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Ibero-American Electronic Text Series

Alonso, Manuel A. / El Jíbaro (1949)

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ALGUNOS RECUERDOS

Conservo en mi memoria algunos recuerdos de diferentes épocas de mi vida que creo noserán mirados con indiferencia par los lectores de estos artículos. Entre ellos los hay de miniñez; estos nada importarían, si no dieran una idea de nuestras costumbres de aquel tiempo,ensalzadas por unos y deprimidas por otros de un modo que, por la exageración con que lohacen, es injusto. El más antiguo de dichos recuerdos, que se remonta a los primeros años demi vida y que aún en la vejez conservo con toda frescura, es el siguiente:

Imagen verdadera tenida por un sueño

En el año de 1826 fue destinado mi padre, de ayudante mayor, como a la sazón se decía,al 7 Batallón de Milicias Provinciales, cuya plana mayor residía en Caguas cuando yo teníatres años y algunos meses. Allí fui creciendo hasta el año de 1836 que dejé aquel pueblo paravenir a estudiar al Seminario en la capital.174

Durante este tiempo, y creyendo que había sido un sueño, tenía a menudo presente laimagen de un cuadro que me embelesaba. Veía una alcoba con una gran cama y una cuna ya mi lado, haciéndome caricias, sentada una señora joven y hermosa. Por una ventanacontemplaba el cielo azul con ligeras nubes blancas; la brisa que por ella penetraba,refrescando mi cuerpo, me producía un gran bienestar y el sonido de cornetas que tocaban alo lejos me arrullaba, haciéndome caer en el sueño más delicioso y apacible. Yo amaba aquellavisión que me hacía sentir un placer semejante al que experimentaba con la caricias de mibuena madre.

  [p. 200]  

Cuando preguntaba a ésta donde estaban aquella alcoba, aquella señora, aquel cielo yaquellas cornetas, me contestaba: que todo era un sueño y que aquella señora era la Virgenque quería mucho a los niños buenos. «Pero aquella señora no se parece, replicaba yo, a laVirgen que está en la iglesia, sino a ti.» Mi madre se reía y del mejor modo posible mesatisfacía antes con caricias que con razones.

Al empezar mis estudios vine a vivir a la Marina en una casa que estaba enfrente de la quehoy es la estación del tranvía y con cuyos dueños tenían mis padres intima amistad. Había enaquella casa un establecimiento donde se cuidaban caballos, a los cuales se alimentaba con layerba de guinea que producía todo el terreno comprendido desde lo que hoy es bajada de laPuerta de España hasta detrás del teatro. En el lado oeste de dicha casa había una tonelería.Una vez yo andaba a vueltas con el quis vel quid175 y los toneleros me impedían con su ruidoaprender la lección, me sacó del apuro la bondadosa señora con quien vivía, dándome unanave y diciéndome que me fuera por el corral hasta otra casa de su propiedad, que estabadesalquilada, y de la que hasta hace pocos años se veían aún los restos frente al almacén deMargari.

Tomé con gusto la nave y puede el lector calcular cual sería mi sorpresa cuando, al abriruna ventana que daba al este, siento en mi rostro la misma brisa, veo el mismo cielo y oigotocar en el castillo de San Cristóbal los mismos toques de corneta, cuanto yo creía habersentido, vista y oído en un sueño. Me parece que los tabiques tienen la misma pintura, sólofaltan los muebles y aquella señora que la sincera piedad de mi madre me había hecho creerque era la Virgen. Rompí a llorar pensando en mi buena madre, a quien adoraba, y de la queyo, aún niño, me había separado por primera vez pocos días.

Media hora después y atacado de una jaqueca violenta, me metí en cama, sin haberestudiado mi lección y sin concurrir al aula aquella tarde.

Al día siguiente escribí a mi madre. Su contestación la leí no sé cuántas veces y la conservésobre mí hasta que, rota ya, se la llevé la primera vez que fui a pasar en su compañía unasvacaciones.

  [p. 201]  

Ahora bien: aparte de lo extraño que era el que una criatura de tan corta edad conservaraun recuerdo tan claro, nada había de particular en todo lo demás. Mi padre, oficial subalternoatrasado en el cobro de sus sueldos, como entonces lo estaban todos los que al Estado servían,casado y teniendo dos hijos, obtuvo el que le concedieran el terreno de que he hablado antes.En el sembraba, con su asistente, en las horas que el servicio les dejaba libres, y hastaaprovechando las noches de buena luna, hortalizas que se vendían a buen precio y fabricó lapequeña casa donde fui yo a estudiar mi lección, mientras estuvo desalquilada. Allí nació elmenor de mis hermanos.

Cuando mi padre ascendió a capitán le destinaron a las milicias y su honradocompañero de pobreza, su asistente, pudo con sus ahorros comprarle la casa y pagarle algode lo que había gastado en la cerca del terreno, y habiendo cumplido como soldado, se casócon la que me recibió en su casa cuando vine a estudiar, viuda ya y vuelta a casar, y lamisma que me dio la llave. Nunca he olvidado el cariño con que me trataron tanto ellacomo su nuevo esposo.

El pirata Almeyda

En el año 1830 gobernaba el Castillo del Morro don Diego Lamela, anciano retirado delservicio con el grado de teniente coronel. Era éste señor muy amigo de mi padre, y tanto elcomo su esposa amaban a los niños, aunque nunca los habían tenido de su largo y pacíficomatrimonio. Por esto y por el afecto que a mis padres profesaban, fue para ellos un día demucho placer aquel en que vinimos, en dicho año, a pasar unos días a la capital; por másque, en realidad, no lo debiera ser la permanencia en su casa de tres chicos traviesos, comolo éramos nosotros.

La habitación del comandante del Morro era entonces la que está en el patio principal,junto al arco que da salida a la batería situada al este y que tiene comunicación con ella porunas ventanas, abiertas en la muralla, frente a la rampa de subida a las baterías superiores.

