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Ibero-American Electronic Text Series

Tristán, Flora / Peregrinaciones de una Paria [Selección] (1946)

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PREFACIO

Antes de Comenzar la narración de mi viaje debo hacer conocer al lector la posición en que me encontraba cuando lo emprendí y los motivos que lo determinaron. Debo colocarlo en mi punto de vista, a fin de asociarlo a mis pensamientos y mis impresiones.

Mi madre es francesa. Durante la emigración, se casó en España con un peruano 2. Como algunos obstáculos se oponían a su unión, se casaron clandestinamente y fue un sacerdote francés emigrado quien celebró la ceremonia del matrimonio en la casa que ocupaba mi madre. Tenía yo cuatro años cuando perdí a mi padre en París. Murió súbitamente, sin haber regularizado su matrimonio y sin haber pensado en reemplazarlo con disposiciones testamentarias. Mi madre tenía pocos recursos para vivir y educarnos a mi hermano menor y a mí. Se retiró al campo, en donde viví hasta la edad de quince años. Mi hermano murió. Regresamos a París, en donde mi madre me obligó a casarme con un hombre 3 a quien no podía amar ni estimar 4. A est a unión debo todos mis males; pero como mi madre, después, no ha cesado de mostrar el más vivo pesar, la he perdonado y en el curso de esta narración me abstendré de hablar de ella. Tenía veinte años cuando me separé   [p. 14]   de ese hombre. Hacía seis años, en 1833 5 , que duraba esta separación y cuatro solamente que había yo entrado en correspondencia con mi familia del Perú.

Supe durante esos seis años de aislamiento todo lo que está condenada a sufrir la mujer que se separa de su marido en medio de una sociedad que, por la más absurda de las contradicciones ha conservado viejos prejuicios contra las mujeres colocadas en esta posición, después de haber abolido el divorcio y hecho casi imposible la separación de cuerpos. La incompatibilidad y mil otros motivos que la ley no admite, hacen necesaria la separación de lo esposos; pero la perversidad, sin suponer en la mujer motivos que ella pueda declarar, la persigue con sus infames calumnias. Excepto un número pequeño de amigos, nadie cree en lo que dice y, excluída de todo por la malevolencia, no es, en esta sociedad que se enorgullece de su civilización, sino una desgraciada paria, a quien se cree demostrar favor cuando no se la injuria.

Al separarme de mi marido había abandonado su nombre y tomado el de mi padre. Bien acogida en todas partes como viuda o como soltera, siempre era rechazada cuando la verdad llegaba a ser descubierta. Joven, bonita y gozando en apariencia de una sombra de independencia, eran causas suficientes para envenenar las conversaciones y para que me repudiase una sociedad que gime bajo el peso de las cadenas que se ha forjado, y que no perdona a ninguno de sus miembros que trata de liberarse de ellas.

La presencia de mis hijos 6 me impedía hacerme pasar por soltera y casi siempre me presentaba como viuda. Más, permaneciendo en la misma ciudad en donde residían mi marido y mis antiguas relaciones, me era muy difícil sostener un papel que una multitud de circunstancias podía hacerme traicionar. Ese papel me ponía frecuentemente en situaciones falsas, echaba sobre persona un velo de ambigüedad y me atraía sin cesar los más graves disgustos. Mi vida era un suplicio de todos los instantes. Sensible y orgullosa con exceso, me sentía continuamente ofendida en   [p. 15]   mis sentimientos y herida e irritada en la dignidad de mi ser. Si no hubiese sido por el amor que tenía a mis hijos, sobre todo a mi hija, cuya suerte en el porvenir excitaba vivamente mi solicitud y me inducía a quedarme a su lado para protegerla y socorrerla, sin ese deber sagrado que penetraba profundamente en mi corazón ¡qué Dios me perdone y qué los que gobiernan nuestro país también! ¡me habría dado la muerte...! Veo, ante esta confesión, la sonrisa de indiferencia y de egoísmo que no comprende, en su inepcia, la correlación existente entre todos los individuos de una misma colectividad. Como si la salud del cuerpo social, en el que varios de sus miembros se sienten empujados al suicidio por la desesperación, no ofreciese algún motivo de estudio. Había escrito en 1829 a mi familia del Perú con el deseo, formado a medias, de refugiarme cerca de ella y la respuesta que recibí me habría animado a realizar de inmediato ese proyecto si no me hubiese detenido la reflexión desesperante de que también ellos iban a rechazar a una esclava fugitiva, porque, por despreciable que fuese el ser de quien sufría el yugo, su deber era morir en el tormento antes que quebrantar los grillos remachados por la ley.

