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Ibero-American Electronic Text Series

Alonso, Manuel A. / El Jíbaro (1949)

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1833-1883

¿PERDEMOS O GANAMOS?

Cuando hago la pregunta y comparo las dos fechas que encabezan este artículo, acudena mi mente infinitos recuerdos de hechos que he presenciado en el espacio de cincuentaaños y vengo a dar en la sempiterna cuestión que, bajo distinta forma, está planteandosedesde tiempo inmemorial y que con relación a Puerto Rico se reduce a averiguar si elprogreso realizado entre nosotros nos ha hecho más dichosos, o si con él y por su causa,somos más infelices.

Es achaque de viejos, y yo lo soy por mi desgracia, el empeñarse en sostener que en lostiempos de su pasada juventud todo era mejor y más bello. ¿No ha oído el lector más deuna vez y entre personas de edad, diálogos parecidos al siguiente? En el toman parte unaseñora que hoy es abuela, pero en el año cuarenta y dos era una de las señoritas que por subelleza, su juventud y su finura, llamaban más la atención y cautivaban a los elegantes,como entonces se nombraba a los jóvenes en estado de merecer, que ahora llamamos pollos;entre los cuales, como uno de los más apuestos, figuraba su interlocutor el hoy solterónincorregible don Dámaso Arizmendi y Cerrogordo.

Estamos en junio, amigo don Damas. ¿Qué me dice usted de las fiestas de San Juan?

--¿Qué he de decir, señora dona Juanita? ¿Acaso las hay ahora? La inauguración de laestatua de Ponce de León,132 dos bailes y algunas otras simplezas por el estilo, ¿Puedencompararse con las fiestas que se celebraban antes?

--Es verdad, amigo mío, ¡qué tiempos aquellos! ¿Recuerda usted cuanto nos divertíamos?

  [p. 158]  

--Ya lo creo. Recuerdo perfectamente aquel San Juan en que corrió usted acompañada demi amigo Nicolás (Q.E.E.G.).

--¡Pobre Nicolás! Entonces empezaron nuestras relaciones, que fuimos estrechandohasta terminarlas casándonos seis meses después.

--Sí señora, y en el mismo año pasamos siete días en Toa Baja bailando sin cesar durantela noche y jugando gallos por el día. ¿Recuerda usted sus riñas con Nicolás?

--Porque el era muy celoso.

--Y usted muy linda.

--Mire usted que han pasado cuarenta años.

--Mi corazón es siempre joven.

--¿Y su cabeza?

--Vamos, Juanita; hablemos de otra cosa...

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Otras veces es un anciano quien pretende hacer creer a un joven que cuando ello eratodo marchaba de un modo admirable. El bienestar, el orden, la armonía y la abundanciareinaban en absoluto: las mujeres eran más hermosas y recatadas; los hombres máshonrados y galantes.

Nada tiene esto de extraño. Las personas de edad han pensado y pensaran siempre delmismo modo; porque sucede con los recuerdos de la juventud lo mismo que con los buenoscuadros; son mejores y más agradables cuanto mayor es su antigüedad.

Por eso se ha dicho con sobrada razón que el hombre se alimenta en la primera mitad desu vida de esperanzas, en la segunda mitad de recuerdos y sería muy cruel, dado quepudiéramos hacerlo, el destruir aquellas en los jóvenes y borrar estos en los viejos.

Lo que sí causa sorpresa, y debe ser combatido, es el afán de algunos jóvenes que se hacendefensores del pasado que no conocieron y censores implacables del presente que no han tenido, tiempo ni voluntad de estudiar; y todavía es mucho más censurable el proceder de los que,sin ser jóvenes, observan la misma conducta:, atendiendo, más que a la verdad, a miras debastardos intereses personales.

