, pudiendo más,
solicita menos.
Lo que yo con Dios
para vos pretendo
es, tras larga vida,
el descanso eterno,
gozando de Aquél
cuyo Nacimiento
en prendas de gloria
quiso unir al vuestro.
[poem]
[p. 196]74
Prosigue en respeto amoroso dando enhorabuenas de cumplir
años la Señora Virreina.
soberana Lysi,
en quien la belleza
e ingenio compiten.
¿Bella una vez sola?
¡Oh qué poco dije!
Discreta mil veces,
bella otros mil miles.
No es esto alabarte,
que para aplaudirte
son aun de la Fama
roncos los clarines.
Ni hacerte lisonjas
a nadie es posible,
pues ninguna hay que
tú no verifiques.
Porque ¿qué alabanza
puedo yo decirte
que no halle verdad
el que la averigüe?
Que si es lisonjero
el que, en lo que dice,
o más encarece
o lo que no hay finge,
¿qué cosa de ti
puede discurrirse,
que mayor no sea
de lo que se explique?
El que copia al Sol,
aunque solicite
copiarle más bello,
nunca lo consigue,
pues por más que intenso
el estudio aplique,
[p. 197] quedará más bello
de lo que le pinten.
Así, si tus partes
quieren aplaudirse,
sólo en no copiarlas
pudieran mentirte.
Porque es tu hermosura
tan inaccesible,
que quien más la alaba
menos la define;
tu ingenio y tus gracias,
tan imperceptibles,
que no les da alcance
la pluma más lince.
Y así, mi intención
no es de referirte
lo que nadie entiende
y todos repiten,
porque todos cantan
tus prendas sublimes,
y cuán grandes sean
nadie lo concibe;
sino, de tus años
al día felice,
dar de mis afectos
el tributo humilde.
Vive, y a tu edad
el Sol que la asiste
nunca la mensure,
sólo la ilumine.
A tus primaveras
el Tiempo fluxible
sirva solamente,
no las examine.
Tantos como prendas,
años multipliques,
y ellos solamente
cuenten tus Abriles:
pues serás eterna
por cuenta infalible,
[p. 198] si por perfecciones
tus años se miden.
Vive en el dichoso
consorcio apacible
de tu dulce Esposo,
de tu Amante firme:
del excelso Cerda,
que a tu Real Estirpe
une sus gloriosos
personales timbres;
y de José, bello
vínculo que ciñe
de vuestros dos cuellos
las amantes vides:
en cuyos progresos
pido a Dios que mires
la piedad de Numa
y el valor de Aquiles,
para que de tantos
Héroes invencibles
las claras memorias
en él resuciten.
Vive, porque yo,
de tus rayos Clicie,
sólo vivo aquello
que pienso que vives.
ROMANCILLOS HEPTASÍLABOS
75
Que expresan cultos conceptos de afecto singular.
si ignoras que te quiero
--que ignorar lo dichoso
es muy de lo discreto --,
[p. 199] que apenas fuiste blanco
en que el Rapaz Arquero
del tiro indefectible
logró el mejor acierto,
cuando en mi pecho amante
brotaron, al incendio
de recíprocas llamas,
conformes ardimientos.
¿No has visto, Fabio mío,
cuando el Señor de Delos
hiere con armas de oro
la luna de un espejo,
que haciendo en el cristal
reflejo el rayo bello,
hiere, repercusivo,
al más cercano objeto?
Pues así--del Amor
las flechas, que en mi pecho
tu resistente nieve
les dió mayor esfuerzo,
vueltas a mí las punta--,
dispuso Amor soberbio
sólo con un impulso
dos alcanzar trofeos.
Díganlo las ruïnas
de mi valor deshecho,
que en contritas cenizas
predican escarmientos.
Mi corazón lo diga
que, en padrones eternos,
inextinguibles guarda
testimonios del fuego.
Segunda Troya el alma
de ardientes Mongibelos,
es pavesa a la saña
de más astuto Griego.
De las sangrientas viras
los enyerbados hierros
por las venas difunden
el amable veneno.
[p. 200] Las cercenadas voces
que, en balbucientes ecos,
si el amor las impele
las retiene el respeto.
