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Ibero-American Electronic Text Series

Alonso, Manuel A. / El Jíbaro (1949)

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ESCENA XXI

LA LINTERNA MÁGICA

Una de las cosas que distinguen mi carácter, y que en el sirven de contraste a ciertosarranques impetuosos, es la grandísima flema con que muchas veces me detengo, aun en losparajes más públicos, a mirar objetos que son tenidos por la gente de frac y levita comoindignos de llamar su atención; así no es extraño hallarme con tamaña boca abierta paradodelante de un tienda de estampas contemplando una testa contrahecha de Napoleón, unGonzalo de Córdoba patituerto, o un Luis XIV jorobado, y allí me estoy largorato para despedirme después con una sonrisa tampoco es raro el verme detenido en mediode una calle, estorbando, si es menester, a los que pasan, para oír la ensarta de disparatescon que un ciego PÚBLICA el romance nuevo, donde se da razón de la batalla sangrientade los doce Pares de Francia contra los moros mandados por don Juan de Austria.

Un día, no muy lejano de este en que escribo, iba yo por una calle muy concurrida,cuando picó mi natural curiosidad un grupo de personas apiñadas alrededor de unaespecie de cajón pintado de verde y colocado sobre un trípode de cuatro palmos deelevación, y que tenía en el frente que daba a los espectadores un cristal de forma circular.Cada uno de los que se acercaban a mirar por él entregaba un par de cuartos a un hombreextravagantemente vestido, que tocaba el tamboril; mientras un muchacho de unos doceaños, cubierto de harapos, y no tan limpio como cualquier cosa sucia, gritaba sin parar,diciendo:

--Vamos, señores; ¿quién por dos cuartos no ve todos los países de la tierra y de laluna? Reparen el ahorro de dinero que esto puede proporcionarles.

--Aquí, aquí, señores y señoras de ambos sexos, y verán, sin   [p. 130]   necesidad de estropearsecorriendo en un carruaje, de marearse navegando, ni de morirse de hambre y de asco en lasposadas, todo lo que pasa desde la isla del gigante Revientapanzas, situada en el cuernoizquierdo de la luna, hasta los trópicos del polo norte, y desde allí hasta la casa del PresteJuan de las Indias.

Los circunstantes pagaban e iban mirando uno después de otro por el cristal,retirándose después muy satisfechos; el muchacho gritaba más fuerte cuando disminuía elnúmero, y así continuó por un largo rato: íbame yo a marchar, cuando le oí que decíaentre varios otros despropósitos:

--Ea, señores, aprovechen el día, que esto no se logra sino una vez al año; saquen esoscuartejos que se les están pudriendo en los bolsillos, y prevengan otros para esta noche, queel maestro dará una gran función de magia en la calle de los Imposibles, número treinta,primera habitación bajando del cielo. Allí verán ustedes cómo se adivina lo que ha de venir,y se dice lo que cada prójimo piensa de los demás, y los demás de él.

Al escuchar esto me acerqué al que el muchacho llamaba maestro, y que en realidad leconvenía este dictado en la ciencia de los embrollos y mentiras.

--Oiga usted, le dije, ¿sería usted capaz de alcanzar lo que pensaran de cierta obrita encierto país que yo sé?

--Sí señor, y por de pronto digo: que esa obrita se titula El Jíbaro y usted es el autor.

Quedéme pasmado, y él añadió:

--No es extraño la turbación de usted; lo mismo sucede a todos; pero, perdone usted queno puedo entretenerme, y si quiere ver maravillas no deje de ir esta noche a mi casa.

En efecto, llegué a ella de los primeros, y después de aguardar cerca de dos horas, secorrió una cortina, y empezó la función por mi pregunta, que había sido la primera,después de un rato de música de pito y tamboril.

--Muchacho, dijo el charlatán, métete dentro del diablo. Así llamaba una cara disforme,mal pintada en un lienzo blanco, detrás del cual se metió el asqueroso muchacho.

--¿Estás ya listo?

--Sí, señor, ya estoy dentro.

--Vamos pues, dime lo que ves; prosiguió el maestro, a guisa de magnetizador.

--Señor, veo una ciudad en que hay unos cuantos que oyen leer un libro: los unos ríen, losotros bostezan; que bueno es esto,   [p. 131]   dicen unos; qué malísimo, dicen otros; cada cual creeconocer mejor que los demás dónde está el mérito y dónde las faltas.

--Bueno, muchacho; y ¿qué más?

--Hay uno que dice que el autor es rubio; otro que moreno, y otro que negro.

--Muchacho, sigue, esos son unos tontos.

--Señor, hay una vieja que dice que es hereje.

--Chico, chico, deja esa vieja, que después de haber dado como se dice, la carne al diablo,quiere dar ahora los huesos a Dios.

--Hay dos guapos mozos que en cada personaje ven un retrato de una persona que conocen.

--Pues dale un coscorrón a cada uno de esos guapos mozos, para que aprendan a ver lafalta y no el culpable, y para que sean más nobles y no crean tan bajo al autor.

--Señor, señor, veo a dos que están a punto de desafiarse, porque el uno dice que el autores frío, y el otro que demasiado caliente.

--Déjalos que se rompan las narices, que los dos piden peras al olmo.

Habló después el muchacho de infinidad de tipos, que no dejaron de servirme de diversión:poetas que jamás han escrito un verso, literatos que ¡Dios nos asista!, críticos ignorantes quehallaban un defecto en el perfil de cada letra, y amigos desconsiderados que todo lo aplaudían;finalmente dijo: Ahora alcanzo a ver unos señores muy comedidos que discuten sin enfadarsey que hacen con mucha calma sus observaciones.

--Pues sal de dentro del diablo, para que no digas algún despropósito contra esos señores,que deben ser hombres de talento.

Salió efectivamente de detrás de la cortina, y yo de la casa pensando en lo que había oído.

Al día siguiente fui a buscar al charlatán para que me dijera cómo había sabido todoaquello de ser yo el autor de El Jíbaro.

--Muy sencillamente, me respondió: días pasados estuve donde imprimen la obrita, allí levi a usted y hasta leí una prueba vieja que me dio uno de los cajistas que es amigo mío. Encuanto a la opinión que de ella formaran, eso es cosa olvidada ya y poco más o menos de todasse forma la misma, según el caletre de cada uno de los que la leen.

¡Dichoso yo!, exclamé cuando me vi lejos de aquella buena pieza, dichoso yo que no seréjuzgado según me ha predicho este perillán, porque en Puerto Rico ni hay quien me crea deninguno   [p. 132]   de los colores del iris, ni viejas que me tengan por hereje, ni guapos mozos que meconsideren capaz de copiar a un individuo determinado para hacer públicos sus defectos, nimajaderos que me crean frío ni caliente; sino personas instruidas y juiciosas que me tienen portemplado, cual conviene al escritor de costumbres, y ajeno a toda pasión mezquina, y lo quees más ni siquiera tengo un enemigo, y carezco de envidiosos émulos, porque carezco tambiéndel mérito que pudiera acarrearmelos. ¡Dichoso yo! que estoy cierto de que al concluir de leereste libro dirán mis paisanos lo que yo dije al comenzarle: Es el fruto de muchas horas robadasal sueño y al descanso de una profesión noble y santa a que se dedica.

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