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Ibero-American Electronic Text Series

Tristán, Flora / Peregrinaciones de una Paria [Selección] (1946)

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X

LA EX-PRESIDENTA DE LA REPÚBLICA

A pesar de todas las distracciones que Lima me ofrecía y de la acogida amistosa de mis nuevos amigos, deseaba vivamente marcharme. Por radiante que fuese la ciudad a causa de la bondad de su clima y la alegría de sus habitantes, era el último lugar de la tierra en donde yo hubiese querido vivir. La sensualidad reina en ella exclusivamente. Todos aquellos seres tienen ojos, odios y paladar, más no tienen alma que responda a la vista, a los sonidos y al gusto. Jamás he sentido un vacío más completo y una aridez más agobiadora que durante los dos meses que permanecí en Lima.

La impaciencia que sentía por regresar a Europa, a la que apreciaba y amaba más desde que la había dejado, me hizo vacilar un instante para ir a Valparaíso en donde esperaba encontrar listo un navío que se hiciese a la vela para Burdeos. Pero abandoné muy pronto este proyecto con la certidumbre casi absoluta de que encontraría a Chabrié en Chile. Soporté, pues, con resignación los gastos y el disgusto de mi estada en Lima.

Con todo, me demoré algún tiempo antes de resolverme a retener mi pasaje, no porque temiese la mala alimentación a bordo de una nave mercante inglesa, sino porque deseaba ardientemente regresar por la América del Norte. Era un viaje muy penoso. M. Briet que lo había hecho, casi sucumbió de fatiga. Sin embargo, me sentí con fuerzas para emprenderlo y lo hubiese realizado si hubiese tenido dinero suficiente para subvenir a los gastos del camino. Confieso que sentí vivo pesar. Escribí a mi tío manifestándole   [p. 426]   el deseo de conocer esta parte de América y le dejé ver que mi falta de recursos me impedía tomar esa ruta. Diez veces estuve a punto de pedirle francamente la suma que me era indispensable, ¡tan dominante es en mí el gusto por los viajes! Pero mi orgullo venció. Las respuestas de mi tío, relativas a mi proyecto, me hacían temer una negativa, y no quise exponerme a ella.

Tomé pasaje en el William Rusthon de Liverpool, que debía llegar y salir en línea recta hasta Plymouth.

Hacía dos meses que había salido de Arequipa, cuando llegó esta nave al Callao, trayendo a bordo a la señora Pancha de Gamarra, acompañada por su secretario Escudero. M. Smith vino a darme la noticia y me trajo un gran paquete de cartas de Arequipa en las cuales me referían los acontecimientos de la última revolución.

El señor y la señora Gamarra habían entrado el 27 de abril en Arequipa, en donde las necesidades de su partido les arrastraron, como de costumbre, por la vía de las exacciones. Impusieron a los habitantes una enorme contribución, por medio de prisiones y de otras medidas militares y les faltó autoridad o deseo para impedir que sus soldados cometiesen mil rapiñas. Todas las clases de la población estaban exasperadas. Los soldados exigían rescate a los individuos cuando se les presentaba la ocasión y ellos mismos no podían salir aisladamente al campo sin correr el riesgo de que los campesinos los mataran. Uno de ellos murió de una cuchillada que le dio un monje a quien exigió dos reales. Un descontento general fermentaba en todo el territorio ocupado por los gamarristas y atraía la población al partido de Orbegoso. Por todas partes gritaban: ¡Viva Nieto! Este, atrincherado en la ciudad de Tacna a la cual se había replegado, esperaba que las circunstancias le llamasen de nuevo a representar un papel. Los gamarristas intentaron explotar otra vez su credulidad y le enviaron a su cuñado con una carta de Bermúdez, anunciándole la derrota del partido de Orbegoso. Pero ya Nieto no se dejó engañar, rechazó sus avances y entró en negociaciones con Santa Cruz, Presidente de Bolivia, para obtener socorros.

Tal era la situación cuando el domingo de Pentecostés, 18 de mayo, dos compañías abandonaron el partido de Bermúdez. En el instante menos esperado por la señora de Gamarra, se vio a don Juan Lobatón, mayor del batallón "Ayacucho”, apoderarse de la artillería con doscientos hombres y gritar en la plaza: ¡Viva Orbegoso!...   [p. 427]   ¡Viva Nieto!... ¡Viva la ley!... El pueblo aborrecía a estos soldados, creyó que era una estratagema de su parte y que actuaban así para tener ocasión de apoderarse de los hombres que se adhirieran a ellos, y en su indignación se precipitó sobre los revoltosos. Hubo quince o veinte muertos en el altercado, entre ellos Lobatón, el autor del movimiento.

Cuando el pueblo vio los cadáveres, el desorden llegó al colmo. En su exasperación se dirigió a la casa ocupada por la señora Gamarra y la saqueó. Doña Pancha había visto venir la tempestad y escapó del furor popular escondiéndose en una casa vecina. El pueblo, en su furia, mato indistintamente a los soldados y oficiales que habían hecho la revolución así como a los demás y para sustraer a los militares a la matanza, hubo necesidad de esconderlos. La casa de Gamio, que había ocupado San Román, fue saqueada y también la de Angelita Tristán, en donde vivió Quiroga. Pero ya éste había huido.

En el primer momento mi tío fue nombrado por aclamación comandante militar. Al día siguiente todo quedó en orden. El pueblo se sometió a los consejos de los jefes que había escogido. Sus sufrimientos y su victoria habían reanimado su moral a tal punto que en cuanto circuló el rumor, verdadero o falso, de que se acercaban los gamarristas, todos se apresuraron, incluso las gentes del campo, a armarse y a salir a su encuentro.

