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Ibero-American Electronic Text Series

Tristán, Flora / Peregrinaciones de una Paria [Selección] (1946)

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VII

UN HOTEL FRANCÉS EN LIMA

La señora Denuelle me condujo a un salón amueblado a la francesa. Hacía apenas cinco minutos que estaba sentada, cuando vi entrar a doce o quince franceses, todos muy afanados por verme. Me conmovió esta prueba de interés, conversé algunos instantes con ellos y les agradecí esta acogida afectuosa. En seguida la señora Denuelle me condujo al pequeño departamento que me destinaba, el cual se componía de un salón y de un dormitorio.

Salí de Arequipa cargada de cartas para una multitud de personas de Lima. Mr. Smith, siempre de una complacencia inagotable para conmigo, me ofreció, al bajar del navío, hacer entrega de estas cartas. Se las dí, de manera que, una hora después de mi llegada, las personas a quienes iban dirigidas acudieron a verme para tener noticias políticas. Su afán era tal que me hicieron veinte preguntas a la vez. El uno inquiría por su padre, el otro por su hermano; don Basilio de la Fuente, a quien encontré alojado donde Mme. Denuelle, quería saber que había sucedido a su esposa y a sus once hijos; éste lloraba por su hermano a quien habían muerto; aquélla se inquietaba por su hermana, esposa del general Nieto, que estaba como prisionera en Santa Rosa y todos temían, no sin fundamento, que la señora Gamarra regresase a Lima en donde tenía tantas venganzas que ejercitar.

El carácter de los limeños me pareció, en esta primera entrevista, aún más fanfarrón y medroso que el de los arequipeños. Como a las once de la noche, la señora Denuelle hizo comprender a los visitantes que yo tenía necesidad de descansar. Se retiraron con gran contento de mi parte. Ya no podía más, tenía la cabeza   [p. 372]   hueca. Mr. Smith me advirtió que había entregado personalmente a mi tía, la hermosa Manuela de Tristán, esposa de mi tío Domingo a la sazón prefecto de Ayacucho, la carta que le había sido dirigida; y ella le había rogado que la fuese a buscar, pues quería verme la misma noche. Vino, pues, en cuanto me vi libre de las demás visitas. Encontré muy delicada esta atención de su parte.

Por lo que había oído decir de la belleza extraordinaria de mi tía de Lima, esperaba naturalmente ver una mujer estupenda. Sin embargo, la realidad sobrepasó a mis ojos lo que me había imaginado. ¡Oh! Esa no era una criatura humana. ¡Era una diosa del Olimpo, una hurí del paraíso de Mahoma descendida sobre la tierra! A la vista de esta divina criatura me sentí sobrecogida de santo respeto. No me atrevía a tocarla; me cogió una mano que guardó entre las suyas mientras me decía las cosas más afectuosas, pronunciadas con una nobleza, una gracia y una facilidad que acabaron de fascinarme. Siento mi insuficiencia para describir tal belleza. Rafael no ha concebido para sus vírgenes una frente en donde haya tanta nobleza y candor, una nariz tan perfecta, una boca más suave y más fresca; pero sobre todo un óvalo, un cuello y un seno más admirablemente hermosos. Su piel era blanca, fina y aterciopelada como la de un melocotón. Sus cabellos castaño claro, finos, y brillantes como la seda, caían en largos bucles ondulados sobre sus redondeadas espaldas. Estaba un poco gorda quizá, pero su talle esbelto no perdía nada de su elegancia. Todo en ella estaba lleno de orgullo y de dignidad. Tenía el porte de una reina. Su toilette se armonizaba con la frescura de su hermosa persona.