Las persecuciones de M. Chazal me habían obligado, en distintas ocasiones, a huir de París. Cuando mi hijo cumplió ocho años insistió en tenerlo a su lado y me ofreció el descanso con esta condición. Cansada de tan larga lucha y no pudiendo resistir más, consentí en entregarle a mi hijo vertiendo lágrimas por el porvenir de ese niño; más apenas transcurridos unos meses después del arreglo, este hombre empezó a atormentarme y quiso también quitarme a mi hija, porque se dio cuenta de que me sentía feliz al tenerla cerca de mí. En esta circunstancia me vi obligada nuevamente a alejarme de París. Era la sexta vez que, para sustraerme a persecuciones incesantes, dejaba la única ciudad del mundo en que me ha gustado vivir. Durante más de seis meses, oculta bajo un nombre supuesto, anduve errante con mi pobre hijita. En esta época la duquesa de Berry recorría la Vendée. Tres veces me detuvieron. Mis ojos y mis largos cabellos negros, que no podían corresponder a la filiación de la duquesa, me sirvieron de pasaporte y me salvaron de toda equivocación. El dolor, unido a las fatigas, agotó mis fuerzas. Al llegar a Angulema caí peligrosamente enferma.

Dios me hizo encontrar en aquella ciudad a un ángel de virtud que me brindó la posibilidad de ejecutar el proyecto que desde   [p. 16]   hacía dos años meditaba y me impedía realizar el afecto por mi hija. Me habían indicado la pensión de Mlle. Bourzac como la mejor para dejar a mi niña. Desde el principio esta excelente persona leyó en la tristeza de mis ojos la intensidad de mi dolor. Recibió a mi hija sin hacerme una sola pregunta y me dijo: "Puede marcharse sin ninguna inquietud. Durante su ausencia le sirviere de madre, y si la desgracia quisiera que no la volviese a ver se quedará con nosotros”. Cuando tuve la certidumbre de ser reemplazada cerca de mi hija, resolví ir al Perú y refugiarme en el seno de mi familia paterna, con la esperanza de encontrar allí una posición que me hiciese entrar de nuevo en la sociedad.

Hacia fines de enero de 1833, fuí a Burdeos y me presenté en casa de M. 7 de Goyeneche, con quien estaba en correspondencia. M. de Goyeneche (Mariano) es primo de mi padre. A mi vista, M. de Goyeneche se admiró de la extraordinaria semejanza de mi fisonomía con la de mi padre. Le recordaba a su antiguo amigo, y a este recuerdo se unían para él los de su juventud, los de su familia y, en fin, los de su país, al que extrañaba sin cesar. Concentró luego en mí una parte del afecto que había tenido a su primo, y ese anciano de nobles modales me recibió con consideraciones que me demostraban cuanto me distinguía. Me presentó a toda la sociedad como su sobrina y me colmó de testimonios de benevolencia. Recibí también muy buena acogida de M. Bertera (Felipe) 8, joven español que vive con M. de Goyeneche y se ocupa de los negocios de mi tío Pío de Tristán. Permanecí dos meses y medio en Burdeos tomando las comidas en casa de mi pariente y me alojé muy cerca, en casa de una señora que me arrendó un departamento amueblado. Tuve alguna demora antes de poder emprender el viaje y un concurso de circunstancias fortuitas vino a complicar aún más mi situación. En 1829 había encontrado en París, en una pensión en donde me alojé al llegar de un viaje, a un capitán de navío que venía de Lima. Sorprendido de la semejanza de mi nombre con el de la familia Tristán que él había conocido en el Perú, me preguntó si eramos parientes. Respondí que no, como tenía costumbre de hacerlo. Diez años hacía que había renegado de esa familia,   [p. 17]   por causa que más adelante haré conocer, y fue la casualidad de ese encuentro la que me permitió entrar en correspondencia con mis parientes del Perú, hacer el viaje y todo cuanto sucedió después.