Arismendi, Landauri y Rivero fueron, con Lobatón, los autores de la revuelta. Ellos se pusieron a la cabeza del pueblo y expulsaron de Arequipa a los gamarristas. Este acontecimiento desanimó a los diversos cuerpos partidarios de Bermúdez y todos, sucesivamente, reconocieron por Presidente a Orbegoso. Nieto entró en Arequipa el 22 de mayo. Según la costumbre, gravó con una contribución excesiva a los desgraciados propietarios de la ciudad. Al obispo le impuso 100,000 pesos... y a los demás en la debida proporción. Pero don Pío, que formaba parte del gobierno supremo, se vio esta vez exento de toda contribución. Gamarra se refugió en Bolivia. Su esposa, contra quien se dirigía principalmente el odio popular, se mantuvo siempre escondida. Sólo por influencia de mi tío logró poder retirarse desterrada a Chile y aún así se encontró en el caso de salir de noche para librarse de la venganza del pueblo que reclamaba su muerte.

Escudero, así como la señora Gamarra, me rogaron ir a verles a bordo del navío inglés del que no tenían permiso de bajar. Me dirigí en seguida al Callao. Al llegar a bordo me recibió Escudero. Me   [p. 428]   apretó la mano con cordialidad. Le correspondí esa prueba de afecto y le dije en francés:

--Querido coronel ¿cómo es que después de haberle dejado hace dos meses vencedor y dueño de Arequipa, le encuentro prisionero en este navío y arrojado de aquella ciudad?

--Señorita, es así como la suerte zarandea a los hombres que representan un papel en un país presa de las guerras civiles, en donde, sin conciencia pública, se lucha sólo por un jefe. Después de su partida, he pensado a menudo en usted. Tenía usted razón y comienzo a creer que podría hacer algo mejor que permanecer en América. Quizá sin estos últimos acontecimientos de Arequipa habría regresado con usted a Europa en este barco. Lo he pensado más de una vez, pero este es otro de aquellos proyectos que la fatalidad de mi destino ha hecho desvanecer. Aquí estoy arraigado para siempre. La pobre presidenta se ve arrojada de todas partes, su causa está perdida sin remedio, su cobarde e imbécil marido ha ido a buscar refugio donde Santa Cruz y ciertamente va a perder las pocas probabilidades de éxito que pudieran quedarle. No puedo abandonar a esta mujer. Con la ayuda de su tío, mi abnegación ha logrado sustraerla a las venganzas populares. Hemos huido de Arequipa de noche, como bandidos. Igualmente de noche la hicimos embarcar, pues temíamos por su vida a causa del odio homicida que la persigue. Santa Cruz no quiso recibirla en sus estados y se la deporta a Chile. En cuanto a mí estoy completamente libre. Nieto me ha rogado quedarme con él y Santa Cruz me reclama en todas sus cartas. Pero usted comprende, Florita, que la señora Gamarra, en la desgracia, tiene derecho a mi abnegación. Mientras esta mujer esté prisionera, desterrada y repudiada por todos, debo seguirla a su prisión, a su destierro y ser todo para ella.

En aquel momento Escudero me pareció sublime. Le apreté la mano y le dije con una voz cuyo acento le hizo comprender mi pensamiento:

--Pobre amigo, usted era digno de mejor suerte...

Iba a continuar cuando la señora Gamarra apareció en el puente.

--¡Ah! ¡mi señorita Florita! ¡qué contenta estoy de verla !... Estaba impaciente por conocerla. ¿Sabe, linda señorita que ha conquistado usted a nuestro querido Escudero? Me habla de usted sin cesar y la cita a todo momento. En cuanto a su tío, ya no procede   [p. 429]   sino bajo su inspiración. ¡Ah! ¡mala! Estuve muy molesta con usted cuando supe que había abandonado Arequipa la antevíspera de mi llegada. ¡Qué! ¡Usted quería ver a San Román, y su curiosidad no llegó hasta la salvaje, la feroz, la terrible doña Pancha! Pero me parece, querida Florita, que si el Coco de los arequipeños le parecía digno de figurar en su diario, el gran Coco del Perú ¿no debe también tener un sitio en él?

Hablando así me condujo al extremo de la toldilla, me hizo sentar junto a ella y despidió con la mano a los importunos que tenían deseo de seguirme. Prisionera, dona Pancha era todavía presidenta. La espontaneidad de su gesto manifestaba la conciencia que tenía de su superioridad. Nadie permaneció en la cubierta aunque corrido el toldo era el único sitio en donde se estaba protegido de un sol abrasador. Todo el mundo quedó abajo en el puente. Me examinaba con gran atención y yo la miraba con no menos interés. Todo en ella anunciaba a una mujer excepcional, tan extraordinaria por el poder de su voluntad como por el gran alcance de su inteligencia. Podía tener 34 o 36 años, era de talla mediana y de constitución robusta, aunque muy delgada. Su rostro, según las reglas con que se pretende medir la belleza, no era ciertamente hermoso. Pero a juzgar por el efecto que producía sobre todo el mundo sobrepasaba a la más bella. Como Napoleón, todo el imperio de su hermosura estaba en su mirada. ¡Cuánto orgullo! ¡cuánto atrevimiento! ¡cuánta penetración! ¡con qué ascendiente irresistible imponía el respeto, arrastraba las voluntades y cautivaba la admiración! El ser a quien Dios concede aquella mirada no necesita de la palabra para gobernar a sus semejantes. Posee un poder de persuasión que se soporta y no se discute. Su nariz era larga, con la punta ligeramente arremangada. Su boca grande, pero expresiva. Su cara larga, pero llena de vida. Tenía una enorme cabeza coronada por largos y espesos cabellos que bajaban hasta la frente. Eran estos de un castaño oscuro, brillante y sedoso. Su voz tenía un sonido sordo, duro e imperativo. Hablaba de una manera brusca y seca. Sus movimientos eran graciosos, pero traicionaban constantemente la preocupación de su pensamiento. Su vestido ligero y elegante, de los más esmerados, formaba un extraño contraste con la dureza de su voz, con la austera dignidad de su mirada y la gravedad de su persona. Llevaba un traje de gros de la India color ave del paraíso bordado de seda blanca, ricas medias de seda rosa y zapatos de raso blanco. Un gran chal de   [p. 430]   crespón de China punzó, bordado de blanco, el más lindo que he visto en Lima, caía negligentemente sobre sus hombros. Tenía sortijas en todos los dedos, zarcillos de diamantes, un collar de perlas finas de gran belleza, y debajo pendía un pequeño escapulario sucio y muy usado. Al ver la sorpresa que sentía al examinarla, me dijo bruscamente:

--Estoy segura, querida Florita, que usted cuyo modo de vestir es tan sencillo, me encuentra muy ridícula con mi grotesca indumentaria. Pero creo que habiéndome ya juzgado, debe usted comprender que estos vestidos no son los míos. Usted ve allí a mi hermana, tan gentil. La pobre niña no sabe si no llorar. Es ella quien, esta mañana, los ha traído y me ha suplicado que me los ponga para darle gusto a ella, a mi madre y a los demás. Esas buenas gentes se imaginan que mi fortuna podrá rehacerse si yo consiento en usar vestidos llegados de Europa. Cediendo a sus instancias me he puesto este traje en el cual me siento molesta, esas medias que son frías para mis piernas, ese gran chal que temo quemar o ensuciar con la ceniza de mi cigarro. Me gustan los vestidos cómodos para montar a caballo, soportar las fatigas de una campaña y visitar los campamentos, los cuarteles y las naves peruanas. Son los únicos que me convienen. Desde hace mucho tiempo recorro el Perú en todas direcciones, vestida con un largo pantalón de tosco paño fabricado en el Cuzco, mi ciudad natal, con una amplia chaqueta del mismo paño, bordada de oro y con botas con espuelas de oro. Me gusta el oro. Es el mejor adorno de un peruano, es el metal precioso al que mi país debe su reputación. Tengo también una gran capa un poco pesada, pero muy abrigadora. Fue de mi padre y me ha sido muy útil en medio de las nieves de nuestras montañas. Usted admira mis cabellos, agregó esta mujer de mirada de águila. Querida Florita, en mi carrera, mi audacia y mi fuerza muscular han sido a menudo menores que mi valor, y mi posición se ha visto algunas veces comprometida. He debido, para suplir la debilidad de nuestro sexo, conservar sus atractivos y servirme de ellos para armar, según las necesidades, el brazo de los hombres.

--De modo que, exclamé involuntariamente, esta alma fuerte, esta alta inteligencia, ha debido para dominar, ceder ante la fuerza brutal.

--Niña, me dijo la ex-presidenta apretándome la mano hasta magullármela y con una expresión que no olvidaré jamás, niña, sábelo   [p. 431]   bien: es por no haber podido someter mi indomable orgullo a la fuerza brutal que me veo prisionera aquí, arrojada y desterrada por los mismos a quienes durante tres años goberné...

En aquel momento comprendí su pensamiento. Mi alma tomó posesión de la suya: Me sentí más fuerte que ella, la dominé con la mirada... Se dio cuenta de ello, se puso pálida, sus labios perdieron el color. Con un movimiento brusco echó su cigarrillo al mar y apretó los dientes. Su expresión hubiese hecho estremecer al más atrevido. Pero estaba bajo mi dominio y yo leía todo cuanto pasaba en ella. A mi vez, le tomé la mano que tenía fría y bañada en sudor y le dije con tono grave:

--Doña Pancha, los jesuitas han dicho: Quien quiere el fin quiere los medios y los jesuitas han dominado a los poderosos de la tierra.

Me miró largo rato sin contestar nada. También ella trataba de penetrar mis pensamientos. Rompió el silencio con el acento de la desesperación y de la ironía:

--¡Ah, Florita! Su orgullo la engaña. ¡Usted se cree más fuerte que yo! ¡Insensata! ¡Usted ignora las luchas incesantes que he sostenido durante ocho años! Las humillaciones ¡oh! las sangrientas humillaciones que he debido soportar... He rogado, adulado, mentido. He empleado todo. No he retrocedido ante nada... y, sin embargo, no ha sido suficiente... Creí haber vencido, llegado por fin al término en que debía recoger el fruto de ocho años de tormentos, de trabajos, de sacrificios, cuando por un golpe infernal, me veo arrojada, perdida, ¡perdida, Florita...! No regresaré jamás al Perú... ¡Ah! ¡gloria! ¡cuán caro cuestas! ¡Qué locura sacrificar la felicidad de la existencia y la vida íntegra para obtenerte! No es sino un relámpago, humo, una nube, una decepción fantástica. Es nada... Y sin embargo, Florita, el día en que haya perdido toda esperanza de vivir envuelta por esa nube, por ese humo, ese día, ya no habría sol para alumbrarme ni aire para mi pecho, y moriré.