Su vestido de muselina blanca, sembrado de botoncitos de rosa bordados en color, era muy escotado, con mangas cortas y el talle muy bajo formaba una punta por delante. Esto le sentaba muy bien pues dejaba ver lo que tenía de más hermoso: el cuello, los hombros, el pecho y los brazos. Largos aretes pendían de sus orejas. Un collar de perlas ceñía su cuello de cisne y brazaletes de diversas especies hacían resaltar la blancura de sus brazos. Un gran manto de terciopelo, color celeste oscuro y forrado en raso blanco, envolvía ese hermoso cuerpo, y un velo de encaje negro echado negligentemente sobre su cabeza, la preservaba de las miradas indiscretas de los transeúntes. Había cesado de hablar y yo, contemplándola todavía, la escuchaba y no respondía a todos sus ofrecimientos de servirme, sino exclamando:

--¡Dios mío, tía, qué hermosa es usted!...

  [p. 373]  

¡Ah! ¿quién podrá explicarme el mágico imperio de la belleza? ¿De ese ascendiente irresistible que armoniza todo, sin tener en sí una apariencia que se pueda definir? ¿de esa emanación divina que da la vida a las formas, a los colores, vibra en los sonidos y se exhala en los perfumes? ¿de ese poder magnético, esparcido según los fines de la Providencia, sobre todos los seres de 1a creación? ¡Jerarquía que sale de Dios, que desciende al átomo y que ningún ojo puede percibir! Esta causa oculta que determina nuestra elección, nuestras predilecciones y que nos fascina. En una palabra, la belleza en cualquier forma que se muestre, aérea, visible o palpable, penetra todo mi ser con su dulce influencia. Los perfumes de las flores, los cantos de los pájaros me la hacen sentir. La experimento a la vista del gigante de la selva, cuya copa se eleva basta la región de las tempestades; a la vista de la gracia salvaje del animal indómito; a la aparición de un hombre tal como el comandante de la Challenger o de una mujer como mi tía Manuela. Y en presencia de la belleza, de esa sonrisa de los dioses, palpitante de admiración y de placer, mi alma se eleva hacia el cielo. Mi tía insistió mucho para que fuese a vivir a su casa. Le agradecí, excusándome con la molestia que podía ocasionarle. Como era muy tarde dejamos la decisión para el día siguiente. Después de su partida, la señora Denuelle se quedó conversando conmigo de suerte que era más de la una cuando me encontré sola.

Nunca he llegado a un país desconocido sin sentir una agitación más o menos viva. Mi atención casi a pesar mío, se dirige sobre todo lo que me rodea y mi alma ávida por conocer y comparar se interesa por todo. La sucesión de personas y de cosas que habían desfilado delante de mí desde mi desembarque en el Callao me agotaron hasta el punto de que, a pesar de mi cansancio, me fue imposible dormir. Mi pensamiento me mantenía en vela y no cesaba de reproducir las impresiones que acababa de sentir. Me adormecí al amanecer y soné con los hermosos naranjos, con las lindas limeñas con saya y con la aparición de mi tía.

Desde las ocho de la mañana, la señora Denuelle entró en mi cuarto y pronto dirigió la conversación sobre mi tía. Me dijo con aire confuso que en interés mío creía deber instruirme sobre algunas particularidades de la señora Manuela de Tristán. Me refirió que desde hacía largos años Manuela tenía amores con un americano del norte a quien amaba mucho y del que estaba excesivamente celosa. Mme. Denuelle me habló en forma de dejarme conocer el fondo de su pensamiento. Temía verme aceptar la hospitalidad que   [p. 374]   me había sido ofrecida, no tanto por el gasto que podía ocasionar, sino por el deseo vehemente de tenerme a su lado durante mi estada en Lima. Si de antemano no hubiese estado decidida a rechazar los ofrecimientos de mi tía, lo que acababa de saber bastaba para impedírmelo. Ya había llegado a conocer el corazón humano lo suficiente para comprender que no debía alojarme en casa de una mujer, si corría el riesgo de convertirme en objeto de sus celosas sospechas y también si me interesaba no provocar su odio, el que ciertamente quería evitar. Al dejar la casa de mi tío Pío me había prometido a mí misma no aceptar la hospitalidad de ningún pariente. Hablé de esto un día con Carmen y ella me dijo:

--Hará usted bien, Florita, vale más comer pan en casa de uno que bizcocho en la de los parientes.