A tres puertas de la de ésta habitación, y entre ella y el cuerpo de guardia, había la de unabóveda o calabozo, guardada exteriormente por un centinela y asegurada con una fuertecerradura y un cerrojo no menos reforzado.

  [p. 202]  

Desde el primer día, a la hora del almuerzo y de la comida, notamos que entraba unabandeja, que registraba nuestro huésped con cuidado y en la cual venían diferentes manjares,una botella con vino y, lo que más nos despertaba el apetito, algunos dulces. No se necesitabatanto para avivar nuestra curiosidad y hacer que resolviéramos averiguar la persona a quiencon tal esmero se destinaba todo aquello.

Dicho y hecho: a la hora de la comida, yo que era el mayor de los tres hermanos, me fuidetrás del veterano Lamela que, con un ordenanza emprendió la marcha, escoltando labandeja consabida. Llegaron hasta la puerta de la bóveda; el centinela pronunció las palabras:« Sin novedad» y en prueba de ello tiró con una mano del cerrojo que estaba muy seguro.Entonces el mismo comandante introdujo en la cerradura una pesada llave que siempreguardaba; el ordenanza abrió la puerta, después de descorrer con algún trabajo el gruesocerrojo, y por ella penetraron los que me precedían.

Aunque me impuso no poco aquel aparato, penetre también en el calabozo, colocándomedetrás de todos; en tanto que dejaba la cama donde descansaba, un hombre de estatura másque mediana, vestido de blanco con ropa de tela muy fina que se reducía a camisa y pantalón,y llevaba una pesada barra de grillos que suspendía, con la mano izquierda, por unoscordones, que se ataban por el otro extremo en dicha barra, para poder caminar.

Aquel hombre era de muy buenas formas, más bien grueso que delgado, ancho dehombros, de color muy blanco, ojos azules, pequeños y muy expresivos, cabello rubio, oscuroy rizado, que le caía sobre la nuca, con una dentadura y unas manos que pudieran envidiarlealgunas señoras. Tal era José Almeyda, antes corsario, después pirata y terror de estos maresdurante algunos años.

Colocaron en medio del calabozo una pequeña mesa y en la única silla que había, se sentóel preso y empezó tranquilamente a comer, sirviéndose de una cuchara de cuerno y un punzónde madera, porque no se le permitía el uso del cuchillo ni del tenedor. Durante la comida hablóalgo, empleando para ello una mezcla de castellano y portugués, que todos, incluso yo,entendíamos bien; y cuando reparó en mi pequeña persona, pareció alegrarse y me llamó; yo,que no las tenía todas conmigo, no me atrevía a acercarme; pero un gesto del anciano Lamelame dio ánimo y llegué tan cerca, que el pirata puso mano sobre mi cabeza para   [p. 203]   acariciarme;empezamos a hablar y cuando me regaló la mitad de los dulces que le habían servido, eramosya los mejores amigos.

Esta escena se repetía todas las tardes ya conmigo, ya con mi hermano Eduardo. El máspequeño de los tres, mi hermano Campio, aunque sólo tenía cinco años, quiso también tomarparte en las visitas; pero a la segunda que hizo, se dio orden de no permitirle volver, porquecada vez que iba, el preso no comía y lloraba. A la pregunta que sobre esto se le hizo, contestó:«Tengo un hijo de la edad de este niño, que sólo he visto dos veces, y ya no le veré más.»Almeyda era natural de Lisboa, de una familia distinguirla, su instrucción era más quemediana. Durante la guerra de separación del continente americano obtuvo una patente y sehizo corsario de la República de Buenos Aires. Su barco, cuando fue apresado, se llamaba elPichincha; nombre de un volcán y de una provincia en la República del Ecuador, y era unbergantín perfectamente armado con algunos cañones por banda.

Don Pedro Tomás de Córdova refiere el hecho del modo siguiente en sus Memorias, (Tomo5, pág. 212):

«El 28 (diciembre de 1827) entró en el puerto de la capital el bergantín corsario de BuenosAires el Pichincha. Este buque se hallaba en San Eustaquio y parte de su tripulación se alzócon él, y vino a entregarse a la plaza. La empresa fue ardua y heroica, pues tuvieron quebatirse sin armas, contra seis oficiales que las tenían y a quienes no dejaron salir a fuerza debaldes de agua, con que impedían lo verificasen, inutilizándoles las armas. De parte de estosmurieron dos y otro de los apresores. En Santomás dejaron los cuatro restantes, entre ellos elcapitán, que suplicó a don José Vera, que dirigió la acción, no lo condujese a Puerto Rico,porque estaba juramentado de no tomar las armas contra España. En efecto, había sidoprisionero en el corsario Anguilita y conducido a la plaza donde juró no volver al servicio deColombia.

»¡Qué buena fe, de parte de aquel pirata, que contraste con la generosidad de Vera!»

A bordo del Pichincha encontraron las autoridades, a quienes fue entregado en estacapital, un niño pequeño. ¿Cómo se hallaba aquella criatura entre piratas? He aquí lo que yomismo el año 36 a uno de los marineros apresadores, y que está del todo conforme con larelación que a dicho niño hizo la persona   [p. 204]   que lo crió y educó y de la cual tomó el apellido;porque ni el recuerda el hecho, ni a sus padres, ni el lugar donde nació, ni las personas conquien viajaba, ni el buque en que lo hacía, todo lo ignora porque fue cogido cuando aún notendría dos años de edad.

«Saltamos, decía el marinero, a bordo de un barco de travesía; Almeyda hizo pasar acuchillo o echar al agua a todos los que había en él, lo mismo hombres que mujeres, lo mismotripulantes que pasajeros. Nadie reparó al pronto en el niño, si alguno lo vio, no le hizo dañopor lo muy pequeño que era. Cuando Almeyda se fijó en él, lo levantó en alto para arrojarloal mar, el niño sonreía, alargaba sus bracitos como para acariciar al que iba a darle muertey repetía: "Papá, papá." Entonces aquel hombre lo besó y lo puso sobre la cubierta. Fue laprimera vez que le vi tener lástima. Desde aquel día todos cuidamos al niño; unos porcompasión, otros por miedo, porque Almeyda no jugaba y había prometido castigar al que lehiciera el menor daño.»