La expresión sombría de doña Pancha estaba de acuerdo con el acento profético de estas últimas palabras. Sus ojos se hundían en las órbitas como suspendidos en un globo de lágrimas. Contemplaba el cielo azul y sereno encima de nuestras cabezas y entregada a su celeste visión no parecía ser ya de este mundo. Me incliné ante esta alma superior que había sufrido todos los tormentos reservados a los seres de su naturaleza al pasar por la tierra. Iba a   [p. 432]   continuar la conversación, pero se levantó bruscamente. En dos saltos estuvo abajo, en la toldilla, llamó a su hermana y a dos señoras y les dijo:

--Vengan, me siento mal.

Escudero se acercó a mí y me dijo:

--Perdón, señorita, temo que doña Pancha sufra uno de sus ataques 21 y en aquellos momentos sólo yo puedo cuidarla.

--Coronel, me voy. Regresaré mañana. Vaya pronto donde esa pobre mujer. Tiene mucha necesidad de sus servicios y de su afecto.

--No tema nada, Florita, iré hasta el fin.

Rogué a mi futuro capitán que me hiciera conducir en su bote a la fragata Samarang en donde Mr. Smith, Mme. Denuelle y muchas otras personas me esperaban. Conocía mucho al comandante de la Samarang pues desde su llegada le había encontrado en casa de Mme. Denuelle, donde estaba alojado y comía todos los días conmigo. Ese comandante presentaba, en todo, la inversa del de la Challenger. Era feo, tanto como el otro era buen mozo; tan alegre como triste era el otro; tan extravagante y negligente en su vestido, como el otro sencillo y cuidadoso. El mismo contraste se ofrecía entre los oficiales de su barco y los de la Challenger. Los criados copian a sus amos. Los oficiales de un buque de guerra reflejan también a su comandante. Los señores de la samarang dividían el día en tres partes que empleaban así: toda la mañana montaban a caballo vestidos de bandidos mexicanos; en seguida iban a pasearse con las mujeres perdidas; por fin se sentaban a la mesa y pasaban el resto del tiempo bebiendo grogs y durmiendo   [p. 433]   la mona. Aparte de esta conducta cuyo resultado sólo perjudicaba su salud y su bolsillo, eran hombres suaves, amables y cómodos para convivir. El comandante se distinguía sobre todo por sus maneras de hombre muy correcto que había conservado a pesar de su vida de libertinaje. Su fealdad era agradable, como lo es casi siempre la de las personas picadas de viruela. Yo le había prometido visitar su fragata el día en que fuese a ver mi navío. Confieso que esperaba encontrar a bordo el mismo descuido de su comandante y de sus oficiales. ¡Cuál fue mi sorpresa, al poner el pie en el puente, ver reinar el orden y la limpieza hasta en los menores detalles! Nunca había visto algo semejante. Los dos entrepuentes, las camas, los modales de los soldados y de los oficiales de servicio eran admirables de conveniencia y regularidad. Como contemplaba todo con aire de admiración, el comandante me dijo sonriendo:

--Estoy seguro, señorita, que usted se figuraba, al venir aquí, encontrar la confusión que usted veía en mi cuarto cuando pasaba delante de él.

--No precisamente, comandante. Pero le confieso con franqueza que no esperaba encontrar a bordo un orden tan perfecto.

--Permítame decirle, señorita, que a mi vez estoy sorprendido de que una persona tan sensata como parece serlo usted en todas las ocasiones, se haya apresurado a formular un juicio sobre algo que no conocía. En tierra, desligado de mis deberes, soy libre de entregarme a mis inclinaciones. Mi conducta puede ser reprobada por las personas que emplean menos franqueza en sus actos, aunque no creo que la mía hiera algún interés de la sociedad. A bordo soy el comandante de mi fragata y conozco el alcance y la importancia de las obligaciones confiadas a mí. Desde hace quince años tengo el honor de servir a mi país y puedo decir que jamás he omitido cumplir puntualmente los deberes que me estaban encargados. Ninguno de estos mismos oficiales a quienes me ve usted tratar a la mesa con tanta familiaridad y camaradería, encontraría gracia ante mi severidad por el más ligero olvido de los deberes que les están impuestos.

Este hombre que, en su conducta en tierra, manifestaba un desdén soberbio por la opinión, era abordo uno de los mejores oficiales de la marina inglesa y uno de los más rigurosos observantes de la disciplina. Había orgullo y originalidad en esta manera   [p. 434]   de ser. Pero ciertamente, tenía también un gran dominio de sí. El comandante así como todos los demás oficiales eran a bordo de una excesiva sobriedad y llevaban una vida muy laboriosa. No se permitían ninguna distracción. Los retratos de mujeres que tenían en sus camarotes (había seis en la del comandante) eran los únicos recuerdos que parecían conservar de su existencia en tierra. Durante todo el tiempo que permanecí en el barco observé a estos oficiales de exterior grave, de aire marcial y cuya expresión contrastaba de manera extraña con la que les había visto en casa de Mme. Denuelle. El comandante me recibió con fría cortesía y la etiqueta reguló todas sus demostraciones mientras estuvimos a bordo. Nos retiramos todos muy admirados del cambio de tono y de maneras que habíamos observado en los oficiales de la Samarang y fue, hasta nuestra llegada a Lima, el objeto de nuestra charla.