Tranquilicé, pues, a Mme. Denuelle, traté el precio con ella, a razón de dos pesos por día y cuando regresó mi tía, le hice comprender que nos molestaríamos mutuamente. Quedó convenido en que me quedaría en el hotel. Creí ver que mi discreción causaba gran placer.

Sin embargo, mi situación pecuniaria debía causarme inquietud. Salí de Arequipa con algunos cientos de francos y mi tío me dio una carta de crédito por 400 pesos, pero únicamente destinados a pagar mi pasaje. Estipuló que no podría tocar su importe hasta el momento de mi partida, con lo que me hizo comprender a las claras que me daba este dinero con la condición de salir del país. No había navíos en franquía y sabía por Mr. Smith que no los habría antes de dos meses. Mi permanencia de todo este tiempo en el hotel era un desembolso de 120 pesos y, además, me veía obligada a hacer algunos gastos pequeños en mi vestido. Comprendí que necesitaba por lo menos 200 pesos para hacer frente a todas estas necesidades. Puedo decir que he tenido todas las desgracias, fuera de una: la de tener deudas. El temor de contraerlas ha dominado siempre mi conducta. Contando con cuidado antes de gastar jamás he debido un centavo a nadie. Cuando hice este cálculo de 200 pesos y no encontré sino 20 en mi bolsillo, estuve, lo confieso, muy asustada. Mi guardarropa era, ya lo he dicho, más que mezquino. Me puse a examinarlo a pesar de todo y, pluma en mano, valoricé pieza por pieza para ver cuánto podría obtener por todos esos trapos si hacía una venta en momentos de mi partida. Vi que el producto ascendería a más de 200 pesos. Cuando adquirí esta certidumbre ¡oh! ¡me sentí feliz, muy feliz! Había renunciado, al dejar a Escudero a todos mis grandes proyectos de ambición y no quería   [p. 375]   oír hablar más de política. Volví a ser joven, alegre y, por primera vez en mi vida, de una despreocupación completa. Jamás he gozado de mejor salud. Engordaba a ojos vistas, comía con apetito, dormía perfectamente. En una palabra, puedo decir que esos dos meses constituyen la única época de mi existencia en que no he sufrido.

Al día siguiente de mi llegada tuve algunos desagrados con el cónsul de Francia, Mr. Barrére. El asunto fue el siguiente: a raíz de mi salida de Arequipa los franceses residentes en aquella ciudad, aprovechando la ocasión, dirigieron un pedido colectivo a M. Barrére para que invistiera a M. Le Bris de poderes especiales a fin de que éste pudiese proteger sus intereses gravemente comprometidos por los últimos acontecimientos políticos. M. Moriniére me había rogado a nombre de los peticionarios que expusiese de viva voz al cónsul los motivos poderosos que les había inducido a presentar tal solicitud. Comprendí muy bien la posición de todos ellos y les prometí cumplir mi doble misión. Por la mañana envié al cónsul la carta de mis compatriotas y le escribí dos palabras para informarle que estaba encargada de hacerle conocer verbalmente la cruel situación en que se encontraban los franceses de Arequipa. Agregué que el asunto era urgente y que, retenida en el hotel por una indisposición, si quería honrarme con su visita, podría exponerle en seguida lo que le interesaba saber. Estas son las palabras textuales de mi carta. Costará trabajo creer que M. Barrére las encontró ofensivas para su dignidad consular, y sin embargo, así fue. Preguntó quién era yo y en donde había sido educada, para ignorar las conveniencias hasta el punto de pensar que él, el cónsul, era quien debía ir a hacerme una visita. Dos o tres personas amigas vinieron a decirme que no se hablaba sino de la carta altanera que había escrito al cónsul, quien estaba muy escandalizado. Mi admiración fue grande. Leí a todo el mundo el borrador de mi carta que felizmente había conservado y nadie comprendió nada en la gran ira de M. Barrére. Expliqué el motivo de mi apuro en comunicar al cónsul aquello de que estaba encargada y todos aprobaron la sencilla gestión hecha por mí. Creo que le hicieron reflexionar en lo inconveniente de su conducta, sobre todo, tratándose de una mujer, pues a la noche siguiente me envió a su sobrino para excusarse ante mí por no haber venido a verme, porque su salud no se lo había permitido. El sobrino se presentó como secretario de su tío y me pidió, en esta calidad, los informes que había de dar al cónsul. Pero este joven me pareció tan poco capaz   [p. 376]   de comprender la menor cosa, que no me preocupé en comunicarle ningún detalle y le despedí, diciéndole que escribiría al señor cónsul lo que hubiese preferido decirle de viva voz.