Aquella criatura es hoy un hombre de más de cincuenta años, empleado en las oficinas dela Audiencia de esta Isla y su nombre es don Juan García. La persona que lo crió y lo educófue don Julián García cuyo apellido lleva aquel.

En el tomo 6, página 280 de las citadas Memorias de Córdova, se lee lo que sigue:

«Existía preso en el Castillo del Morro el corsarista José Almeyda, a quien seguía causael Tribunal de Marina, por los varios y atroces actos de piratería de que estaba acusado, yreclamado por los gobiernos inglés, francés y portugués. Concluida la causa por todos lostrámites de la ley, sentenciado en Consejo de guerra y aprobado el fallo en la Habana por elTribunal Superior, fue pasado por las armas aquel reo el 14 de febrero de 1832, a lasinmediaciones del Castillo donde se hallaba preso, después de habersele dado los socorrosespirituales, que exigen la religión y la caridad cristiana.»

Más de cuatro años estuvo Almeyda en el calabozo del Morro. Durante ellos circularonrelaciones infinitas, verdaderas unas, falsas otras y no pocas exageradas. No faltó, comosiempre sucede, quien le creyera un ser extraordinario, arrastrado por la fatalidad (era laépoca del romanticismo); ni quien se lo imaginara un demonio que podía matar con la vista.Almeyda era un hombre de buena familia, medianamente instruido, con mucha ambición de   [p. 205]   adquirir bienes de fortuna y ningún escrúpulo al escoger los medios para ello, sin moralidad,sin amor a sus semejantes, ni compasión de las víctimas que hacía, para saciar su codicia; fue,en una palabra, un malvado. Empezó por ser corsario, concluyó siendo pirata. En medio detanta perversidad, brillaba, empero, en aquella alma un sentimiento que le dominaba, el amora sus hijos, el afecto a los niños. Aquella fiera que degollaba toda la tripulación de un buque,retrocedía ante la sonrisa de un niño que le llamaba papó, y lloraba a la vista de otro que teníala edad de sus hijos.

Por malvado que sea un hombre queda siempre en el fondo de su alma algo que nos impiderenegar de la humanidad.

En prensa ya lo referido en este artículo, me ha dicho don Juan García que tuvo, ya haceaños, noticia y recibió cartas de su familia Su madre murió, después de saber que su hijo vivía,y aún existe una hermana suya, que le escribe, en el Brasil, provincia del Marañón, ciudad deNuestra Señora de Belén de Pará; y me ha mostrado varias cartas de ambas y de su cuñado.

El buque en que lo encontró Almeyda se llamaba El Triunfo del Maranon, del que eradueño y capitán su padre, cuyo nombre era don José Laranche Oliveira. El nombre de Garcíaera Juan de los Santos y el de su madre doña Joaquina Oliveira.

El Seminario176

El día 2 de julio de 1832 se inauguró el Seminario fundado por el obispo don PedroGutiérrez de Cos, que falleció a los nueve meses de este hecho memorable.

Cuatro años después, en el año 1836, empece en dicho establecimiento el estudio de lo queentonces se llamaba latinidad y filosofía, y encontré en el a casi todos los estudiantes queingresaron cuando la fundación: muchos de ellos han muerto, algunos viven aún. Al frente delColegio estaba el rector, elegido por el señor Cos, Fr. Ángel de la Concepción Vázquez.177

Era este Señor un excelente sujeto, amante de la juventud, incansable en la enseñanza,y con un gran fondo de bondad, cubierto con la corteza más ruda y áspera que puedeimaginarse.

  [p. 206]  

Me parece estarlo viendo marchar por aquel claustro con su exterior robusto y vigoroso,color blanco sonrosado, ojos azules, pelo rubio, ademán resuelto, vestido con la sotana de sedaque nunca dejaba, un libro debajo del brazo, la palmeta en la mano, el cigarro puro en la bocay la mirada escudriñadora que tanto nos asustaba.

Tenía a su cargo, además del de rector, el de administrador, mayordomo, celador,vigilante, profesor, pasante y no se cuantos más. El lo era todo. Dormía poco, trabajabasiempre; cuando un alumno de cualquier clase no se aplicaba bastante, se encargaba el mismode tomarle la lección y raro era el que a los pocos días no estaba corregido: el rebelde dejabapronto el seminario porque, según repetía con frecuencia: «El que no es para casado que noengañe la mujer»; «Todo palo no sirve para trompo»; «Qui potest capere capiat qui nonsucumbat.»178 Deduciendo de estos proverbios que el que no había de aprender, era mejor que,en lugar de estar jeringando en el Seminario, se fuera a coger una azada para ganar un realen casa de su abuela.

Al mismo tiempo se le veía entusiasmarse con los chicos estudiosos, desinteresado ymidiendo por un rasero a ricos y pobres, a poderosos y desvalidos.

Durante la guerra civil en la madre patria, cuando disputaba el trono a la reina Dña. IsabelII su tío, infante D. Carlos, entre los estudiantes del Seminario había, como entonces se decía,cristinos y carlistas. El rector era absolutista y conocía perfectamente los discípulos de ideasliberales; llegamos a organizar dos grupos, que llamábamos Regimientos, con sus jefes yoficiales y en el patio del Colegio hacíamos ejercicio con espadas y fusiles de madera. El P.Ángel nos veía y lejos de enfadarse decía: «¡Pobres muchachos!, lo que ahora hacen jugandoharán de veras dentro de algún tiempo»; pero jamás hizo la menor alusión que indicara deseode mezclarse en lo que nosotros o nuestras familias pensábamos.