Para estos quisiera yo tener el poder de impedirles el uso de todo aquello que no teníamosel año treinta y tres. Por ejemplo: si desde la capital quisiera ir a Ponce, les haría pasar, entiempo de lluvias por el antiguo camino de Caguas, Cayey, Aibonito y   [p. 159]   Coamo, sin permitirlesir por la carretera133 que hoy une a la del norte con la del sur de la Isla, menos el espacio quemedia entre el segundo y el tercero de los pueblos citados y que con toda comodidad puederecorrerse en coche. Si prefieren ir por mar, les obligaría a embarcarse en una pequeña goletade cabotaje, en vez de hacerlo en uno de los buenos buques de vapor de las siete líneasnacionales o extranjeras que constantemente recorren nuestros puertos.

Cuando quisieran apagar la sed que produce el calor de la capital y lo mismo enMayagliez, Ponce y otros puntos, les diría: nada de bebidas frescas y mucho menos heladas;y les recordaría que en el año treinta y nueve,134 con motivo de las fiestas que se celebraron porel Convenio de Vergara,135 recibimos en la marina y acompañamos con música unos bultos quecontenían hielo, por primera vez introducido en la Isla, y cuyo uso no se generalizó hasta algúntiempo después.

Bien sé que pudiera argüirseme que éstos y otros muchos ejemplos que puedo presentar,solo prueban que hemos mejorado en cuanto al bienestar material; pero que en lo moral, enlo intelectual, y en todo lo demás, lejos de ganar, hemos perdido.

La abolición de la esclavitud llevada a cabo hace sólo diez años, es suficiente para probarque en moralidad hemos ganado y no poco. Aquellos seres desgraciados, que se vendíanpúblicamente en los almacenes de la marina de esta capital y en otros puntos de la Isla,llevaban al seno de las familias la corrupción más degradante. La prostitución, el concubinatoy el envilecimiento del trabajo eran los frutos mediatos de aquella iniquidad, que, para honrade España, abolieron las Cortes, con aplauso de todo el mundo civilizado.

Mucho de lo que se lee y escribe acerca de las costumbres patriarcales de aquellos tiemposes falso. Entonces hubo piratas que murieron en el cadalso, compañías de ladrones querobaban en cuadrilla, partidas que llevaban el nombre de algunas familias, enemigasirreconciliables entre sí y cuyos individuos no se encontraban con sus contrarios sin queriñeran en grupo o en particular; y al que ponga en duda lo que afirmo le aconsejo que   [p. 160]   lea las Memorias de don Pedro Tomás de Córdova136 en lo que se refiere al primer tercio de este sigloo le diré que he asistido como médico, en su última enfermedad a uno de los compañeros delcélebre Bibián y a otro de los más terribles partidarios de una banda que cometió todo génerode fechorías.

¿Necesitaré esforzarme para probar que hemos ganado también en la parte intelectual?La escuela del pueblo de Caguas donde yo aprendí a escribir estaba dotada, y costó trabajoel conseguirlo, con la pobre suma de cien pesos anuales.

En cuanto al arte tipográfico puede formarse una idea por las Memorias del señorCórdova que acabo de citar y por las colecciones de periódicos que existen en la Biblioteca delAyuntamiento de esta capital y que se publicaron en los años de 1814 y de 1820.

Hospitalidad, la había, como la hay ahora; aunque no sean tan numerosas las ocasionesde ejercitarla.

Nuestros caminos, todavía hoy en un estado de atraso vergonzoso, son empero, mejoresque entonces; se encuentran algunas fondas y esto hace que con menos frecuencia se vea elviajero en la necesidad de pedir posada; frase que significa llegar a la casa de undesconocido y encontrar en ella albergue con mesa, cama, criados y pasto para los caballos,sin más costo que dar las gracias al marcharse.

Esto es muy hermoso; pero el país ganara mucho cuando no sea tan frecuente, porque lasvías de comunicación lleguen a lo que deben ser en un pueblo culto.

Para los que se hacen lenguas ponderando el cariño y veneración que se profesaba a lossacerdotes, escojo, entre otros que pudiera citar, un hecho a propósito para demostrar que detodo había en la viña del Señor.