Así son los hombres encargados de velar por los intereses franceses en el extranjero. M. Barrére, viejo gotoso, caprichoso e irritable en exceso, no se hallaba a nivel de la importancia de las funciones que le estaban confiadas. El celo, la vigilancia y la actividad, necesarios estaban por encima de sus fuerzas y carecía de los conocimientos especiales indispensables para cumplir con sus deberes. No sólo era una necedad absurda de M. Barrére ofenderse por la carta en que le pedía que me viniese a ver porque tenía comunicaciones para él enviadas por el comercio francés de Arequipa, sino que, en estas circunstancias, sus funciones de cónsul le imponían la obligación de venir a tomar informes de mi boca, en cuanto supo mi llegada. Desde hacía un mes no se tenían en Lima noticias de Arequipa. El cónsul francés ¿no debía mostrarse celoso por saber si por los resultados de la batalla de Cangallo, los intereses y la seguridad de sus compatriotas habían quedado comprometidos? Los datos recibidos por la correspondencia traída en nuestro barco no podían dispensarlo de recoger informaciones verbales. Todas las cartas habían sido abiertas en Islay y nadie se atrevía a escribir la exacta verdad. El cónsul de Inglaterra comprendía sus deberes de otra manera. No creyó comprometer su dignidad con ir hasta el Callao e informarse por medio de Mr. Smith sobre los acontecimientos de Arequipa. No hay nación en la que los intereses comerciales estén peor defendidos por sus agentes, que los intereses del comercio francés por los cónsules nombrados por el Ministerio de Relaciones Exteriores. Es un hecho del que se puede adquirir la certeza sin salir de Francia, en las ciudades manufactureras y en los diversos puertos de mar del reino: Marsella, Lyon, Burdeos, Rouen, el Havre. Antes de M. Barréere, el cónsul francés en el Perú era M. Chaumette-Desfossés, hombre muy instruido, escritor espiritual y encantador en sociedad. Además, gastrónomo distinguido que cuidaba con la más grande atención de los detalles culinarios y daba una soberbia comida el día del santo del rey. Pero a pesar de todos estos talentos, M. Chaumette-Desfosses era el hombre menos adecuado para las funciones consulares. No creo que el se hubiese ofendido por mi carta, pero si se puede creer la voz general, durante los seis años que fue cónsul, el sabio sólo se ocupó de sus investigaciones científicas. Y como el país no ofrecía a este respecto un campo muy dilatado, se puso a aprender el chino y el árabe. M.   [p. 377]   Chaumette-Desfossés era completamente extraño a los intereses comerciales de su país y a la dirección de estos asuntos. M. Chabrié y los otros capitanes de navío estaban indignados por la manera como cumplía sus funciones. Cuando iban donde él por las formalidades relacionadas con la llegada o el despacho de los navíos, el cónsul abría la ventanilla que había mandado hacer en su puerta.

--¿Qué quieren? preguntaba.

--Señor, tengo que hablarle de algo relativo a la declaración de mi carga.