La impresión que me había dejado mi conversación con la señora Gamarra me agitaba de tal manera que no pude dormir por la noche. ¡Qué multitud de pensamiento asaltaron mi espíritu! Por un poder de fascinación yo había leído en el alma de esta mujer, envidiada durante tanto tiempo y cuya vida en apariencia tan brillante había sido, sin embargo, tan miserable. No pude pensar, sino temblando, en que durante un tiempo había formado el proyecto de ocupar la posición de la señora Gamarra. ¡Qué! me decía, ¿eran estos los tormentos que me estaban reservados si hubiese tenido éxito en la empresa que meditaba? ¡Hubiese sido también presa de los dolores, de las humillaciones y de las ansiedades! ¡ah! ¡cuánto más nobles y preferibles me parecían mi pobreza y mi vida oscura con libertad! Experimentaba un sentimiento de rubor por haber creído un instante en la felicidad de la carrera de la ambición y en la existencia de una compensación, en el mundo, a la pérdida de la independencia.

Regresé al Callao. La señora Gamarra había dejado el William Rusthon y se hallaba a bordo de otro barco inglés, la Jeune Henriette que zarpaba el mismo día para Valparaíso. Cuando llegué encontré a Escudero pálido, con el aire abatido.

--¿Qué tiene usted, mi pobre amigo? le dije, parece enfermo.

--Lo estoy en efecto. He pasado una noche muy mala. Doña Pancha ha tenido tres ataques horrorosos... No sé de qué tema ha podido usted conversarle. Pero desde que usted se fue estuvo en una agitación constante.

  [p. 435]  

--Era la primera vez que veía a doña Pancha y es posible que, a pesar mío, mis palabras en vez de calmar su dolor, hayan aumentado su amargura. Si es esto lo deploro de veras.

--Es posible que a pesar suyo, como dice, la haya herido en su orgullo cuya susceptibilidad es extrema.

Hacía cerca de un cuarto de hora que conversaba con Escudero cuando lo llamaron. Se precipitó al camarote y quedé a solas. Repasé en mi memoria las palabras de mi conversación de la víspera, las sometí a examen para descubrir las que hubiesen podido herir a doña Pancha. Mas el dolor del poder perdido y sus lados vulnerables, no puede ser comprendidos por completo sino por aquellos que lo han poseído y sentido su embriaguez. Mi búsqueda fue vana. Sentía haberme dejado llevar de mi franqueza y no haber sido más reservada con un dolor que salía fuera de la línea de las aflicciones comunes.

Escudero interrumpió mis reflexiones. Me tocó ligeramente el hombro y me dijo con un acento que me hizo sufrir.

--Florita, la pobre Pancha acaba de tener un ataque de los más violentos. Creí que iba a expirar entre mis brazos. Ahora ha vuelto en sí y quiere verla. Le suplicó tener cuidado de lo que va a decir. Una sola palabra que hiera su susceptibilidad bastará para provocarle un nuevo acceso.

Al bajar al camarote mi corazón latía con violencia... Entré en el camarote del capitán que era grande y muy hermoso y encontré allí a doña Pancha a medio vestir, extendida sobre un colchón que habían puesto sobre el suelo. Me tendió la mano y me senté a su lado.

--No ignora usted sin duda, me dijo, que soy víctima de un mal terrible y...

--Lo sé, interrumpí. Pero la medicina ¿es impotente para curarla o no tiene usted confianza en los socorros que le ofrece?

--He consultado a todos los médicos y hecho exactamente cuanto me han prescrito. Sus indicaciones no han tenido éxito. El mal aumenta mientras más avanzo en edad. Esta enfermedad me ha perjudicado en todo lo que he querido emprender. Cualquier emoción fuerte me causa en seguida un ataque. Usted puede juzgar por allí cuántos obstáculos ha debido oponer a mi carrera. Nuestros soldados son tan poco expertos y nuestros oficiales tan cobardes   [p. 436]   que me resolví a dirigir yo misma todos los asuntos importantes. Desde hace diez años y mucho tiempo antes de tener la esperanza de hacer nombrar Presidente a mi marido, asistía a todos los combates a fin de acostumbrarme al fuego. A menudo, en lo más fuerte de la acción, la ira que sentía al ver la inercia y la cobardía de los hombres a quienes mandaba, me hacía arrojar espuma de rabia y entonces comenzaban mis ataques. No tenía sino el tiempo de echar pie a tierra. Muchas veces los caballos me han pisoteado y mis servidores me han llevado como muerta. ¡Pues bien, Florita! ¿Creerá usted que mis enemigos se han servido contra mí de esta cruel enfermedad con el fin de desacreditarme en el espíritu del ejército? Decían por todas partes que era el miedo, el ruido del cañón, el olor de la pólvora lo que me atacaba los nervios y me desvanecía como una marquesita de salón. Le confieso, son estas calumnias las que me han endurecido. He querido hacerles ver que no tenía miedo ni de la sangre, ni de la muerte. Cada revés me hace más cruel y si...

Se detuvo y elevando los ojos al cielo parecía conversar con un ser a quien sólo ella veía. Después me dijo:

--Sí. Dejo mi país para no regresar jamás a él y antes de dos meses estaré con usted...

Algo que no era de la tierra podía únicamente darle la expresión que tenía su rostro al pronunciar estas palabras. La contemplé entonces. ¡Ah! ¡Qué cambiada la encontraba desde la víspera! ¡Sus mejillas se habían adelgazado, su tez estaba lívida, sus labios exangües, sus ojos hundidos y brillantes como relámpagos! ¡Qué frías, tenía las manos! La vida parecía abandonarla. No me atrevía a decirle una palabra pues temía hacerle daño nuevamente. Mi cabeza estaba inclinada sobre su brazo y una lágrima cayó sobre él. Esta lágrima causó el efecto de una chispa eléctrica sobre la infortunada. Salió de su visión, se volvió hacia mí de manera brusca, me miró con sus ojos resplandecientes y me dijo con una voz sorda y sepulcral:

--¿Por qué llora? ¿Mi suerte le inspira lástima? ¿Me cree usted desterrada para siempre, perdida.., muerta, en fin...?

