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Ibero-American Electronic Text Series

Alonso, Manuel A. / El Jíbaro (1949)

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EL SUEÑO DE MI COMPADRE

Como no podía menos de suceder en la tierra clásica de los compadres, tengo yo varios yentre ellos uno que con el necesario permiso, presento a mis lectores. Llámase don Cándido yle cuadra perfectamente el nombre: lo que no le cuadra es el apellido Delgado porque pesamás de doscientas libras.

Este mi compadre es un bonachón a carta cabal, servidor y consecuente como pocos;pero fundido en el antiguo molde colonial. Para él el Gobernador es todavía el CapitánGeneral de otros tiempos, la Audiencia, el ya olvidado Asesor de Gobiemo, y los Alcaldes,los hace tiempo difuntos Tenientes a Guerra (Q.D.G.G.). Siempre que se le hablade gobierno, administración de justicia o de cualquier otro ramo, siempre que oye larelación de un suceso que necesita correctivo, siempre que alguien se queja de que le hanhecho una injusticia, contesta de un modo invariable: «¡Si yo fuera Capitán General!»

¿Qué haría usted?, le he preguntado algunas veces. Entonces me ha contestado sin vacilary según los casos: que separaría al Alcalde o al Juez, que pondría en el castillo del Morro alIntendente, que embarcaría bajo partida de registro a toda la Audiencia, que desterraría alObispo y hasta fusilaría a la Diputación Provincial. El bueno de mi compadre no se para enbarras, y aunque incapaz de ver morir al pollo que han de servirle al almuerzo, sería, porsupuesto de palabra, una fiera que acabaría con todos los empleados, si, como el dice, fueraCapitán General.

Hace pocos días y al siguiente de uno en que habíamos discutido muy largo, no sobre labondad de su sistema de gobierno, porque sobre este punto mi compadre no admite discusión,sino sobre las dificultades que habría que vencer al ponerlo en práctica, me lo vi entrar en casatan alegre, que le pregunté si había sacado el premio grande de la lotería.

  [p. 184]  

--No he sacado premio grande ni chico; pero he sido ya Capitán General y por cierto queno me ha gustado el oficio.

Quedéme parado al oír esto, porque me ocurrió la idea de que el pobre hombre se habíavuelto loco.

--Vaya, me dijo al notar mi turbación, ¿no quiere usted saber cómo ha pasado cosa tanrara?

--Nada deseo tanto como saberlo.

--Pues allá va mi historia, me contestó, después de sentarse y encender un cigarro:

Anoche me recogí a la hora de costumbre; media hora después mi mujer me despertó,porque mis ronquidos no la dejaban dormir: me volví al otro lado y a poco empecé a sonar queocupaba el palacio de la Fortaleza como dueño de la casa. Mi ayudante de servicio estaba ensu puesto para anunciarme las personas que iban llegando, y yo, como si en mi vida no hubierahecho otra cosa, las recibía o hacia esperar, según su importancia o la del asunto que había detratar con ellas.

Yo estaba completamente transformado; mi natural encogimiento se había convertido ensoltura, mi timidez en arrogancia y mi lenguaje torpe en elegante facilidad. Me encontrabamás instruido en todas las materias que cuantos conmigo hablaban, y resolvía las cuestionescon un acierto que jamás hubiera creído tener. Todo esto me admiraba; pero lo que menospodía comprender era cómo había adquirido el don de leer en el interior de cada uno lo quepensaba cuando me dirigía la palabra; de manera que conmigo no había falsedad ni disimuloposibles.

El primero que se me presentó fue un señor, llegado de cierto pueblo de la Isla, vestido porun buen sastre, aunque llevaba la ropa como el que a ella no está acostumbrado; lucía sobreel chaleco gruesa cadena y pesados dijes de reloj y en la camisa ricos botones de brillantes;pisaba recio, hablaba alto y en ciertos momentos ponía cara de traidor de melodrama.Hablóme mucho de sus tierras, de sus canas, de sus ganados y cuando hizo recaer laconversación sobre las personas más notables de su pueblo, me aseguró que allí no había máshombres honrados que él, dos amigos suyos y el Alcalde. Los demás, debían inspirarme muypoca a ninguna confianza porque eran díscolos, intrigantes y sobre todo, enemigos del ordeny del principio de autoridad. Por fortuna y gracias al don de penetrar en su pensamiento deque yo disfrutaba,   [p. 185]   estaba oyendo que interiormente se decía:

--Si supiera este buen general que vendido todo lo que tengo, no alcanzaría para pagara mis acreedores, que algunos de ellos están en la miseria, mientras yo nado en laabundancia y que el Alcalde y los otros dos sujetos que tanto le recomiendo es para que novean el lazo que les preparo, con el fin de acabar con ellos en la primera ocasión.

Tentaciones me dieron de echar aquel villano a puntapiés; pero me contuve y ledespedí; cuando entraba otro sujeto de buena figura, tan cortes, tan elegante y de manerasy lenguaje tan respetuosos, que me agradó sobremanera. Traía el encargo de presentarmeuna exposición de un convecino suyo que, según me aseguró, era, además del más rico, elprotector, el padre de todos los habitantes de su pueblo, donde nada bueno se hacía sin suanuencia. El socorría a los necesitados, ponía en paz a los desavenidos, era, en una palabra,la Providencia que llevaba a todas partes la dicha y el contento.

También éste me engañaba, según leí en su interior. El padre, el bienhechor, la Providenciaera el azote de aquel pobre pueblo: se había hecho rico a fuerza de mil bajezas y crímenes quehabían quedado impunes, y la pretensión que ahora tenía era la de que se le concediera laexplotación de un monopolio injusto y dañoso a sus convecinos.