--No tengo tiempo, respondía el Cónsul cerrando la ventanilla.

--Pero, señor, no esperamos sino su firma para levar anclas.

--Regrese usted, no tengo tiempo, respondía desde adentro sin reabrir la ventanilla. En Chile, el cónsul que precedió a M. Verninac, fue muerto en duelo por un capitán de navío a quien insultó. El capitán apuraba el despacho de su barco al que la demora debida al cónsul ocasionaba un perjuicio considerable. El cónsul maltratado por el capitán, creyó también comprometida su dignidad y el duelo tuvo lugar.

Cuando el gobierno francés reconoció la independencia de los Estados de la América Española, se hizo gran ruido en los periódicos de París sobre los cónsules enviados por el Ministerio. Estos iban, por medio de tratados, a abrir nuevos mercados para nuestros productos. Más la primera condición para cumplir bien con una misión, es la de conocer los intereses que nos están confiados. Hubiese sido fácil a esos cónsules aprovechar el odio de la América del Sur contra sus antiguas metrópolis española y portuguesa, para hacer admitir los vinos de Francia con derechos menores que los impuestos a los vinos de la Península. Hubiesen podido prever las relaciones que no debían tardar en establecerse entre la China y las costas occidentales de América y obtener que fuésemos, en nuestros artículos de sedería, mejor tratados que los chinos, cuyas sedas importadas por los navíos de Norte América y Europa 9 arruinan a nuestros fabricantes por los bajos precios a que se venden. Los agentes franceses disimularon su ignorancia acerca de los intereses materiales de su país, estipulando que las mercaderías   [p. 378]   francesas serían tratadas como las de las naciones más favorecidas y creyeron con esto haber hecho una obra maestra. En efecto, la producción es en Francia más barata que en ninguna otra nación y nuestras mercaderías no tienen necesidad de encontrar ventajas en ninguna parte. Si dejaran a nuestras grandes ciudades manufactureras y marítimas designar sus agentes en el exterior, no mandarían seguramente a sabios, arqueólogos, ni hombros con títulos nobiliarios, pero sí agentes escogidos que comprenderían sus intereses mejor que los aprendices de diplomáticos salidos de Relaciones Exteriores.

No tuve, durante mi estancia en Lima, disputas por mi herencia. Había sido despojada, ya no debía pensar más en ello. No asistí a grandes trastornos, semejantes a los que presencie en Arequipa. No estuve agitada por violentas emociones y mis observaciones se dirigieron únicamente a las localidades y personas que se ofrecían a mis miradas. Comenzaré por dar a conocer al lector a la señora Denuelle y su casa. Recorrerá en seguida conmigo la ciudad, después le hablaré de las mujeres, de los franceses residentes, etc.

La señora Denuelle vivía en Lima desde 1826. Había establecido una pensión que era la más hermosa y mejor atendida de todas las que hay en la ciudad. Tenía anexo, desde hacía dos años, un almacén en el que vendía toda clase de mercaderías pues como ya tuve ocasión de demostrar, el comercio en aquel país no estaba aún clasificado y subdividido en especialidades y todo el mundo se mezclaba en él. Además, era ella quien había hecho correr los primeros coches entre Lima y el Callao, para el transporte de pasajeros. Esa empresa le pertenecía. En el fondo de la casa estaba el comedor. La mesa era de cuarenta cubiertos. A un lado se encontraba un gran salón que comunicaba con una sala de billar y las dos piezas daban a un jardín pequeño. El mobiliario de todas estas salas era cómodo y rico. Se juntaban la elegancia francesa y la comodidad inglesa. El servicio de mesa era muy lindo. Se veía el mismo lujo que en Londres, en el hotel Brunet. Los departamentos que alquilaba a los extranjeros estaban siempre muy bien tenidos: buenas camas, ropa elegante, nada faltaba. Los criados eran franceses o ingleses, de suerte que todo se hacía con mucha prontitud y limpieza. Esto, en lo que concierne a la casa. En cuanto a la huéspeda, ¡oh! ese es el resumen de una larga historia. ¡Historia de cuarenta años de vida de mujer, agitada por fortuna diversa y durante los cuales tuvo ocasión de conocerlo todo, de agotarlo todo!