Tras de larga conversación con M. Chabrié (ese era el nombre del capitán) escribí a mi tío Pío una carta que puede atestiguar la nobleza de mis sentimientos y la lealtad de mi carácter, pero que me perdió, al revelarle la irregularidad del matrimonio de mis padres. Pasaba como viuda en el hotel y mi hija estaba conmigo. Fue en esta situación en que me conoció el capitán Chabrié. Se fue. Yo a mi vez dejé esta casa poco después de haberle encontrado y, desde entonces, no oí hablar más de él.

En febrero de 1833 sólo había en Burdeos tres navíos que salían para Valparaíso: el Carlos Adolfo, cuyo camarote no me convenía; el Fletes, al que hube de renunciar porque el capitán no quiso tomar en pago de mi pasaje una letra de cambio pagadera por mi tío; y el Mexicano, hermoso barco nuevo que todo el mundo ponderaba. Me había presentado como señorita a M. de Goyeneche y a toda su sociedad. Es fácil imaginar el efecto que produjo sobre mí el nombre del capitán del Mexicano, cuando mi pariente me dijo que se apellidaba Chabrié. Era el mismo capitán que, en 1829, había encontrado en aquel hotel de París.

Hice cuanto pude a fin de evitar embarcarme en el Mexicano; pero, temiendo que mi conducta fuese juzgada como extraordinaria en la casa de mi pariente, en la que M. Chabrié había sido muy recomendado por el capitán Roux, quien desde hacía mucho tiempo mantenía relaciones de negocios con mi familia, no me atreví a negarme a visitar el barco.

Pasé dos días y dos noches en una perplejidad de la que no sabía cómo salir. No había visto a M. Chabrié sino dos o tres veces, cuando comía con él en la mesa de huéspedes. Sólo me había hablado del Perú, y al escucharle pensaba únicamente en una familia cuyo abandono me había causado tan terribles pesares, sin ocuparme en lo menor del hombre que, sin darse cuenta, me hablaba de mis más caros intereses. Le había olvidado por completo y ahora hacía penosos esfuerzos para recordar a aquel hombre con quien habría de entenderme. Me atormentaban las más vivas inquietudes. Temía echar a perder mi viaje si lo difería, y lo que no cesaba de oír acerca de los capitanes de navío no era de naturaleza para tranquilizarme sobre el grado de confianza que debía conceder al   [p. 18]   capitán del Mexicano. No podía resistir más a las instancias de mi pariente, a quien presionaba M. Chabrié para conocer mi determinación, a fin de poder disponer, si yo no iba en su barco, del camarote que me destinaba. Cuando me he encontrado en situaciones embarazosas no he tomado consejo sino de mi corazón. Hice buscar a M. Chabrié, quien me reconoció con sorpresa en cuanto entró. Yo estaba emocionada. Cuando estuvimos solos le tendí la mano:

--Señor, le dije, no le conozco; sin embargo, le voy a confiar un secreto muy importante para mí y voy a pedirle un eminente servicio.

Cualquiera que sea la naturaleza de ese secreto, me respondió, le doy mi palabra, señorita, de que su confianza no estará mal colocada y en cuanto al servicio que espera de mí le prometo hacerlo, a menos que la cosa sea completamente imposible.

--¡Oh! gracias, gracias, le dije, apretándole con fuerza la mano. Dios le recompensará del bien que me hace.

La expresión y el acento de verdad de M. Chabrié me habían convencido en seguida de que podía contar con él.

--Lo que le pido, continué, es simplemente olvidar que me ha conocido en París con el nombre de señora y con mi hija. Le explicaré a bordo la razón. Dentro de dos horas visitaré su navío y escogeré mi camarote. M. Bertera arreglará el precio con usted y hasta la partida hablé de mí como si me hubiese visto hoy por primera vez... M. Chabrié me comprendió y me apretó la mano con cordialidad. Ya éramos amigos.