Vivía en cierta población de la Isla un honrado relojero, que al regreso de un viaje,encontró siendo ya de noche, al Cura encargado de la parroquia por enfermedad delpropietario; como lleva en igual dirección, pusieron sus caballos al mismo paso y comenzarona hablar tranquilamente; cuando a poco se vio el señor cura rodeado de cuatro hombres acaballo, armados de buenos foetes de los llamados cuatro reales, con los cuales empezaron aazotarlo cruelmente; mas como eran muchos, y por ello se estorbaban, fueron a colocarse a loslados del relojero,   [p. 161]   empezando con éste la obra infame que sus compañeros continuaban conaquel, y ni los unos ni los otros la interrumpieron; por más que los viajeros se pusieron en fugaa todo correr de sus caballerías, hasta que, cerca ya del poblado, los dejaron marchar.

Al llegar a las primeras casas se separaron y debió el relojero, cuando iba por las calles queconducían a la suya, repetir si lo sabía, aquellos versos que empiezan así:

Vinieron los sarracenos
Y nos molieron a palos...

Al fin llegó y su mujer, que bajó presurosa a abrir la puerta cuando le oyó llamar, se llenóde susto al ver los gestos que hacía y oír los gemidos que se le escapaban al moverse.

--¿Qué tienes?, le dijo; ¿estás malo?

--Sí, mujer; prepara alguna cosa que ponerme en las espaldas que me duelen mucho.

--A ver, ¿dónde te duele? Y al mismo tiempo iba poniendo al descubierto la parte quequería reconocer; mas al lograrlo su cara cambió de expresión, tornándose de compasiva eniracunda.

--Lo que tienes en la espalda no es un dolor, sino muchos foetazos. ¿En dónde estabasmetido? ¡Éstas son cosas de mujeres!

--¿Cosas de mujeres? ¡Pues me gusta! ¿Crees tú que las mujeres azotan así? No fueronmujeres, sino cuatro pícaros; digo mal, dos pícaros; porque los otros dos allí se entretuvieroncon el señor Cura.

--Mira, yo no digo que fueron mujeres las que te pegaron; y más valía que en lugar devenir con quejidos y morisquetas donde la tuya te hubieras ido donde la bribona que tiene laculpa. Llegada la discusión a este punto y, como el dolor de las espaldas aumentaba, no tuvoel que lo sentía más remedio que referir el hecho con todos sus detalles, encargando a su caramitad la mayor reserva.

La misma relación y el mismo encargo hizo a cada uno de los amigos que, al día siguientevinieron a visitarle, de modo que antes de llegar la noche, no quedó en el pueblo vecino nitranseúnte que ignorase el suceso. Todavía viven bastantes personas que lo recuerdan y unade ellas es el autor de estas líneas.

  [p. 162]  

En cuanto al gobierno paternal que nos regía, pueden dar razón de su dulzura no pocasfamilias respetables. Entre estas citaré las de Linares, Machicote, Rivera y Gimbernat.

Al condenar aquel régimen no me guía sentimiento alguno que no sea justo y leal. Dadoslos tiempos, dadas las omnímodas facultades de que nuestros antiguos Capitanes Generalesse hallaban revestidos, lo primero que debemos hacer es confesar que usaron de ellas conmoderación en la generalidad de los casos, agradecerles los males que dejaron de causar ymucho más los bienes que hicieron. La fiebre, como se dice vulgarmente, no estaba en lassábanas, Sino en el enfermo. Lo que había que cambiar no eran las personas, sino el sistemaque, con mejor o peor voluntad, tenían éstas que poner en práctica.

Concluyamos, pues, afirmando que desde 1833 a 1883 hemos ganado mucho en todosconceptos; aunque nos queda mucho más que adelantar; que debemos reconocerlo así, porquees justo y honroso para la Isla y para la nación a que pertenecemos; y que sería un cargo muygrave y vergonzoso a la par que gratuito, el sostener que ni los puertorriqueños, ni losgobiernos de la nación habían sabido hacer otra cosa en cincuenta años que llevar a la Isla porla senda del atraso y de la inmoralidad. Esto no es verdad y por tanto lo negamos.

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