  [p. 379]  

La señora Denuelle que hoy tiene un hotel en Lima, no es otra que la hermosa, la magnífica, la seductora Mademoiselle Aubé, que debutó en la Ópera con el papel de la Vestal. Su voz fresca, sonora y de amplio registro, obtuvo en este papel el éxito más brillante. Fueron aplausos frenéticos, aturdidores, en la primera, segunda y tercera aparición de Mlle. Aubé. Tres veces coronada por las aclamaciones del público entusiasta, la debutante llegaba a la cumbre de las grandezas teatrales y firmó un contrato de 15,000 francos al año con el director. En la embriaguez de su alegría convidó a todos sus amigos a un banquete esplendido. ¡Ah! ¡fue un día de gloria y de felicidad! ¿cuántos adoradores tuvo? El mundo entero estaba a sus pies. El sonido de su voz vibraba en todos los corazones y se esperaba que en todos los papeles mademoiselle Aubé sería tan sublime, excitaría los mismos transportes y haría sentir los mismos arrebatos que en el de la Vestal. ¡Cuántas envidias suscitó el éxito tan brillante! Su nombre estaba sobre el cartel. La multitud invadía el teatro. Mlle. Aubé representaba un nuevo papel. Se presentó... Pero ¡qué repentina metamorfosis se había operado en el público. Sólo fue acogida por los aplausos de algunos. Desde la primera escena su voz, su aire, su modo de actuar provocaron murmullos. Cantó una aria y la multitud permaneció muda. Ningún aplauso la alentaba. Escuchó hasta observaciones malévolas. La desgraciada entró a los bastidores con la cabeza ardiente y las arterias hinchadas como si se le fuesen a romper. Su boca estaba seca, bebió para humedecerla, repasó su partitura que temía no saber bien. El público esperaba. Era menester reaparecer en la escena. En aquella noche todo le fue fatal: el vestido no le sentaba; la hacía parecer más alta y más delgada de lo que en realidad era. Todos los anteojos se dirigían hacia ella. Los mismos que otras veces la habían encontrado tan hermosa, exclamaron: ¡Es fea! La actriz no oyó estas palabras, pero la relación magnética que existe entre el actor y el público le hizo comprender que las habían dicho. Estaba aterrada, las lágrimas la ahogaban y un temblor agitaba sus miembros. Vio todo el peligro de su situación y su terror redobló. Sin embargo, tenía que cantar... Con la fuerza de la desesperación cantó, pero su voz temblaba y cantó en falsete. En seguida una gritería se elevó de todas partes y los silbidos acabaron de trastornar a la desgraciada artista. Sentía un sudor frío por todo el cuerpo, no oía ya la orquesta. Sus miradas espantadas se detuvieron sobre esos millares de cabezas cuyas risas la escarnecían, cuyas palabras la ultrajaban. Permaneció inmóvil deseando   [p. 380]   que el piso se hundiese bajo sus pies para verse libre para siempre de esas risas infernales, de esos gritos demoniacos. El murmullo aumentaba. La infortunada ya no vio nada. Una nube delante de los ojos le ocultaba las luces. Toda su sangre afluía hacia su corazón. Las piernas se le doblaban bajo su peso. Hizo un último esfuerzo y se precipitó fuera del proscenio en donde cayó como muerta. Mme. Denuelle me ha referido muchas veces su desventura. La impresión fue tan cruel y su recuerdo se grabó tan profundamente en su memoria que, sorprendidos en el cabo de Hornos por una violenta tempestad, cuando todos a bordo presa de la desesperación veían la muerte en cada ola, ella decía al capitán:

--¡Oh! No es desde hoy que conozco la tempestad. Usted esta allí como yo estaba sobre las tablas...