No pude hallar una palabra para responderle. Como me había empujado rudamente de su lado, me encontré de rodillas delante de ella. Crucé las manos con un movimiento maquinal y continué llorando mientras la miraba. Hubo un largo paréntesis de silencio. Pareció calmarse y dijo con voz desgarradora:

  [p. 437]  

--¿Lloras, tú? ¡Ah! ¡Bendito sea Dios! ¡Tú eres joven! hay todavía vida en ti, llora por mí que ya no tengo lágrimas... por mí que ya no soy nada... por mí que estoy muerta...

Al terminar estas palabras cayó sobre su almohada, puso las manos en cruz sobre su cabeza y lanzó tres débiles gritos. Acudió su hermana, vino Escudero, todos se apresuraron a prodigarle los cuidados más afectuosos. Y yo en pie, cerca de la puerta, la contemplaba. No hacía ningún movimiento, no respiraba ya, tenía los ojos brillantes y desmesuradamente abiertos.

El capitán me arrancó a este triste espectáculo, anunciándome que los visitantes debían pensar en retirarse, porque se levaba anclas. Mr. Smith vino a recogerme, escribí dos palabras de adiós a Escudero y me fui.

Cuando subíamos al coche, vinos a la Jeune Henriette alejarse de la rada. Distinguí en la cubierta a una mujer envuelta en una capa oscura y con los cabellos desgreñados. Extendía los brazos hacia una chalupa y agitaba un pañuelo blanco. Era la ex-presidenta del Perú que dirigía su último adiós a su hermana y a los amigos a quienes no debía volver a ver.

Regresé enferma a mi cuarto. Aquella mujer estaba siempre presente a mi vista. Su energía y constancia heroicas en medio de los sufrimientos sin número que había tenido que soportar, me la hacían aparecer sobrenatural. Sentía una angustia indecible al ver a esta criatura de elección víctima de esas mismas cualidades que la distinguían de sus semejantes, obligada por los temores de un pueblo pusilánime, a dejar su país, abandonar a sus parientes y amigos e ir, presa de la más horrible enfermedad, a terminar su penosa existencia en el destierro. Una señora nacida en el Cuzco, amiga de infancia de doña Pancha, me ha referido sobre esta mujer extraordinaria, particularidades que creo deben interesar al lector.

Doña Pancha era hija de un militar español quien se casó con una señorita muy rica del Cuzco. Desde su infancia se hacia notar entre sus compañeras por su carácter orgulloso, audaz y sombrío. Era muy piadosa y desde la edad de doce años, quiso entrar en un convento con la intención de hacerse religiosa. La debilidad de su salud no le permitió cumplir su deseo. A la edad de diecisiete años sus padres la obligaron a regresar a la casa paterna para recibir los cuidados que reclamaba su enfermedad. La casa de su padre   [p. 438]   era frecuentada por muchos oficiales. Muchos la pidieron en matrimonio, pero ella declaró que no quería casarse, resuelta como estaba a regresar a su convento en cuanto pudiera. El padre, con la esperanza de curarla, la hizo viajar, la llevó a Lima, la presentó en sociedad y le procuró todas las distracciones posibles. Sin embargo, estaba siempre triste y parecía poco sensible a los placeres de su edad. Empleó dos años en viajar y retornó al Cuzco.

Poco después de su regreso renunció a la idea de hacerse religiosa y escogió por marido a un oficialillo feo, necio y el más insignificante de todos aquellos que la habían solicitado. Se casó con el señor Gamarra, cuando era simple capitán 22. Aunque de salud débil y casi siempre encinta, siguió a su marido a todos los lugares a donde la guerra le llamaba. Y esas continuas fatigas robustecieron de tal modo su constitución que adquirió una gran fortaleza y fue capaz de hacer largos viajes a caballo. Por mucho tiempo logró ocultar la cruel enfermedad que la atormentaba y que progresaba cada día más. Y sólo cuando fue presidenta y su vida se convirtió en objeto de toda clase de averiguaciones; el público la supo por intermedio de sus enemigos. Sus solicitaciones y sus intrigas habían hecho ascender a su marido a la presidencia y una vez obtenida ésta, ella se apoderó del manejo de los negocios, se unió íntimamente con Escudero y se sirvió con habilidad de aquellos a quienes juzgó capaces de secundarla. Cuando llegó al poder, después del general La Mar, la república se hallaba en el estado más deplorable. Las guerras civiles destrozaban el país en todo sentido. No había un peso en el tesoro. Los soldados se vendían a quienes les ofrecía más 23. En una palabra, era la anarquía con todos sus horrores. Esa mujer educada en un convento, sin instrucción, pero dotada de un sentido recto y de una fuerza de voluntad poco común, supo gobernar tan bien este pueblo hasta entonces ingobernable   [p. 439]   aún para el mismo Bolívar, que en menos de un año el orden y la tranquilidad reaparecieron. Las facciones se habían apaciguado. El comercio florecía. El ejército había devuelto su confianza a sus jefes y, si no reinaba aún la tranquilidad en todo el Perú, al menos gozaba de ella la mayor parte del país.