Cuando se celebraron fiestas públicas en esta ciudad por el convenio de Vergara que pusotérmino a la primera guerra carlista, ocurrió un hecho que referiré porque pone de manifiestoel carácter del P. Ángel, y da también una idea de la rectitud de mi excelente padre.

  [p. 207]  

Dispuso el Gobernador Capitán General, que lo era D. Santiago Méndez de Vigo,179 quehubiera tres días de fiesta. Los alumnos externos del Seminario concurrimos a él el primer díatemprano, con la esperanza de que nos daría la orden de retirarnos y no volver hasta pasadosdichos tres días. En vez de esto se nos dijo: que había clases como siempre. Esto nos irritó ydespertó en nosotros un entusiasmo imponderable por la reina y por la libertad y una antipatíaprofunda hacía D. Carlos y sus partidarios, que no hubieran sido tan explosivos si el rectorhubiera estado en el Seminario; pero se hallaba fuera y dada nos contuvo. Después de decirno pocas tonterías de muchachos, en las cuales tomé yo una parte principal, siendo el mástonto de la partida, marchamos todos y yo el primero en busca de músicas, revistas de tropas,bailes, cucañas,180 etc.

El primer día que concurrimos a la clase, entramos en ella con una dosis más queregular de miedo. El padre Ángel nos preguntó uno a uno, por qué habíamos faltado y miscompañeros fueron excusándose quien con sus ocupaciones, quien con un dolor de muelas,quien con un cólico, y hasta alguno hubo que pretextó una diligencia a Río Piedras. «¡Ah!»,le dijo sonriéndose, «¿le llevaron a usted con su correspondiente gula?» Como esto eraigualarle al ganado caballar o vacuno, causó hilaridad, sobre todo en los que ya habíansalido del paso. --«¿Y usted por qué no ha venido a la clase?», dijo dirigiéndose a mi,después de haber preguntado a todos los demás.

Tantas excusas se habían dado que no era fácil encontrar una nueva; por esto y porquecomprendí que el nublado iba a descargar sobre mí, alcanzando a mis condiscípulos sólolas lloviznas me quede callado.

--¿Por qué no ha venido usted?, repitió.

Igual silencio por mi parte.

--Porque no le ha dado la gana. ¿No es así? Pues tome usted la puerta y no vuelva más.

Lo hice en el acto, encontrandome a poco en la calle sin saber que rumbo tomar.Felizmente me ocurrió la idea de ir a casa del Dr. D. Rufo Manuel Femández, amigo de mipadre y mi maestro de Física y Química; referíle el caso y convencido de que le decía la verdad,me dijo:

  [p. 208]  

--Eso no es nada: el Padre Ángel ha tomado como una provocación el silencio de usted;dejemos que le pase la incomodidad: mañana iré a verle y se arreglará este asunto. Váyasetranquilo a su casa y a nadie hable usted de lo ocurrido.

Obedecíle al punto; pareciéndome después que me había quitado un gran peso deencima; empero, no tardamos mucho en convencernos el bondadoso y sabio padre Rufo yyo de que habíamos echado la cuenta sin la huespeda. La huespeda en la Isla de PuertoRico es la facilidad con que corren las noticias. Antes de llegar la noche sabía el generalMéndez de Vigo que un chico del Seminario había sido despedido por no haber ido a claseen los días de fiesta y poco después de oscurecer, al presentarse D. Rufo a visitarle segúncostumbre, le recibió contándole el lance con todos sus pelos y señales.

--Hagame el favor de decir al rector del Seminario que aquí no hay más rey que Dña.Isabel II, ni más Gobernador, que mande en su nombre, que yo; y me avisará usted si mañanano ha vuelto a sus estudios el chico que ha despedido hoy.

El padre Rufo aseguró: que el estudiante despedido volvería a su clase y trató deconvencerle de que mi silencio, interpretado erróneamente, era la causa de todo.

Al día siguiente, cuando habló al padre Ángel, éste le dijo que podía ir a la clase sin temoralguno, y yo debo añadir que, antes de esto, había recibido un recado en los mismos términos.Si me hubiera presentado en la clase por la mañana, antes del recado, todo lo más, hubierasufrido un regaño ligero y sin acompañamiento de palmetas; pero, en vez de obedecer,contesté, con la petulancia propia de un muchacho engreído, así al recado como a los consejosde D. Rufo: que no volvería al Colegio hasta que mi padre viniera; a cuyo fin le había escritoya.

Tres días después me hallaba en su presencia y la escena fue muy corta; un saludo en elque mi padre me trató de usted, Como lo hacía siempre que estaba descontento del procederde alguno de sus hijos.

--¿Cómo ha sido eso de usted con el rector?

--Del mismo modo que lo he referido en mi carta.

--Bien: tome usted el sombrero y venga conmigo.

Y sin decir palabra atravesamos varias calles y entramos en la habitación que tenía elP. Ángel en el Seminario, que es la que ahora sirve de portería.

  [p. 209]  

--¡Gracias a Dios!, dijo, estrechándola mano de mi padre, aquel sacerdote, este viaje pudousted evitarlo si su hijo hubiera vuelto cuando le mandé decir que lo hiciera.

--Padre, le suplico me diga con toda franqueza cual es el comportamiento de mi hijo.

--Muy bueno; pero el día de las fiestas me alborotó los muchachos y después no quisocontestarme cuando le pregunté, como a los demás, por que había faltado a clase. Cuatrodías ha tardado en volver aunque le he llamado varias veces; mientras que al marcharse,apenas aguardó a que acabara de decírselo.

--¿No tiene usted otra queja de él?

--No señor.

--Pues bien: aquí lo traigo para que le imponga el castigo que merezca. Apruebo cuantohaga. Tengo absoluta confianza en usted y, si alguna vez el Capitán General le envía recados,le contesta: que en mi ausencia, es usted el padre de este chico y que nadie, incluso él, que comomilitar que soy, puede llevarme a la muerte y le obedeceré gustoso, tiene derecho ainterponerse entre los dos.

Dicho esto, se despidieron con un buen abrazo y yo quedé mirando si había un rincóndonde esconderme de puro avergonzado.