Este acontecimiento cerró el porvenir de Mme. Denuelle. Le fue imposible reaparecer en la Ópera y después de haber sido contratada en el primer teatro lírico del mundo, su amor propio de artista la indujo a rechazar todas las propuestas que le hicieron en los teatros de Lyon, Burdeos y Marsella. Prefirió expatriarse. Estuvo mucho tiempo en la corte de Luis de Bonaparte, en Holanda y en Westphalia, con Jerónimo. A la caída del Emperador se encontró sin empleo y representó en los teatros de Dublin y de Londres. Desde 1815 hasta 1825 su vida no presentó sino un tejido de acontecimientos de los cuales varios fueron funestos... Perdió por completo la voz y engordó demasiado para aparecer en el teatro. Entre tanto se había casado con M. Denuelle, hombre suave, cortés y muy bien educado. Después de haber ensayado de todo para hacer fortuna sin triunfar en nada, decidió ir al Perú con la esperanza de que allí la suerte le fuese menos adversa. Llegó con muy poco dinero y como Mme. Aubrit de Valparaíso, fue a Chabrié a quien debió la posibilidad de establecerse. Su hotel había prosperado más allá de sus esperanzas. Cuando la conocí trataba de venderlo, pues deseaba regresar a Francia en donde podría vivir cómodamente con 10,000 libras de renta que había economizado. Con un carácter diferente ella podría ser muy feliz en Lima, pero no era así.

Mme. Denuelle estaba dotada de un espíritu vivo e inteligente. Su corazón mediocremente sensible, no se conmovía sino en las grandes ocasiones. Su educación, por completo volteriana, las repulsas soportadas en el ejercicio de su profesión y los treinta años de decepciones   [p. 381]   y desgracias sufridas, no habían contribuido poco a endurecerla. Nunca había tenido hijos, de suerte que ningún sentimiento tierno, ninguna dulce emoción había echado algunas flores en esta vida árida, toda llena de egoísmo y de indiferencia. Mme. Denuelle era en general detestada en Lima. Sus sarcasmos herían a todo el mundo y no había persona a quien no la hubiese alcanzado: todos habían sido ridiculizados en sus bromas.

Esta mujer tenía realmente el talento muy notable de coger el ridículo, las manías y el aire mismo de los individuos. Torcía la nariz, los ojos, cojeaba, bizqueaba, tartamudeaba, fingía contracciones, todo con tanta verdad y comicidad que era de perecer de risa. Como se puede presumir, el ejercicio de semejante talento le había suscitado implacables enemigos. Muchas personas hacían un largo rodeo para no pasar delante de la tienda de Mme. Denuelle, por temor a ser objeto de una de sus caricaturas. Contaba todo con tanta alegría como espíritu y su conversación, en extremo variada, era de lo más divertida. Se le acusaba de ser déspota en su casa, de tratar mal a su marido, de ser áspera y hasta mala con sus inquilinos. Esos reproches eran fundados y sin embargo, para ser justos, no habría que callar sus buenas cualidades. No se le reconocía ninguna y, a pesar de todo, las tenía. El orden y la economía con que dirigía su casa, su vida sedentaria y laboriosa, son rasgos que no deberían omitirse para que el retrato se pareciera. Cualidades tanto más notables porque se encontraban en una mujer cuya vida había sido tan disipada. Pero los hombres no tienen en cuenta, en los demás, sino las cualidades de que sacan provecho.

Mme. Denuelle tenía por entonces cincuenta y seis años. Parecía no tener sino cuarenta. Siempre pensé que se aumentaba la edad por coquetería. Era una mujer de cinco pies y tres pulgadas de estatura, gruesa en proporción, de buen color, con los cabellos, muy negros, todos sus dientes, los ojos vivos, atrevidos, malévolos, los labios delgados, la nariz arremangada y la fisonomía dura, de expresión sardónica y arrogante. Estaba siempre arreglada con mucha sencillez y con extrema limpieza.