Las virtudes heroicas de doña Pancha la hicieron querer y admirar al principio de su gobierno, pero tenía defectos que debían restringir su duración. Por brillantes que sean las cualidades que Dios nos ha concedido, son apropiadas a sus fines y no a los del hombre. Todos somos perfectos para el orden de la Providencia, pero ninguno de nosotros lo es con relación a un orden social. Doña Pancha parecía, por su carácter, estar llamada a continuar por largo tiempo la obra de Bolívar. Lo habría hecho si su calidad de mujer no hubiese sido un obstáculo. Era hermosa, muy graciosa cuando quería y poseía todo cuanto inspiran el amor y las grandes pasiones. Sus enemigos propalaron contra ella las calumnias más atroces y encontrando más fácil criticar sus costumbres que sus actos políticos, le atribuyeron vicios a fin de consolarse de su superioridad. La ambición ocupaba demasiado sitio en el corazón de doña Pancha para que el amor tuviese gran imperio sobre ella. Este no fue tampoco el objetivo de sus pensamientos. Muchos de los oficiales que la rodeaban se enamoraron de ella. Otros fingieron estarlo, creyendo encontrar con esto un medio de progresar. Doña Pancha rechazó a todos sus pretendientes, no con esa indulgencia de la mujer hacia el amor que no comparte, sino con la ira y el desprecio del orgullo ofendido.

--¿Qué necesidad tengo de su amor?, les decía con su tono brusco y cortante, son sus brazos, sólo sus brazos los que necesito. Lleven sus suspiros, sus palabras sentimentales y sus romanzas a las jóvenes. Yo no soy sensible sino a lo suspiros del cañón, a las palabras del Congreso y a las aclamaciones del pueblo cuando paso por las calles.

El corazón de quienes la amaban con sinceridad quedaba profundamente herido con la rudeza de semejante lenguaje y el orgullo de los ambiciosos que aspiraban a arrastrarse en pos de ella no se sentía menos humillado. Pero no se detenía en esto. Les tomaba odio, les retiraba su confianza y aprovechaba todas las ocasiones para burlarse de ellos, hasta en público, en la forma más ofensiva. Se comprende que esta conducta debía hacerle perder no sólo las ventajas de su sexo sino también suscitarle enemigos implacables que fueron numerosos. Los hombres al proponerse conseguir un   [p. 440]   éxito creen siempre poseer las cualidades de que carecían los que fracasaron.

Cada uno de ellos meditaba perpetuamente contra ella proyectos de venganza. Muchos dijeron en alta voz que habían sido sus amantes y que sólo les había retirado sus favores porque ellos habían cesado de amarla. Esas calumnias irritaban a la orgullosa e indomable presidenta y muchas veces la volvieron cruel. Las acciones que esto la indujo a cometer demuestran hasta qué punto la dominaba la ira y con qué violencia sentía esos ultrajes. Un día fue al Callao a visitar las prisiones militares que se hallan en uno de los castillos. A su llegada toda la guarnición presentó las armas para recibirla. Hizo su visita de inspección y al pasar delante de uno de los batallones, distinguió a un coronel que le habían señalado como a uno de los que se había jactado de haber sido su amante. En seguida se lanzó sobre él, le arrancó las charreteras, le cruzó el rostro a latigazos y le dio tan rudo empellón que fue a caer entre las patas de su caballo. Todos los asistentes quedaron petrificados.

--Es así exclamó ella con voz retumbante, como corregiré yo misma a los insolentes que se atrevan a calumniar a la presidenta de la república.

Otra vez invitó a comer a cuatro oficiales, se mostró amable durante toda la comida y en los postres interpeló a uno de ellos en esta forma:

--¿Es verdad, capitán, que usted ha dicho a estos tres señores que estaba usted cansado de ser mi amante?

El desgraciado palideció, balbuceó y miró a sus camaradas con terror. Estos, inmóviles, guardaron silencio.

--Pues bien, continuó, ¿mi pregunta le hace perder el uso de la palabra? responda... Si es verdad que usted ha sostenido este propósito voy a hacerle azotar con sus camaradas. Si, por el contrario, ellos le han calumniado, son unos cobardes y usted y yo les castigaremos.

Era demasiado cierto que el inconsiderado joven había sostenido aquel propósito. Hizo cerrar las puertas, llamó a cuatro negros, les ordenó dejar al oficial en camisa y exigió que los otros tres oficiales presentes fustigasen a su camarada con unas varas.

Esta conducta no estaba en armonía con las costumbres del país que gobernaba y debía necesariamente levantar a todo el mundo en contra de ella. En efecto, en una sociedad en la que existe   [p. 441]   la más grande libertad entre ambos sexos, no se cree en la virtud, en el sentido que se ha convenido dar a esta palabra al hablar de las mujeres. Los peruanos se sintieron insultados por la manera de proceder de la orgullosa presidenta. Tampoco era por hacer creer en una virtud que no apreciaba más que las demás mujeres del Perú, que doña Pancha procedía de esta suerte. No se hubiese ofendido, en la vida privada, de los homenajes dirigidos a sus encantos y, como todas las limeñas, habría sido indiferente al número de amantes que le atribuyesen. Pero embriagada de poder y haciéndose ilusiones sobre su duración, el orgullo de los reyes habían pasado a su corazón. Se creyó de una esencia superior y antes de haber consolidado su dominio, tuvo la susceptibilidad de una mujer nacida sobre el trono y fue igualmente imperiosa.