--¿Ha traído usted su libro?

--No señor.

--Pues es igual, aquí hay otro; ésta es la lección de mañana, es usted un buen estudiantey antes de una semana estará al corriente.

He aquí la única reprensión que me dio el bueno de mi paisano.181

Nueve años después recibí el título de médico. ¿Hubiéralo alcanzado si en aquella ocasiónhubiera tenido un maestro menos generoso y un padre menos sensato e imparcial?

Creo que no.

El primer día, como una hora después de haber entrado en el colegio, un compañero de miedad se burló de mi ropa, que por cierto no era muy a la moda, diciéndome:

--¡Casero! ¡qué chupa!182

Fuime a él sin decir palabra y, con el arte de Nebrija que llevaba en la mano, le dí en lafrente con tanta fuerza que empezó   [p. 210]   a llorar y dar gritos, levantándosele un chichón más queregular.

El celador mayor, que era un colegial de los más adelantados y que por su estatura, suformalidad y firmeza representaba más edad de la que tenía, compareció en el sitio de laconcurrencia y, no conociéndome, porque me veía por primera vez, me preguntó quien era.

--Un estudiante externo, le respondí.

--¿Desde cuándo asiste usted a la clase?

--Desde hace una hora.

--¿Una hora? Pues a ese paso, si lo dejamos, nos come usted a todos. Amigo, aquí no sepermite pegar. Síganme los dos y vamos a ver esto.

Así nos llevo basta la puerta y llamó al profesor que daba clase, ensenando en ella los tresprimeros libros de la gramática de Nebrija.

--Vea usted estos dos discípulos suyos.

--Hace poco que salieron, con mi permiso para ir a cierto lugar.

--A uno lo conozco; a este otro no. ¿De dónde es?

--Creo que ha venido de Caguas. ¿No es así?

--Sí señor, contesté yo.

En menos de un minuto se concluyó el proceso, y quince segundos después se habíaejecutado la sentencia, con recibir yo cuatro palmetazos que me hicieron ver estrellas.

Mi condiscípulo dejó de llorar, yo no proferí la menor queja, aunque no podía aguantarel dolor de mis pobres manos; pero quedé convencido de que en el Seminario estaba vedadoel pegar, según me había dicho el celador mayor.

Todavía vive éste: es mi antiguo amigo el Dr. D. Francisco Jorge Hernández, que norecuerda el lance. Otra cosa sería si hubiera el recibido los palmetazos.

Muy distinta fue la suerte del que me los dio. Ejercía mi profesión en Caguas en el año1850, cuando una noche fui llamado del pueblo de Cayey para ir con urgencia a visitar a unseñor Caldas que en él vivía. Me puse en marcha y al saludar al enfermo conocí en él a mimaestro de latín D. José Antonio Caldas: su estado era muy triste; enfermo de una tisis, quealgunos días después lo llevó al sepulcro, muy poco o nada pude hacer en su favor. Sentímucho su muerte.

  [p. 211]  

Cuando recuerdo a mis compañeros de colegio me entristece el ver que vamos quedandomuy pocos. Antonio Dueño, Eduardo y Eleuterio Jiménez, Eduardo Micault, Julio TomásBarreda, Francisco Mancebo, Gabriel P. Carrera, Francisco Vasallo, Gabriel, Marcos yVicente Giménez, Francisco López Cepero, Manuel Valdés Linares, Luis A. Becerra, Lino D.Saldaña; Gerónimo Carreras, José González de Cos, Juan Viñals, Cornelio Cintrón, JoséVicente Dávila, José María Baez, y otros muchos dejaron de existir hace más o menos tiempo;los unos antes de concluir su carrera como Barreda, Núñez y Dueño, los otros después dehaberla terminado y de brillar más o menos entre sus paisanos.

El último de estos que bajó a la tumba fue mi constante amigo Alejandro Tapia y Rivera,cuya pérdida lloran las letras, que en esta Isla no han salido de la infancia. Era Alejandro elmuchacho más alegre y revoltoso que he conocido, cuidábase poco del vestido, hablaba deprisa, gesticulaba de un modo tan expresivo que su mano fue más de una vez a dar en el rostrode su interlocutor, tomaba parte en las cuestiones para decir siempre la verdad y ayudar almás débil. Jamás riñó conmigo, lo cual no era extraño porque, desde el día de mi entrada enel Seminario, no tuve otro lance de honor, y rompí hasta la última de mis chupas sin quehubiera condiscípulo que se atreviera a decirme que eran teas.

Entre los que de éstos viven, se cuentan José Julián Acosta, Román Baldorioty deCastro, Serafin Viñals, Julio Audinot, José de Celis Aguilera, Ramón y Joaquín de Soto,Manuel Agliero, Antolín Nin, Juan Antonio Hernández Arvizu, Antonio Moreno, FedericoAsenjo, y no muchos más que yo sepa; una nueva generación ha venido a reemplazarnos.Hagamos poco ruido, para que la muerte no se perciba de que quedamos rezagados.

La suerte de mis antiguos compañeros ha sido varia: unos han figurado mucho, otros hanvivido y muerto en la oscuridad; unos han adquirido bienes de fortuna, otro han seguido o hancaído en la pobreza y puedo asegurar de todos: que en ellos se confirma ser una verdad que,en la lotería de la vida, no siempre alcanzan los primeros premios aquellos que más lo merecen.

El padre Jiménez

Este sabio y virtuoso sacerdote nació en el pueblo de Cabo Rojo, el día 9 de junio de 1783.Estudió en esta ciudad con   [p. 212]   los PP. Predicadores, y se ordenó de presbítero en 1807.

En el mismo año hizo oposición a curatos vacantes y fue calificado el primero entre losopositores: obtuvo además por elección del Obispado la cátedra de latín que desempeñó hastasu muerte.

En 1814 fue a la isla de Santo Domingo, en cuya Universidad recibió los grados de bachilleren Filosofía y doctor en Teología.