Mme. Denuelle me tomó gran amistad. Como la conocía por lo que de ella me habían dicho M. M. Chabrié, David y Briet y por haber oído hablar a otros adopté frente a ella el modo de hacerle sentir que esperaba de ella más consideración que intimidad. Todos mis queridos compatriotas y hasta los limeños venían a prevenirme muy oficiosamente que me cuidara si no quería que Mme.   [p. 382]   Denuelle me manejase a su antojo. Mi sonrisa a estos decires manifestaba a las claras que no temía esta influencia. Mas bien la tuve yo en tal forma sobre nuestra huéspeda que jamás se atrevió a hacerme una pregunta, a pesar de su extrema curiosidad. Jamás me llamó de otro modo que señorita. Tristán, cuando muchos de los señores de su hotel y hasta su marido me decían a menudo señorita Flora. Me contó toda su vida, todos sus dolores y soy yo quizá la única persona en el mundo a quien haya tenido el valor de confesar que jamás había sido feliz. Aunque sea, según dicen, de una gran sequedad de corazón, me complazco en afirmar aquí que conozco en su vida dos o tres rasgos de una sublime abnegación y me prueban que su alma no ha sido siempre inaccesible a los sentimientos generosos.

Los franceses eran mucho más numerosos en Lima que en Arequipa. La mayoría se ocupaba del comercio. Tenían cuatro casas fuertes y unas veinte, de segunda clase. Además, había un continuo movimiento de capitanes, sobrecargos y pasajeros franceses que iban y venían.

Lo digo con pesar. Había en Lima entre nuestros compatriotas, menos cuerdos aún que en Arequipa. Todos se detestaban, se calumniaban y se hacían cuanto daño podían. A la cabeza de las casas francesas, citaré las de M. M. Gautreau, de Nantes; Dalidou, Martenet y Larichardiére, de Burdeos. Baroillet, de Bayona, etc., etc. Había otra multitud de franceses comerciantes, artistas, maestros de toda especie, artesanos, etc. Igualmente muchas francesas vendedoras de modas, costureras, dueñas de pensión, parteras. Toda esta gente trataba de hacer fortuna con más o menos éxito.

En ocho días Mme. Denuelle me puso al corriente de todo lo que se hacía en la ciudad. Me hizo conocer por sus relatos a la mayor parte de las personas, también como si las hubiese yo estudiado durante diez años. Jamás he llevado una vida más variada y más distraída, pero sin embargo, no me habría agradado continuarla. Apenas tenía un momento para escribir mi diario. En cuanto estaba sola Mme. Denuelle subía a mi cuarto y su interminable conversación era tan instructiva como graciosa.

Almorzaba y comía con los pensionistas. La casa reunía a muy buena sociedad: oficiales de la marina inglesa, americana o francesa, negociantes y gentes del país. Mientras duraba la comida me divertía mucho. Como tengo el oído muy fino, la maliciosa Mme. Denuelle a cuyo lado estaba yo colocada, me decía en voz baja las   [p. 383]   cosas más graciosas, las más chistosas sobre las personas presentes y todo esto haciendo con gracia los honores de la mesa sin que su cara traicionase en nada las palabras que me decía. Después de la comida me refería chismes o remedaba a los individuos y siempre me hacía reír hasta las lágrimas. Lo que me ganaba su buena voluntad era saberla escuchar. No tenía yo en ello gran mérito, porque me agradaba oírla. Pero ¡qué tesoro para una actriz encontrar después de diez años de destierro una persona a quien sus gestos divierten y sus relatos interesan! Sin embargo tenía muy poco tiempo que consagrar a Mademoiselle Aubé. Por la mañana recorría la ciudad. Iba a menudo a comer a las casas donde me invitaban. Y las visitas, los paseos, el teatro, las reuniones y las charlas íntimas con mis nuevos amigos me ocupaban todas las noches.

  [p. 385]  

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