Las niñas de mis ojos
que, con mirar travieso,
sinceramente parlan
del alma los secretos.
El turbado semblante,
y el impedido aliento
en cuya muda calma
da voces el afecto.
Aquel decirte más
cuando me explico menos,
queriendo en negaciones
expresar los conceptos.
Y, en fin, dígaslo tú
que de mis pensamientos,
lince sutil, penetras
los más ocultos senos.
Si he dicho que te he visto,
mi amor está supuesto,
pues es correlativo
de tus merecimientos.
Si a ellos atiendes, Fabio,
con indicios más ciertos
verás de mis finezas
evidentes contextos.
Ellos a ti te basten;
que si prosigo, pienso
que con superfluas voces
su autoridad ofendo.
[poem]
[p. 201]76
Que prorrumpen en las voces del dolor al despedirse para
una ausencia.
después de penas tantas
quedan para la queja
alientos en el alma;
si acaso en las cenizas
de mi muerta esperanza
se libró por pequeña
alguna débil rama,
adonde entretenerse
con fuerza limitada,
el rato que me escuchas,
pueda la vital aura;
si acaso a la tijera
mortal que me amenaza
concede breves treguas
la inexorable Parca,
oye, en tristes endechas,
las tiernas consonancias
que al moribundo cisne
sirven de exequias blandas.
Y antes que Noche eterna,
con letal llave opaca,
de mis trémulos ojos
cierre las lumbres vagas,
dáme el postrer abrazo
cuyas tiernas lazadas,
siendo unión de los cuerpos,
identifican almas.
Oiga tus dulces ecos
y, en cadencias turbadas,
no permita el ahogo
enteras las palabras.
De tu rostro en el mío
haz, amoroso, estampa;
[p. 202] y las mejillas frías
de ardiente llanto baña.
Tus lágrimas y mías
digan, equivocadas,
que aunque en distintos pechos
las engendró una causa.
Unidas de las manos
las bien tejidas palmas,
con movimientos digan
lo que los labios callan.
Dáme por prendas firmes
de tu fe no violada,
en tu pecho escrituras,
seguros en tu cara,
para que cuando baje
a las Estigias aguas,
tuyo el óbolo sea
para fletar la barca.
Recibe de mis labios
el que, en mortales ansias,
el exánime pecho
último aliento exhala.
Y el espíritu ardiente
que, vivífica llama,
de acto sirvió primero
a tierra organizada,
recibe, y de tu pecho
en la dulce morada
padrón eterno sea
de mi fineza rara.
Y a Dios, Fabio querido,
que ya el aliento falta,
y de vivir se aleja
la que de ti se aparta.
[poem]
[p. 203]77
Que explican un ingenioso sentir de ausente y desdeñado.
¿quién sino yo hallar puedo
a la ausencia en los ojos
la presencia en lo lejos?
Del desprecio de Filis,
infelice, me ausento.
¡Ay de aquél en quien es
aun pérdida el desprecio!
Tan atento la adoro
que, en el mal que padezco,
no siento sus rigores
tanto como el perderlos.
No pierdo, al partir, sólo
los bienes que poseo,
si en Filis, que no es mía,
pierdo lo que no pierdo.
¡Ay de quien un desdén
lograba tan atento,
que por no ser dolor
no se atrevió a ser premio!
Pues viendo, en mi destino,
preciso mi destierro,
me desdeñaba más
porque perdiera menos.
¡Ay! ¿quién te enseñó, Filis,
tan primoroso medio:
vedar a los desdenes
el traje del afecto?
A vivir ignorado
de tus luces, me ausento
donde ni aun mi mal sirva
a tu desdén de obsequio.
[poem]
[p. 204]78
Expresa, aún con expresiones más vivas, el sentimiento que
padece una mujer amante de su marido muerto.
sola en este retrete
por pena, o por alivio,
permite Amor que quede;
agora, pues, que hurtada
estoy, un rato breve,
de la atención de tantos
ojos impertinentes,
salgan del pecho, salgan
en lágrimas ardientes,
las represadas penas
de mis ansias crüeles.
Afuera, ceremonias
de atenciones corteses,
alivios afectados,
consuelos aparentes.
Salga, el dolor, de madre,
y rompa vuestras puentes
del raudal de mi llanto
el rápido torrente.