En las clases abiertas en esta ciudad en el año 1824 estudió cánones y Leyes. Fue nombradoexaminador sinodal.

En el de 1839, fue agregado--a la Comisión Regia que vino a esta Isla a estudiar y proponerleyes especiales para su régimen y gobierno, ofrecidas en la Constitución de 1837.

En el de 1845 fue elegido gobernador del Obispado, sede vacante, presidente de la Juntaprovincial de Instrucción primaria y socio de mérito de la Sociedad Económica de Amigos delPaís.

En 1849, director del Asilo de Beneficencia.183 Falleció el 3 de abril de 1851, a la edad de 68años, de una congestión cerebral, que lo llevó repentinamente a la otra vida, al salir delconvento de Santo Domingo donde fue, como todos los días, a confesar a las muchas personasque lo solicitaban. Le acompañaba su discípulo el Pbro. Valdejuli que le sostuvo cuando cayóde rodillas.

El Dr. D. Juan Francisco Jiménez fue, por su ejemplar virtud, más eminente que por susaber, y este no era poco. Sacerdote de Jesucristo imitó al Redentor del mundo en lahumildad en la caridad inagotable, en el amor al prójimo. Su vida fue un admirableejemplo de abnegación. Nada poseía porque todo lo daba al necesitado, vestía pobremente,jamás se le vio en la morada del poderoso, sino cuando allí le llevaban desgracias quellorar, odios que extinguir, virtudes que sostener, penas que consolar; en la vivienda deldesvalido se le hallaba todos los días y a todas horas, porque en ella debe vivir la caridad, yel era la caridad en persona.

No es extraño que no tuviera enemigos; y que, ante aquel pobre hábito que cubría elcuerpo de un santo, enmudeciera la rivalidad y la envidia. Nadie hubiera osado dudar siquierade su virtud, todos le veneraban; sólo él, en su grande humildad, se imaginaba ser el último delos hombres. Amaba la verdad, y sólo un vicio juzgaba peor que la mentira: la hipocresía.

  [p. 213]  

La amistad de mis padres con el Dr. Jiménez era muy íntima y a esta circunstancia debíel honor de que fuera mi padrino de bautismo aquel perfecto modelo de sacerdotes.

Cuando yo era niño y mi familia venía a la capital, siempre me llevaban a visitarle y desdeentonces data el sentimiento profundo de cariño y veneración que me inspiró durante su viday que conservaré sin menoscabo mientras dure la mía.

Tenía el padre Jiménez un esclavo, adquirido por herencia, que se burlaba de su bondady cometía todo género de faltas. Al principio se las perdonó, le dio buenos y muy repetidosconsejos; después empecé a amenazarlo con un castigo terrible, si no se enmendaba. Si losconsejos fueron inútiles, las amenazas no dieron mejor resultado; hasta que por fin un díaresolvió el padre Jiménez ponerlas por obra; lo cual realizó llamando al mulato y diciéndole:

--Te llamo para decirte que no puedo tolerarte más; te he dicho y repetido muchasveces que, si no te corregías, ibas a dar lugar a que te castigara de un modo ejemplar. Puesbien: el día de ese castigo ha llegado; desde hoy eres el único responsable de tus acciones,trabajarás para ganar el sustento y si delinques, te corregirá la justicia de los hombres enesta vida y la de Dios en la eterna. Toma este papel que es la escritura en que te declarolibre. Procura ser honrado y si la miseria o la enfermedad te agobian, acude a mí y tesocorreré en cuanto pueda.

En el archivo del Asilo de Beneficencia hay una comunicación que lleva la fecha de 10 denoviembre de 1849, está firmada por el gobernador, Sr. D. Juan de la Pezucha, y dice así:

«Adjunto al oficio de usted, de 8 del corriente, he recibido las relaciones de los muebles queconsidera usted pueden enajenarse, de los destinados al uso de esa Dirección; y, aunque estoyhecho cargo de la sobriedad y costumbres austeras de usted, espero que la venta solo severifique de lo que absolutamente no sea necesario para el servicio de la expresada Direccióny para tener amuebladas sus habitaciones con el decoro que corresponde a su dignidad y aldestino que ocupa.

»Hecha otra vez la clasificación de los muebles que usted crea oportuno enajenar, puededisponer su valoración y que se practiquen diligencias para realizar la venta.»

El general señor de la Pezuela conocía bien al padre Jiménez y sabía que hubiera dejadola Dirección de la casa sin un   [p. 214]   mueble, para dar el producto de su venta a los pobres, comohabía hecho con sus propios bienes y como hizo durante toda su vida con cuanto dineroadquirió.

La administración de su casa consistía en esto: pagaba por meses adelantados la frugalalimentación que le preparaban unas pobres maestras de niñas que vivían en la casa que hoytiene el número 39 de la calle del Cristo. De su vestido apenas se cuidaba; en no pocasocasiones sus amigos y hasta sus discípulos tuvieron que advertirle el visible deterioro del quellevaba puesto y entablar porfiados diálogos para hacerle admitir, como regalo, un sombrerode teja, una sotana o un par de zapatos de pano como ellos usaba.

El único lujo que se permitía el padre Jiménez era el de mantener algunos pájaros: de estosrecibía frecuentes regalos que le hacían sus amigos. Me ha dicho uno de sus sobrinos que,cuando murió, negaban a sesenta los que tenía y cuidaba el mismo con el mayor esmero.

Todavía existe la pequeña casa en que vivió muchos años. Es la que hoy tiene el número34 en la calle del Cristo, frente a la puerta principal de la iglesia de San José (antiguoconvento de Santo Domingo), esquina a la calle de Beneficencia.63 A los que tuvimos ladicha de conocerlo nos parece ver aun por aquellos contornos la noble figura de unsacerdote de color trigueño, estatura regular, pelo y ojos negros, mirada bondadosa yademan humilde, ante la cual todos saludaban con el mayor respeto y el más profundocariño, porque aquel sacerdote era el padre Jiménez.