Doña Pancha no guardaba mayor deferencia por el Congreso, que Napoleón por su Senado-conservador. Enviaba a menudo notas escritas de su mano, sin siquiera hacerlas firmar por su marido. Los ministros trabajaban con ella, le sometían los actos del Congreso y los de su administración. Ella misma leía todo, tachaba los pasajes que no le convenían y los reemplazaba por otros. Su gobierno, en fin, fue absoluto en medio de una organización republicana. Esa mujer había prestado grandes servicios. Su amor por el bien público inspiraba confianza y hubiese podido establecer un orden de cosas notable, hacer prosperar el Perú y ser una gran reina si, antes de haber asumido la autoridad suprema, hubiese empleado sus recursos en asegurarse para siempre el poder. Era en extremo laboriosa, de una actividad infatigable y, no confiando en nadie, quería ver todo por sí misma. Sabía muy bien escoger su gente, no mostraba menor discernimiento en la repartición del trabajo por hacer o de las misiones por cumplir. Económica en sus gastos personales, era generosa con aquellos que correspondían a su confianza. Trataba bien a sus servidores y todos ellos le eran adictos. Esta mujer guerrera era excelente amazona, domaba los corceles más fogosos y hablaba en público con tanta dignidad como precisión. Con todas las virtudes necesarias para el ejercicio del poder en la situación en que se encontraba el Perú, le costó trabajo, sin embargo, llegar al final de su tercer año (las funciones de Presidente están confiadas por tres años). Su despotismo había sido tan duro, su yugo tan pesado, había herido a tantos en su amor propio, que una imponente oposición se levantó contra ella. Cuando vio que le sería imposible lograr la reelección de su marido, recurrió a una medida de astucia. El señor Gamarra fue al Senado a declarar   [p. 442]   que no aceptaría la presidencia porque su salud no le permitía ya ocuparse de los asuntos públicos. La señora Gamarra hizo nombrar para la presidencia a una de sus criaturas, a un esclavo sometido a su voluntad 24. Ella y su marido ejercieron toda su influencia y la de sus amigos para favorecer a Bermúdez. Pero a pesar de todo Orbegoso venció, como se ha visto.

Para terminar la historia de doña Pancha diré que a su llegada a Valparaíso alquiló una hermosa casa amueblada, en la cual se estableció con Escudero y sus numerosos servidores. Pero ninguna señora de la ciudad fue a visitarla. Los extranjeros que habían tenido motivos de queja contra ella vociferaron en contra suya. Apenas dos o tres oficiales, entre sus antiguos compañeros de armas, tuvieron la cortesía de irla a ver. Esta mujer orgullosa y altiva debió sufrir cruelmente por este abandono universal, por este aislamiento en que la encerraban los odios. Condenada a la inmovilidad, era, con la actividad de su alma, como ser sepultada viva en una tumba. Como no recibí carta de Escudero después de mi salida de Lima, no podría precisar cuáles fueron sus sufrimientos. Pero siete semanas después de su partida del Callao murió. Trascribo aquí lo que Althaus me escribió al respecto:

"La esposa de Gamarra ha muerto en Chile seis semanas después de su llegada. Se dice que de un mal interior, pero yo creo que fue de rabia por no ser ya general en jefe. La pobre mujer ha acabado muy tristemente. Su único compañero fue Escudero, quien ha regresado al Perú a reunirse con Gamarra y hacer de las suyas” 25.

  [p. 443]  

Al día siguiente de mi visita a la señora Gamarra me sentí enferma. Era la primera vez que esto me ocurría desde que estaba en Lima. Pasé un día muy triste en mi lecho y Mme. Denuelle pasó la tarde conmigo.

--¿Cómo se siente, señorita?

--Lo mismo, estoy triste y quisiera que alguien me hiciese llorar.

--Vengo por el contrario a hacerla reír. Estoy segura de que son sus visitas al Callao las que le han hecho daño. Esa doña Pancha con sus ataques de epilepsia le ha enfermado los nervios. Dicen que ayer se desvanecía cada cuarto de hora. ¡Gracias a Dios, ya estamos libres de ella! ¡oh! ¡qué mala mujer!

--¿Cómo puede usted juzgarla así?

--Por Dios, no es muy difícil. Un marimacho más audaz que un dragón de guardia, que abofeteaba a los oficiales como podría yo hacerlo con mi negrito.

--¿Y por qué esos oficiales eran tan viles como para soportarlo?

--Porque ella era el amo y distribuía los grados, los empleos y los favores.

--Señora Denuelle, un militar que soporta los bofetones merece recibirlos. Doña Pancha conocía muy bien a los hombres a quienes gobernaba y si no tuviese más culpa que la de corregir a los asalariados del gobierno que faltaban a sus deberes, ustedes la tendrían todavía de presidenta.

Mme. Denuelle tuvo el talento de cambiar el curso de mis pensamientos y cuando salió me sentía casi alegre.

Por fin llegó el momento de mi partida. Esperaba ese día con viva impaciencia. Mi curiosidad estaba satisfecha y la vida tan materialista de Lima me fatigaba con exceso 26.

  [p. 444]  

La última semana no tuve una hora para mí. Hube de hacer visitas de despedida a todos mis conocidos, recibir las de ellos, escribir numerosas cartas a Arequipa, ocuparme en vender las bagatelas de que quería deshacerme. Cumplí con todo y el 15 de julio de 1834 dejé Lima a las nueve de la mañana para dirigirme al Callao. Iba acompañada por uno de mis primos, M. de Rivero. Comimos donde el agente de Mr. Smith. Después del almuerzo hice trasladar mi equipaje a bordo del William Rusthon y me instalé en el camarote que había ocupado la señora Gamarra. Al día siguiente recibí muchas visitas de Lima. Eran los últimos adioses. Como a las cinco se levó anclas. Todo el mundo se retiró. Me quedé sola, completamente sola, entre dos inmensidades: el agua y el cielo.

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