En exhalados rayos
salgan confusamente
suspiros que me abrasen,
lágrimas que me aneguen.
Corran de sangre pura,
que mi corazón vierte,
de mis perennes ojos
las dolorosas fuentes.
Dé voces mi dolor,
que empañen indecentes
esos espejos puros
de la Esfera celeste.
Publique, con los gritos,
que ya sufrir no puede
[p. 205] del tormento inhumano
las cuerdas inclementes.
Ceda al amor el juicio,
y con extremos muestre
que es sólo de mi pecho
el duro presidente.
¡En fin, murió mi esposo!
Pues ¿cómo, indignamente,
yo la suya pronuncio
sin pronunciar mi muerte?
¿Él sin vida, y yo animo
este compuesto débil?
¿yo con voz, y él difunto?
¿yo viva, cuando él muere?
No es posible; sin duda
que, con mi amor aleves,
o la pena me engaña
o la vida me miente.
Si él era mi alma y vida,
¿cómo podrá creerse
que sin alma me anime,
que sin vida me aliente?
¿Quién conserva mi vida,
o de adónde le viene
aire con que respire,
calor que la fomente?
Sin duda que es mi amor
el que en mi pecho enciende
estas señas, que en mí
parecen de viviente.
Y como, en un madero
que abrasa el fuego ardiente,
nos parece que luce
lo mismo que padece;
y cuando el vegetable
humor en él perece,
nos parece que vive
y no es sino que muere:
así yo, en las mortales
ansias que el alma siente,
[p. 206] me animo con las mismas
congojas de la muerte.
¡Oh, de una vez acabe;
y no cobardemente
por resistirme de una,
muera de tantas veces!
¡O caiga sobre mí
la Esfera transparente,
desplomados del polo
sus diamantinos ejes;
o el centro en sus cavernas
me preste obscuro albergue,
cubriendo mis desdichas
la Máquina terrestre;
o el Mar, entre sus ondas
sepultada, me entregue
por mísero alimento
a sus voraces peces!
¡Niegue el Sol a mis ojos
sus rayos refulgentes,
y el aire a mis suspiros
el necesario ambiente!
¡Cúbrame eterna noche,
y el siempre obscuro Lete
borre mi nombre infausto
del pecho de las gentes!
Mas ¡ay de mí!, que todas
las criaturas crüeles
solicitan que viva
porque gustan que pene.
¿Pues qué espero? Mis propias
penas de mí se venguen
y a mi garganta sirvan
de funestos cordeles,
diciendo con mi ejemplo
a quien mis penas viere:
Aquí murió una vida
porque un amor viviese.
[poem]
[p. 207]79
Consuelos seguros en el desengaño.
llegasteis al extremo
que pudo en vuestro sér
verificar el serlo.
Todo lo habéis perdido;
mas no todo, pues creo
que aun a costa es de todo
barato el escarmiento.
No envidiaréis de Amor
los gustos lisonjeros:
que está un escarmentado
muy remoto del riesgo.
El no esperar alguno
me sirve de consuelo;
que también es alivio
el no buscar remedio.
En la pérdida misma
los alivios encuentro:
pues si perdí el tesoro,
también se perdió el miedo.
No tener qué perder
me sirve de sosiego;
que no teme ladrones,
desnudo, el pasajero.
Ni aun la libertad misma
tenerla por bien quiero:
que luego será daño
si por tal la poseo.
No quiero más cuidados
de bienes tan inciertos,
sino tener el alma
como que no la tengo.
SEGUIDILLAS
80
Pintura de la Excelentísima Señora Condesa de Galve,
por comparaciones de varios Héroes.
mi amor retrata,
para que la pintura
valiente salga.
Ulises es su pelo,
con Alejandro:
porque es sutil el uno,
y el otro largo.
Un Colón es su frente
por dilatada,
porque es quien su Imperio
más adelanta.
A Cortés y Pizarro
tiene en las cejas,
porque son sus divisas
medias Esferas.
César son y Pompeyo
sus bellos ojos,
porque hay guerras civiles
del uno al otro.
Es su proporcionada
nariz hermosa
Aníbal, porque siempre
se opone a Roma.