El padre Rufo

En el año 1832 me mandó mi buena madre una mañana a saludar a un señor canónigo ydoctor que la tarde antes había negado a la casa de los hermanos Sampayo, comerciantes enel pueblo de Caguas, donde a la sazón vivía mi familia.

La palabra «canónigo» en aquellos tiempos y a mi corta edad, que no negaba a los diezaños, sonaba en mis oídos, representándome un señor viejo, muy grave, muy serio, y a quiendebía hablarse por medio de un memorial.

Aprendí perfectamente el recado, ensayé el modo que me pareció mejor de darlo y, pocodespués, llegué a la casa de Sampayo   [p. 215]   donde encontré a la persona a quien me dirigía;quedando no poco admirado cuando me dijeron y vi que era un señor de mediana edad, deestatura pequeña, hermosa cabeza, fisonomía expresiva, ojos vivos y festiva conversación,como indicaba el placer con que era escuchado. Tal se presentó a mis ojos el Dr. D. RufoManuel Fernández.

Abriéronme paso y puesto delante de aquel señor, que desde el primer momento me fuemuy simpático; con el tono particular y propio de los niños, le dije:

--Sr. Canónigo: de parte de mi papá y de mi mamá vengo a saludar a usted, y a preguntarlecómo ha pasado la noche.

--¡Hola!, me contestó ¿Y quién es tu papá

--Se llama don Juan Alonso.

--¿Mi paisano con quien hablé anoche?

--Sí, señor.

--Bien: dí a tu papá y a tu mamá, que les agradezco mucho su atención y que he pasadomuy bien la noche.

Después añadió:

--¿Tú sabes cómo pasa la noche un canónigo?

--No señor.

--Pues la pasa cenando primero y durmiendo después muy bien. ¿No es así?

--Yo no sé.

--¿Y qué es lo que sabes?

--Nada.

--¿No sabes leer? ¿No te ha enseñado tu maestro?

--No, señor.

--¿No sabes leer?

--Sí, señor.

--¿Y luego? (esta pregunta la repetía bastante, cuando hablaba en broma). ¿Y luego, quiénte enseñó?

--Me ensenó mi mamá.

--¿Y a rezar?

--También.

--¿Y quieres estudiar?

--Sí, señor.

--¿Vas a ser militar como tu padre?

--No señor, porque no me gusta. Quiero ser abogado.

--Ven a verme, todos los días; yo tengo un librito muy bonito, que hace reír mucho. ¿Note gustan los libros que hacen reír?

  [p. 216]  

--Sí, señor. En casa, por las noches, leemos mi hermano Eduardo o yo, para pasar el rato,y los demás escuchan. Ahora estamos leyendo un libro que mamá dice que es el mejor y quenos hace reír a todos. Se llama Don Quijote de la Mancha.

--Mira: aquí lo tengo, dijo mostrándome un tomo que estaba sobre la mesa. Ven a vermetodos los días, me leerás algunas páginas y saldremos a paseo juntos. ¿Quieres venir?

--¡Ya lo creo!

--Adiós; dí a tu papá y a tu mamá que iré pronto a verlos y cuéntales cómo eres mi amigo.

--Adiós, señor Canóni...

--No me llames «canónigo»; llámame don Rufo. ¿Lo entiendes?

--Adiós Sr. D. Rufo: hasta mañana.

De esta manera comencé a ser amigo de mi sabio, virtuoso y venerado maestro el Dr. D.Rufo Manuel Fernández: amistad jamás interrumpida y que había de serme tan provechosa.Primero fui su discípulo, después su médico y siempre el más constante y agradecido de susamigos. En la penosa y larga enfermedad que le llevó al sepulcro en agosto de 1855, le asistíhasta el último momento y, en unión de tres de sus más queridos discípulos, los señores donNicolás Aguayo, don Román Baldorioty de Castro y don José Julián Acosta, acompañé sucadáver hasta dejarle sepultado en el cementerio de Caguas. Los sacerdotes de los pueblosvecinos acudieron solícitos para unir sus preces a las del párroco de aquel pueblo, y de lacapital fue uno que, tres años después, ocupó la silla episcopal de esta Diócesis, el fundador dela casa de párvulos, Fr. Pablo Benigno Luis Carrión de Malaga, de grato recuerdo para lospuertorriqueños.

Como no pretendo escribir la biografía de nuestro don Rufo, sólo diré que nacié enSantiago de Galicia, en cuya Universidad estudió y tomó el grado de doctor, distinguéndoseen ella por su grande afición al estudio de la Física y de la Química. Fue catedrático deLógica, Metafísica, Química y Física en dicha Universidad. Separado de su cátedra, a causade sus ideas liberales, en el año 1823, a la caída de la Constitución y perseguido cruelmentepor el partido absolutista, llegó en el de 1830 a Madrid. Allí, gracias al cambio político queiba preparándose y también al cariño que le profesaban personas de valimiento, obtuvo enel de 1832 el ser nombrado canónigo de esta catedral.

  [p. 217]  

Entonces empezó para don Rufo una nueva lucha tenaz e implacable; la de la virtud y laciencia contra la ignorancia engreída y el ciego fanatismo político. Los jóvenes le buscabanporque a su lado aprendían. ¡Esto era peligroso! ¿Ofrecía enseñar en el Seminario Física yQuímica y para ello regalaba un gabinete y un laboratorio? ¡Anatema, anatema! ¡Cómo! ¡Unsacerdote dar lecciones de ciencias físicas en un plantel de sacerdotes! Estas ciencias no debenenseñarse en un Seminario por más que, fuera de el, no haya en Puerto Rico unestablecimiento de segunda enseñanza. ¡Fuera, fuera! Vaya don Rufo con sus brujerías a otraparte.

En la carta que con este motivo dirigió el modesto fraile franciscano, rector del Seminario,don Ángel de la Concepción Vázquez al Dr. Rufo, exclamaba: «Parece que sobre instrucción,en este país, pesa una maldición. ¡Cómo ha de ser! ¡Paciencia!»