Después de este agente de malos negocios se me presentó un maestro de escuela que veníaa quejarse del Alcalde y del Ayuntamiento. A este infeliz cargado de familia le debían ochomeses de sueldo. Al principio encontró quien le prestara dinero al tres por ciento de interésmensual; pasado algún tiempo, otro sujeto se lo facilitó al de un real al mes por cada peso, yúltimamente a ningún precio se lo querían dar. Acosado por el hambre fue a ver al Alcalde yéste, que llevaba cobrados hasta el día todos sus sueldos, le contestó, como otras veces: «No haydinero, veremos si se cobra algo.»

--Lo que aquí no hay es justicia, y lo que se cobra es para pagar a otros y no a mí, replicódesesperado el mísero profesor.

Por esta contestación le suspendieron de empleo y sueldo y se le formó causa por desacatoa la Autoridad.

Esta vez, por más que escudriñaba en el interior de aquel hombre, nada vi que no estuvierade acuerdo con sus palabras y se quedaba corto al hacer relación de las miserias yhumillaciones   [p. 186]   que había sufrido. Debía a la caridad de una buena alma la pequeña suma quenecesitó para venir a la capital, y temía que, cuando me hablaba, estuviera expirando uno desus hijos pequeños que había dejado enfermo. Desde que salió de mi despacho el maestro nopude estar tranquilo y no hacía más que discurrir sobre el castigo que iba a aplicar al Alcalde.

Recibí después hombres importantes que todo lo enredan: empresarios de obras quepretendían hacer la felicidad del país enriqueciendolo, después de enriquecerse ellos;abastecedores de carne que iban a facilitar este artículo casi de balde a los pueblos, despuésde haber comprado las reses a los criadores en un cincuenta por ciento menos de su valor, yhaber duplicado este al vender la carne; contratistas de alumbrado que nunca alumbraba:defensores, sin peligro, de la religión, de la justicia o de la caridad, con su correspondientetanto por ciento de ganancia; protectores de alcaldes, de viudas honestas, de hermanas jóvenesy bonitas, de maestras completas e incompletas, de padres y madres con hijos y sin ellos.

Tantos y tan variados tipos recibí, que no me es posible recordarlos y aburrido ya, iba aretirarme a descansar, cuando llegó la hora del despacho.

--Gracias a Dios, pensé. Ahora sí que voy a hacer algo provechoso.

El empleado que venía a la firma entró con una carga de mamotretos capaz de asustar acualquiera, y mucho más al que acaba de pasar gran parte del día de un modo tan pocodivertido. --Antes que otra cosa, le dije: deseo ver el expediente formado al profesor de instrucciónprimaria del pueblo de...

--Aquí está.

--¿Por qué se le encausa?

--Por desacato al Alcalde.

--¿Y qué resulta?

--Ese maestro se presentó reclamando el importe de algunos sueldos que le adeudan losfondos municipales. El Alcalde le contestó que no había dinero en caja; que cuando secobrara se le pagaría, basta donde fuera posible. El maestro empezó entonces a gritar: quelo que no había era justicia y que si se cobraba se repartiría como otras veces entre unoscuantos (aludía a la Autoridad) la cantidad que ingresara en los fondos y amenazó elAlcalde con que se quejaría al Gobernador. Todo esto pasó   [p. 187]   en presencia de testigos que sonel secretario, el escribiente y el depositario de fondos municipales.

El informe del Alcalde presenta al sumariado como falto de respeto a la Autoridad, díscoloy de mala conducta. Debo añadir también que el señor don N. N., por cuyo conducto recibí estamañana el expediente, confirma cuanto dice el Alcalde.

--Basta, dije encolerizado pegando fuertemente con la mano sobre la mesa; basta de...

--Cándido ¡por Dios! ¿te has vuelto loco?

Era mi pobre mujer que gritaba asustada, porque había recibido en el hombro el puñetazoque, sonando, creía yo haber dado en la mesa del General. Con unos paños de árnica y másaún, con la risa que le produjo la relación de mi sueño se le pasó pronto el dolor; pero no lasganas de reír, y ríe a menudo y me pregunta si todavía deseo ser Capitán General.

--Y usted, le dije, ¿qué responde a esa pregunta y que piensa de su sueño?

--A la pregunta de mi mujer nada contesto. Nos reímos a dúo y pare usted de contar.En cuanto a lo demás, le confieso que me sucede lo mismo que cuando sueño que se me hamuerto un hijo. Veo cuando despierto que es todo falso, que mi hijo vive y está bueno; perosiento dolor al recordar que le vi amortajado. Del mismo modo me aflige el recordar lo quevi, por más que fuera sonando, y no me parece cosa tan fácil el gobernar pueblos, mientraslos gobernantes no tengan el don de leer el interior y saber de este modo lo que piensa cadauno.

--Tiene usted razón, compadre; el gobernar debe ser cosa muy difícil, e imposible el hacerlobien al que carece de ciertas condiciones. El don de leer en el interior de los hombres se alcanzacon el hábito de manejar negocios y sólo en sueños se adquiere de repente. La honradez, larectitud de miras, la ilustración suficiente, la firmeza, la prudencia y la abnegación que librandel maléfico influjo de las pasiones, son cualidades naturales o adquiridas, que necesita tenerel gobernante.

--Eso es lo que yo pienso. No hay que envidiar al que manda, porque teniendoconciencia, debe sufrir mucho y a menudo. Es preferible a gobernar y no hacerlo bien, serel último de los gobernados.

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