Alencastro y Ayorque
son sus mejillas,
porque mezcladas rosas
son sus divisas.
A su boca no hay Héroe,
porque no encuentro
[p. 209] con alguno que tenga
tan buen aliento.
Es su bien torneado
cándido cuello,
Hércules, pues él solo
sustenta el Cielo.
De Scévola las manos,
aunque nevadas,
son: pues en ellas siempre
tiene las brasas.
Los pies, si es que los tiene,
nunca los vide;
y es que nunca a un Valiente
los pies le sirven.
ENDECHAS DE SIETE Y DIEZ
81
Demostrando afectos de un favorecido que se ausenta.
si, al tiempo de apartarme,
tiene mi amante pecho
alientos de quejarse,
oye mis penas, mira mis males.
Aliéntese el dolor,
si puede lamentarse;
y, a vista de perderte,
mi corazón exhale
llanto a la tierra, quejas al aire.
Apenas de tus ojos
quise al Sol elevarme,
cuando mi precipicio
da, en sentidas señales,
venganza al fuego, nombre a los mares.
[p. 210] Apenas tus favores
quisieron coronarme,
dichoso más que todos,
felice como nadie,
cuando los gustos fueron pesares.
Sin duda el ser dichoso
es la culpa más grave,
pues mi fortuna adversa
dispone que la pague
con que a mis ojos tus luces falten.
¡Ay, dura ley de ausencia!,
¿quién podrá derogarte,
si adonde yo no quiero
me llevas, sin llevarme,
con alma muerto, vivo cadáver?
Será de tus favores
sólo el corazón cárcel,
por ser aun el silencio,
si quiero que los guarde,
custodio indigno, sigilo frágil.
Y puesto que me ausento,
por el último vale
te prometo, rendido,
mi amor y fe constante:
siempre quererte, nunca olvidarte.
ENDECHAS REALES
82
Expresa su respeto amoroso: dice el sentido en que llama
suya a la Señora Virreina Marquesa de la Laguna.
perdona si me atrevo
a llamarte así, cuando
aun de ser tuya el nombre no merezco.
[p. 211] Y creo, no osadía
es llamarte así, puesto
que a ti te sobran rayos,
si en mí pudiera haber atrevimientos.
Error es de la lengua,
que lo que dice imperio
del dueño, en el dominio,
parezcan posesiones en el siervo.
Mi rey, dice el vasallo;
mi cárcel, dice el preso;
y el más humilde esclavo,
sin agraviarlo, llama suyo al dueño.
Así, cuando yo mía
te llamo, no pretendo
que juzguen que eres mía,
sino sólo que yo ser tuya quiero.
Yo te vi; pero basta:
que a publicar incendios
basta apuntar la causa,
sin añadir la culpa del efecto.
Que mirarte tan alta,
no impide a mi denuedo;
que no hay Deidad segura
al altivo volar del pensamiento.
Y aunque otras más merezcan,
en distancia del Cielo
lo mismo dista el valle
más humilde, que el monte más soberbio.
En fin, yo de adorarte
el delito confieso;
si quieres castigarme,
este mismo castigo será premio.
[poem]
[p. 212]83
Satisface con agradecimiento a una queja que Su Excelencia
tuvo, de no haberla esperado a ver.
tu sacra deidad sabe,
para humillar mis dichas,
mezclarme en los favores los pesares!
No esperar, fué el delito
que quieres castigarme;
¿quién creerá que fué culpa
no esperar lo que no puede esperarse?
Casualidad fué sola
quien pudo ocasionarme;
que nunca a un infelice
faltan para su mal casualidades.
En leyes de Palacio,
el delito más grave
es esperar; y en mí
fué el delito mayor el no esperarte.
Acusas mi cariño,
como si fuera fácil
pensar yo que tú piensas
que dejar de adorarte puede nadie.
Desconfïar de aquello
que es preciso ignorarse,
es gala de lo cuerdo
y fuera imperfección en las Deidades.
Mas tú, divino Dueño,
¿cómo puedes negarme
que sabes que te adoro,
porque quién eres, de por fuerza, sabes?
Baste ya de rigores,
hermoso Dueño, baste;
que tan indigno blanco
a tus sagrados tiros es desaire.
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