Cuando hubo el pensamiento de establecer un colegio de segunda enseñanza, preparatoriopara todas las carreras y en el cual pudiera completarse el estudio de algunas, fue don Rufo,si no el iniciador de la idea, como tengo yo motivos para creer, su más ardiente y activopartidario. Son bien conocidos los sacrificios que hizo: sacrificios que el país jamás olvidara.Cuando creyó que el Colegio Central sería en breve un hecho consumado, se embarcó para laPenínsula acompañado de los jóvenes Micault, Nuñez, Acosta y Baldoriot y de Castro, parahacer de ellos, como hubieran sido todos, excelentes profesores. Los dos primeros murierona poco de haber llegado a Madrid; los dos últimos cumplieron su deber; pero a su vuelta, elColegio Central hacia muerto. Un Capitán General lo protegía, otro lo mató; haciendodevolver las cantidades recogidas en los pueblos por suscripción voluntaria, para invertirlasen la construcción del edificio. Ventajas del gobierno personal absoluto.

Don Rufo no se desanimó por tantas decepciones e injusticias: firme siempre en supropósito, regaló a la Sociedad Económica de Amigos del País el gabinete y laboratorio queel Cabildo Eclesiástico no quiso aceptar para el Seminario, continuó enseñando a cuantosquisieron oír sus lecciones y logró despertar la afición al estudio de las ciencias naturales,complementos desconocidos antes aquí.

No fueron éstos los únicos contratiempos que experimentó; sufrió grandes disgustos, hijosde la sorda persecución de que fue objeto. No los relatare, aunque los recuerdo muy bien,porque   [p. 218]   no quiero añadir leña a un fuego todavía no bien extinguido, ni faltar a lo que ofrecía un hombre que todo lo ocultaba y perdonaba.

El despotismo ha sido aquí, lo que en todas partes, un verdadero Proteo, que ya se escondedentro del venerado hábito del sacerdote, ya dentro del uniforme de un militar valiente, yadentro de la toga de un hábil letrado. En todas estas clases encontró don Rufo admiradores yamigos; pero también injustos y encarnizados detractores.

Necesitaría escribir un libro si quisiera y pudiera narrar todos los recuerdos que conservode mis relaciones con don Rufo, desde el año 1832 en que le conocí, al de 1855 en que falleció.

El niño que en Caguas se encantaba oyendo su alegre e instructiva conversación, yaprendía muchas cosas sin sospecharlo siquiera; el joven, después estudiante del Seminario,que vivió con su maestro en la casa que hoy tiene el número 38 de la calle de San Justo, esquinaa la de San Sebastián, llegó con el tiempo a ser el médico y el amigo íntimo de su bienhechory pudo muy bien apreciar hasta dónde llegaban su virtud, su saber y su afán incansable deinstruir a la juventud.

Sus costumbres eran purísimas y sencillas; jamás, estando bueno, se halló en cama aldespuntar el día. Su alimento era frugal y su vestido modesto. Durante el tiempo que viví ensu casa, venía todas las madrugadas a llamar a la puerta del cuarto donde yo dormía con elsueño profundo y descuidado de los pocos años, diciéndome:

--Vamos, levántese usted que está envenenando su sangre: salga usted a respirar el aire dela mañana. El madrugar da salud, virtud, dinero; virtud, dinero, salud; dinero, salud, virtud.Y así continuaba combinando las tres palabras, en diversa colocación, hasta que yo me reía.Entonces él reía también.

Alguna vez que me permití observarle que aún era de noche me contestaba:

--Para el holgazán siempre es de noche.

Salíamos de casa y nos paseábamos por las calles o por la Plazuela de Santiago hasta que,al romper el día, abrían la puerta de tierra que como todas las demás de la ciudad, se cerrabaen aquel tiempo a la hora de retreta, y veíamos la salida del sol desde la segunda o tercera líneade las fortificaciones exteriores de la plaza.

  [p. 219]  

Allí abría yo un tomo del Quijote, edición antigua, con cubierta de pergamino, que llevabadebajo del brazo y leía hasta que mi maestro, poniendo una mano sobre el libro me ordenabasuspender la lectura, que algunas veces había durado muy poco, porque una neuralgia en lacabeza que padecía el pobre señor, le impedía a menudo fijar la atención y oír toda clase deruidos. De este mal sufría violentos ataques que le atormentaban de un modo horrorosodurante días, semanas, y aún meses. Los médicos estaban de acuerdo en creer que las causasde esta dolencia eran grandes sufrimientos morales y excesos cometidos en el estudio.

Entre sus grandes virtudes tenia el valor; pero no el valor vulgar y pasajero que dan la ira,el orgullo, la vanidad y otras pasiones; sino el más elevado, el más noble, producto de lagrandeza del alma, de la serenidad de la conciencia, del amor a lo justo.

Vivía por el año de 1838 en la casa que construyó mi padre en la Marina. Una nocheque se encontraba solo en ella en el balcón. Se le presentó un hombre alto, probablementeel célebre Bibián, que fue cogido, juzgado y sentenciado a muerte poco después, y le entregóuna carta. Don Rufo, que estaba delicado por razón de sus males, no podía leerla; viendoque no se movía, se empeñó el portador en que la leyera, para que entrase en la casa y leamenazó con una pistola; trabándose entre los dos una lucha cuerpo a cuerpo. Gritódurante ella el acometido y, como eran sólo las ocho y la noche muy clara, acudieron dosdependientes de los almacenes y el dueño de una casa, todos vecinos. Don Rufo estaba depie: les entregó la pistola que en la lucha arrebatara al malhechor (éste había huido) y cayóal suelo sin conocimiento.

El Dr. D. Rufo Manuel Fernández, cuya vida fue un combate sin tregua contra laignorancia, sufrió mucho; pero hoy se hace ya completa justicia y rinde justo tributo degratitud a su memoria.

FIN

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