--¡Valor!, me dijo, voy a apresurar nuestra partida. Comprendo todo lo que debe sufrir en su situación.

Puedo decirlo: esta primera visita de M. Chabrié es uno de los más felices recuerdos que conservo en el corazón.

Durante los dos meses y medio que permanecí en Burdeos me sentí afectada por las más inquietantes aprensiones. En dos oportunidades había vivido en esa ciudad con mi hija, antes de haber pensado en mi familia del Perú. Había conocido a mucha gente, de suerte que cada vez que salía me exponía a encontrar a algunos de esos antiguos conocidos, quienes podían pedirme noticias de mi hija, a mí la señorita Flora Tristán. Sentía una continua ansiedad. ¡Con qué impaciencia esperaba el día en que debíamos hacernos a la vela!

No veía la hora de salir de casa de mi tío, M. Goyeneche. Sin embargo, me trataban con la mayor distinción y sobre todo con   [p. 19]   pruebas de afecto que me hubiesen hecho muy feliz de haber estado en una posición sólida. Pero tenía demasiado orgullo para complacerme en consideraciones prodigadas a un título que no era el mío y mi corazón, abrevado por largos sufrimientos, no podía ser accesible a los prestigios del mundo y de su lujo. Esta sociedad organizada para el dolor, en la cual el amor es un instrumento de tortura, no tenía para mi ningún atractivo. Sus placeres no me daban ninguna ilusión, veía el vacío y la realidad de la ventura que a ella se había sacrificado. Mi existencia había sido destrozada y no aspiraba ya sino a una vida tranquila. El reposo era el sueño constante de mi imaginación y el objeto de todos mis deseos. No me resolvía sin pesar a mi viaje al Perú. Sentía, como por instinto, que iba a atraer nuevas desgracias sobre mi cabeza. Dejar mi país que amaba con predilección; abandonar a mi hija que no tenía más apoyo que el mío; exponer mi vida, mi vida que era una carga para mí, porque sufría y porque no podía gozarla sino furtivamente, pero que de haber sido yo libre me habría parecido bella y radiante. En fin, hacer todos esos sacrificios y afrontar todos esos peligros, porque estaba unida a un ser vil que me reclamaba como a su esclava. ¡Oh! esas reflexiones hacían saltar indignado a mi corazón. Maldecía esta organización social que, opuesta a la Providencia, sustituye con la cadena del forzado el lazo del amor y divide la sociedad en siervos y en amos. A esos movimientos de desesperación sucedía el sentimiento de mi debilidad. Las lágrimas brotaban de mis ojos. Caía de rodillas e imploraba a Dios con fervor para que me ayudase a soportar la opresión. Era durante el silencio de la noche cuando, asediada por estas reflexiones, se desenvolvía ante mis pensamientos el irritante cuadro de mis desgracias pasadas. El sueño huía o sólo durante cortos instantes endulzaba mis penas. Me perdía en vanos proyectos, trataba de penetrar el carácter de mi pariente M. de Goyeneche. Es religioso, me decía, hasta el punto de no faltar un solo día a misa. Puntual en el cumplimiento de todos los deberes que la religión impone, debe estar en sus pensamientos Dios, al que nombra a cada paso. Es rico y pariente mío cercano, ¿podría negarse a tomarme a mí y a mi hija bajo su protección? ¡Oh! pensaba, no puede rechazarme. No tiene hijos, yo soy la que Dios le envía. Hoy, esta misma mañana, le confiaré mis pesares, le relataré el martirio de mi vida y le suplicaré que nos guarde en su casa a mi pobre hijita y a mí. Sería   [p. 20]   ¡ay! una carga que le impondríamos a él, solterón, sin familia, rebozando de todo y, que habita solo en una casa inmensa, (el hotel Schicler), en donde su sombra se pierde y en donde nuestras voces amigas harían resonar sin cesar acentos de reconocimiento?... Pero, en la mañana, cuando con el corazón palpitante de emoción me acercaba al anciano, desde las primeras palabras que me dirigía, me asombraba la expresión seca y egoísta del solterón, del hombre rico y avaro que no piensa sino en sí mismo, que se considera el centro de todas las cosas y atesora siempre para un futuro que no alcanzará jamás. Esta expresión de sequedad me helaba. Enmudecía, encomendaba a mi hija a Dios y deseaba ardientemente estar lejos, en el mar. Nunca hice esta tentativa, es cierto, a pesar de la devoción de mi pariente, pero no hubiese tenido éxito. Tuve la prueba de ello a mi regreso. El catolicismo de Roma nos deja con todas nuestras inclinaciones y da a la del egoísmo mayor intensidad. Nos separa del mundo, más para concentrar todos nuestros afectos en la Iglesia. Se hace profesión de amar a Dios, y es por la observancia de las prácticas religiosas impuestas por la Iglesia, que se cree probarle ese amor. Lejos de creerse uno obligado a socorrer a sus parientes, sus relacionados y amigos, al prójimo en fin, se encuentra casi siempre motivos religiosos, tornados en la conducta del que reclama el socorro, para negárselo. Con largueza para la Iglesia y confiándole algunas limosnas, es como se imagina generalmente satisfacer la caridad predicada por Jesucristo.

