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Ibero-American Electronic Text Series

Alonso, Manuel A. / El Jíbaro (1949)

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DON FELIPE

En el Asilo de Beneficencia119 de esta capital, hacia hace algunos años un loco a quien todosllamaban don Felipe, por ser éste su nombre de bautismo. Con él le presento al lector, callandoel apellido por consideración a su familia, que reside en uno de los pueblos de esta Isla. Por ladulzura de su carácter, era el pobre hombre querido de todos los que vivían en la casa; por suporte, teníanle los visitantes por un empleado subalterno y, por la exactitud con quedesempeñaba algunos pequeños servicios, le consideraban los empleados superiores, en cultolo permitían los reglamentos del Asilo. Su conversación era agradable, y, si en ella no dabapruebas de gran instrucción, resaltaba su índole excelente y la rectitud de juicio que sólodesaparecía cuando trataba de un punto determinado. Era su mal, el que se conoce con elnombre de mono-manía, y de cual fuera ésta puede dar idea una de sus conversaciones.

Visitó el establecimiento un caballero vecino del pueblo y que conocía mucho a la familiade don Felipe; deseaba verle y el director le hizo llamar. No quedó pariente, amigo, ni conocidoque no recordara, y de todos refería algún hecho ratificado casi siempre por su interlocutor,que cada vez más atónito, y pensando que era una injusticia tener encerrado en el manicomioa un sujeto que nada tenía de loco, así lo manifestó al director, que era también su amigo; elcual sólo contestó con una sonrisa y dijo al demente:

--Vamos, don Felipe; nuestro amigo don Manuel desea llevárselo. ¿Quiere usted volver asu pueblo? Se lo propondré a la Diputación Provincial y si, como espero, concede el permiso,se irá mañana mismo.

  [p. 149]  

--Señor director: no sabe usted cuánto le agradezco su bondad; pero si yo me voy, ¿quiénsostiene toda esta gran maquinaria?

Y levantaba ambos brazos y miraba al cielo como aterrorizado.

--Bien: no se irá usted; aunque es preciso que explique la causa que le impide aceptar, paraque nuestro amigo no crea que no agradece su invitación.

--Y que una cosa tan publica ¿no lo saben en mi pueblo?

--Algo saben, y lo sabrán mejor si usted mismo refiere al señor lo que ocurre, para que lesentere bien.

--Pues es el caso, que yo estaba muy tranquilo, cuando Dios me llamó para decirme:«Felipe, el cielo está falso y el mejor día cae sobre la tierra y la hace pedazos, si tu no teencargas de sostenerlo.» En mi pueblo no había las cosas que necesitaba para un trabajo tangrande y tan delicado; y por esa razón me traslade aquí y empece mi obra, que no estáconcluida, aunque los andamios, las palancas y las demás maquinarias tienen ya doscientascaballerías de alto. Todavía me falta hacer algo que es poco y ya no hay peligro, gracias a miciencia. Algunos se burlan y me dicen que soy un loco y mis aparatos una mentira; yo loscompadezco y me río de ellos, que son los verdaderos locos; y la prueba, señor director, de quemis aparatos son buenos y mi ciencia mucha, es que el cielo no ha caído y la tierra aún estáentera.

No es necesario añadir que, con esta relación, no se habló más de salir don Felipe delmanicomio y allí continuó, hasta que algunos años después murió el pobre loco, dejando elcielo tan seguro que no se ha caído ni caerá.

Recuerdo a menudo aquel desgraciado, cuando pienso en algunos hombres políticos muycuerdos, que se asemejan bastante a don Felipe. Oigalos el lector a vea sus escritos. El mundo,según ellos, está perdido: la inmoralidad cunde por todas las clases, los tronos se hunden, lademocracia es devorada por la anarquía (si no dicen que ambas son una misma cosa), portodas partes se conspira, y la sociedad perecería si no fuera por ellos con sus talentos, con suabnegación, en una palabra; con sus grandes virtudes, la salo van, aniquilando a suscontrarios, enemigos eternos del genera humano yen particular de la nación, que tiene laimponderable dicha de contar entre sus hijos a hombres tan eminentes coma ellos mismos setitulan.

No hay que empeñarse en convencerlos de que la inmoralidad es la misma a menor que enotras épocas; que los tronos luchan   [p. 151]   como han luchado siempre, que la democracia no es laanarquía, aunque ésta la venza algunas veces; y que la sociedad no está tan al borde delabismo, que necesite para salvarse esas grandes virtudes de que nadie duda, pero que no hahabido ocasión de poner a prueba, puesto que las armas descansan y el bolsillo de tales héroes,más que vaciarse, parece que se llena cada día más.

«Palabras son esas, contestan, con que los enemigos del orden engañan a los incautos; lasociedad se pudre sin cesar, y si las historias consignan hechos que prueban lo contrario, esporque están escritas por filósofos y demás canalla literaria, gente perniciosa y mal avenidacon todo lo que huele a respeto a las tradiciones y a la autoridad, y para la cual gente no debehaber compasión. Por fortuna aquí estamos nosotros en la brecha para impedir tantosdesastres. Defensores de la religión, de los tronos y alguna que otra vez de la república,tendremos a raya a esos perturbadores descamisados que nada respetan; y al patriótico gritode "viva el que manda" salvaremos tan caros intereses; esparciremos el bienestar y laabundancia en esta vida y daremos la salvación eterna en la otra.»

"Fijémonos, añaden, en los grandes cataclismos que han sufrido los pueblos desde Adánhasta la fecha presente, y comparemos tantas ruinas con nuestra prosperidad asombrosa ynuestra pro bienaventurada. Esta paz y aquella prosperidad, son obra de nosotros que,conservando nuestra vida y nuestro dinero y alcanzando honores y consideración, no hemosperdonado sacrificio por grande que fuese, para impedir tantos males.»

«Nuestros enemigos, es decir los de Dios, del mundo y en especial de nuestra patria, no noscreen, o afectan no creemos, y mejor prueba de su malvada demencia, de la bondad de nuestropropósitos y de la sabiduría y abnegación con que los llevamos acabo es...que seguimosdichosos y tranquilos, y todavía no se ha hundido el país.»

¡Cuidado con don Felipe!

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