M. Bertera, aunque español y buen católico, había ido muy joven a Francia en donde fue educado e imbuido en los mismo prejuicios religiosos de M. de Goyeneche. Sin embargo, no le concedí mi confianza. Sentía hacia él una amistad desinteresada y no quise comprometerle en la mentira que decía a mi familia. Ese joven, desde que le conocí, no había cesado de prodigarme testimonio de afecto. Creía en la sinceridad del interés que me manifestaba y me complacía en demostrarle mi reconocimiento. El placer que sentía en hacerlo mitigaba las innumerables tribulaciones que me asaltaron durante mi estancia en Burdeos. Hasta entonces la mayor parte de las personas con quienes las circunstancias me había puesto en relación sólo me habían hecho daño, en tanto que M. Bertera sentía satisfacción en serme útil. Me confió sus doloroso pesares y sus preocupaciones. Había visto morir de la misma enfermedad a toda su familia, con la que estaba tiernamente vinculado. Quedó solo y vivía en el aislamiento, en medio del mundo y de su   [p. 21]   frío egoísmo. El dolor compadece al dolor, por más diversas que sean las causas. Desde la primera conversación se estableció entre nuestras almas una intimidad melancólica que, piadosa en sus aspiraciones, no tocaba a la tierra por ningún punto. Me gustaba este joven, sentía esa simpatía tierna y afectuosa que, en la desgracia, los seres sensibles experimentan unos por otros. Su trato para mí era un dulce bálsamo. Cerca de él respiraba con más libertad y la horrible pesadilla que continuamente me oprimía pesaba menos duramente sobre mi pecho. Me gustaba salir con él y casi todas las tardes hacíamos largos paseos, mientras mi viejo pariente echaba su siesta. Por su lado, M. Bertera buscaba asiduamente todas las ocasiones para serme agradable. Su afecto por mí se manifestaba hasta en las cosas más pequeñas.

En mi vida he vacilado un instante en sacrificar un goce personal al placer más vivo para mí: el de contribuir a hacer feliz o preservar del pesar a quienes amaba realmente. La sinceridad del afecto que me tenía M. Bertera me daba la convicción de que habría comprendido mi dolor si le hubiese confiado el secreto de mi cruel posición y la imposibilidad de cambiarla hubiese aumentado más aún su pesar. Además, la falsa situación en que me ponía la mentira que me habían impuesto los prejuicios de la sociedad, me era demasiado penosa para consentir en que un hombre bueno, a quien quería y para quien tenía tantas obligaciones, soportase una porción cualquiera de las consecuencias que podían acarrear esta mentira. Guardé mi secreto. Tuve el valor de callar cuando estaba segura de encontrar en el corazón de aquel joven una viva simpatía para mis desgracias. Hice este sacrificio a la amistad que le había jurado, y sólo espero la recompensa de Dios.

Partí, recomendando mi hija a la señorita Bourzac y al único amigo que tenía. Ambos me prometieron amarla como a su hija y conservé la dulce y pura satisfacción de no dejar ningún recuerdo penoso tras de mí.

  [p. 371]  

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